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Alonso Millán

"El público español es más proclive a la carcajada que al humor inteligente"

jueves 21 de febrero de 2008, 02:45h
Con más de 80 obras escritas y 60 películas, ¿siente que no goza del reconocimiento necesario?

Ni yo, ni Umbral..., aquí si no sales en televisión no te conoce nadie. Recuerdo una obra con la hija de Paco Rabal, un drama, una historia en que se acababa el mundo, y en que ella se había salvado de un accidente aéreo. Cuenta las cosas que se ha traído de su equipaje para empezar su nueva vida... entre ellas unos poemas de León Felipe. ¡Y el teatro se venía abajo de risa! ¡Se creían que era una broma! Les sonaba el nombre, pero ¡nada más! Fernando [Fernán Gómez], que dirigía la obra, y yo, no entendíamos nada, por qué les hacía tanta gracia.

La reacción del público siempre es impredecible... ¿Cómo de "respetable" es el público español?

El español no es público de humor, es público cómico. Es más proclive a la risa, a la carcajada, que al teatro inteligente, por llamarlo de alguna manera, tipo Bernard Shaw, tipo Oscar Wilde. El público español no está acostumbrado a esa ironía, a esa forma de ver. En cambio, sí tenemos una tradición de teatro cómico español que, a mí modo, español, es lo mejor que se ha hecho en teatro en nuestro país. La mejor novela del mundo, es una novela de humor, cómica, "El Quijote". Nosotros no hemos tenido a Camus, ni a Ibsen, ni a Pirandello, ni a Sartre, no hemos tenido filósofos importantes… ¿Teatro dramático? Ahí estuvo Buero Vallejo, que se quedó imitando a Arthur Miller, no en el mal sentido, pero con toda su influencia... Lo nuestro ha sido el humor, con el referente de Cervantes. Uno ve un "gag" cualquier de Berlanga, y en seguida lo comprueba.

¿Qué etiqueta prefiera para su trabajo teatral?

Humor, comedia de humor, que no hay que confundir con la cómica. Con esta que está ahora en el Muñoz Seca ["Usted tiene ojos de mujer fatal"] he presentado ya ochenta comedias. Soy el autor de ahora mismo que tiene más comedias estrenadas, no hay ninguna que se me acerque. Alfonso Paso, claro, estrenó ciento y pico comedias, y murió con cincuenta años... y yo tengo setenta.

¿Cómo fueron los primeros tanteos con el ámbito teatral?

No tengo ningún antecedente teatral, ni literario. Bueno, mi abuelo, onubense, fundó el periódico Odiel, que sigue editándose en Huelva, pero casi ni le conocí. Los padres de un amigo mío de la escuela eran amigos de Jardiel Poncela, que vivía en la calle Colmenares, e iban a un café cercano al Circo Price llamado café Hespérides. Por entonces Jardiel tenía mucho éxito con las novelas, "Hubo una vez 11.000 vírgenes", "La tournée de Dios". Tenía tanto éxito que, entonces, que había 20 coches en Madrid, uno cojonudo que era un Hispano Suiza, era de Jardiel, aunque no significada nada, era pura ostentación. Y entonces, mi amigo Emilio, tenía las novelas de Jardiel en casa, que para nosotros eran "verdes", porque la mujer enseñaba el muslo, y la liga, y esas cosas. Pero yo lo que notaba es que me caía al suelo de risa con Jardiel, a mis 13 ó 14 años. Y entonces sentía: ¡esto es lo mío!

¿Y cuándo se materializó esa temprana vocación?

Me matriculé en Filosofía y Letras, y pronto me acabé a director del TEU, el Teatro Universitario de Madrid, que era muy importante entonces por las siguientes razones. La cartelera de Madrid era entonces un aburrimiento, por la censura, por los autores que se estrenaban, no había nada del teatro extrajero... Pero lo que pasaba es que en la Universidad sí se podía hacer lo que se quisiera, dentro de su ámbito. Entonces de pronto montaba a Lorca, a Casona, el "A puerta cerrada" de Sartre, cualquier cosa y venían gente a espuertas.




O sea, que la censura no iba con usted...

