José Tomás, un maestro en Barcelona
lunes 06 de julio de 2009, 19:40h
Sí, allí estaba José Tomás —musgo y oro—, hurgando el centro del mundo con las leves zapatillas sobre la arena ciudadana de Barcelona mientras escrutaba imperceptiblemente el cielo bochornoso, apenas nublado, que cubría la Monumental de la gran capital mediterránea. La misma arena en la que el matador había firmado páginas inolvidables del toreo último, el mismo cielo bajo el que decidió regresar, hace dos años, con su inconfundible estética, a la ética trágica de los ruedos.
En un segundo, la catarsis arrinconó todos los demonios: el círculo del reloj Festina se pisó las agujas a las 18, 33, JT dio un paso al frente e inició el paseíllo; la música atacó y la plaza se dilató en tal estallido de gritos y ovaciones que parecía que sus cupulillas neobizantinas fueran a arparse, quebrase y reventar. Tal era el derroche de pasiones, repartido a medias entre el agradecimiento al matador y sus méritos y la vanidosa satisfacción del público por haber conseguido un hueco, en la tarde del domingo cinco de julio de 2009, en el lugar de honor que constituía la exclusividad sociotaurina, el salón de plenos del toreo. En aquellas amenas gradas rodeadas de falsos sabores orientales, cales churretosas y ajados arabescos, la congregación de VIPs, taurinos sedicentes y aficionados de privilegio, era metáfora melancólica y trastornada de su propia decadencia, de la agonía espléndida de un mundo imposible. Los toros y Barcelona. ¿Desde cuándo no hay sitio para las minorías en el espacio democrático de las mayorías? Ya escribió el gran Bergamín: “Lo popular siempre es minoritario” (…) “el pueblo en la plaza es el torero”. Y al margen del fragor, allí estaban el torero, los toros, las promesas del toreo… Tras nuevas ovaciones y autoovaciones, entre cantos de urogallo y castañuelas, salió el primero.
El extraño torero de Galapagar se abrió de capa. Una capa distinta, que tuvo ocasión de abrirse muchas veces, de mostrar suertes que rebosaron la solemnidad fría de sus ajustadas verónicas o de sus espeluznantes gaoneras. También las hubo: verónicas y gaoneras; solemnes, ajustadas y espeluznantes. Pero un dulzor más maduro, de fruta de julio, llevó el capote de JT por sendas más variadas, más eróticas, de aroma más alegre, de canto suave: capote menos solar, más propio de luces húmedas y nocturnas, como la luna llena que saldría para saludarlo a hombros por las calles catalanas. No hubo series rotundas ni pasmosas, pero salieron verónicas excelsas, que han roto el silencio estático, majestuoso —algo rígido— de su anterior percal y han ganado en vida curva, en rosca torera. Salieron de sus muñecas largas genuflexas y erguidas, airosas, a una mano, buscando, sin encontrarlo, el camino de la cordobesa. Salieron delantales bajos, muy adentro (uno de ellos, al 6º, ya toreando cansado y para él —puro relajo— tan lento, tan perdido en el fondo, que aún murmullea el capote bajo la tierra). Hubo medias de sabores varios: a pajareo, a suspirillo, al don Antonio. Salieron chicuelinas berroqueñas, de espacio inverosímil, que, en el 3º de Victoriano, dejaron en los remates en revolera dos carteles y, en el mismo astado, se dobló el capote, agachado el diestro, arrebujado en la tela, al regusto de Esplá, para llevarlo al caballo. Hubo faroles, una caleserina como peonza, orticinas… La solidez granítica, sin perder su condición, se hizo variedad en la lidia, y la plaza, muy entregada, se contagió de la alegría del capote de Tomás, que había vuelto a ser joven. Faltó un duende, pero ese es otro cantar, porque los duendes andan por donde quieren y se van con quien quieren. Como sueños de una noche de verano.
Sin embargo, en su muleta, volvió el dolor sereno, la exigencia ética del hacer valeroso, firme y verdadero. Según avanzó la tarde, JT fue metiendo los pies en otro planeta, se fue yendo al fondo, a la sima gris y azul, granítica y mediterránea del toreo. Si al muy blando 1º de Núñez del Cuvillo le costó darle la danza acorde a sus desfallecidas manos, en el 2º de El Pilar, que derribó, persiguió y levantó la cara, los doblones rodilla en tierra de fijación, prepararon las series de derechazos, cada vez más lentas, cada vez más largas; de naturales bien templados… hasta que saltó la música y la callaron las palmas porque el corazón de la plaza había alcanzado ya un compás vivo e irreversible. Y en este compás derramó JT las ansias intraducibles. A partir de ahí, con tres toros nobles y bondadosos (3º y 5º de Victoriano, 4º de El Pilar), se sintió torero. Sin palabrería, sin aspavientos. Estatuarios recónditos rematados al desdén, derechazos largos y naturales de susurro, trinchereando, firmando