En el café Gijón íbamos a comprar libros "prohibidos". Venía un tío con una maleta y te tenías que ir a los lavabos, y te decía, en voz baja: "Tengo Camus", y te lo daba envuelto en un papel... como si vendiera cocaína. Llegamos a montar "A puerta cerrada", puro existencialismo, era impensable... Pero lo que más recuerdo es cuando descubrí a Valle-Inclán, una vez en que los miembros del TEU nos reunimos una noche entera a leer sus obras más importantes, y aquello me marcó. Primero "Luces de Bohemia", "Divinas palabras" y, por fin, "Los cuernos de don Friolera", que es para morirse. La montamos en Madrid, y fue un éxito. Ahí me hice ya entonces conocido en Madrid. Fui poco después a hablar con el empresario del teatro Lara, para pedirle el teatro por las mañanas, y me suelta: "Pero, coño, ¿por qué no escribe usted teatro?" Y me decía: "Usted me escribe una obra, con tres personajes, un sofá y un decorado, y yo se la estreno".

Y usted no se arrugó, claro.

Le dije: "Mañana mismo". Y en una noche me planté, y sin ninguna fe ni nada, le mandé la obra, en abril. En Navidad me llama y me dice que está montando mi obra para Barcelona. Fue un fracaso total..., pero ya entonces me convierto en autor. Luego la crítica de Madrid me pondría por las nubes, y me doy cuenta que lo bueno en el teatro es ser autor, y me pongo a escribir obras. ¡Y ni había hecho la mili! Escribí una serie de comedias, hasta que llega "Cianuro, solo o con leche", que es una bomba dentro del teatro en Madrid, a finales de los cincuenta.

Y luego usted trató todo el ambiente teatral, cultural, de aquella época que retrata su amigo Umbral en "La noche que llegué al café Gijón"…

Sí, sobre todo cuando entro como vicepresidente, y luego como presidente de la Sociedad General de Autores, que entonces no tenía más que el teatro, porque música, como la entendemos hoy, no había, había zarzuela, revista, pero era todo diferente. Entonces me reúno y trato a los consagrados, a Mihura, a Tono, que era divertidísimo.

Usted fue buen amigo de Fernán Gómez, cuyo nombre preside ahora el antiguo Centro Cultural de la Villa.

Fernando era el tipo más divertido, más simpático, más golfo. Era generosísimo, un actor genial, pero es que era un actor genial entonces, y no sólo ahora, y eso todo el mundo lo calla. Entonces, cuando trabajábamos juntos, hacía todas las películas, tenía un éxito descomunal, pero claro, parece que a los que nos tocó trabajar cuando Franco no hicimos nada, y Alfredo Landa no hizo ninguna película..., Buero Vallejo no existe...

Es curioso que, con ese compromiso de izquierdas que sacó a relucir en sus últimos años, tuviera tan pocos problemas para triunfar en la farándula del franquismo...

Fernando Fernán Gómez era de izquierdas como lo eran todos los que no éramos falangistas. En la época de Franco, estaban los monárquicos, y los comunistas, que eran cuatro. Cuando [Juan Antonio] Bardem entraba en el Gijón, la gente decía "mira, el comunista". ¡Si es que no había! Todo viene cuando muere Franco, que de pronto todo el mundo, sobre todo en el ámbito artístico, es de izquierdas. Pero Fernando siempre fue un señor, cuando le conocí, muy golfo, muy simpático, que vivía en la Castellana, en un piso que te morías, eso sí.

¿Qué fue lo peor de Franco?

Sin duda esa que censura, idiota, estúpida, durase tanto tiempo, porque censura ha habido en toda Europa, y en toda América, pero que duró tres años más de la Segunda Guerra Mundial. ¡Pero es que en España fueron treinta años más después de la guerra mundial! Era una cosa ridícula, absurda, como cuando íbamos a ver "El último tango en París" a Biarritz.

Usted también se adentró en el cine. ¿Se sentía cómodo?

Bueno, la verdad es que en el teatro yo escribo, dirijo, hago todo, siento que está en mis manos, que soy yo solo. Pero en el cine, hay muchísimas más personas, y al final la película la hace el productor. Pero, hablando de cine español, puedo decir cinco películas: "El verdugo", "Bienvenido Mr. Marshall", "Los santos inocentes", "Muerte de un ciclista" y "Solas". Y ahí me paro. El resto, ¿qué hay? El cine de Almodóvar, Torrente, o cierto cine que considero aburrido. Y, bueno, está Amenábar, que es mejor que Almodóvar.

¿Cuál es la mejor creación?

Una buena creación tiene que ser para el público. En el teatro clásico italiano el pueblo no admitía camelo. Ahora hay una crisis absoluta de la cultura y no sabemos bien qué exigir.








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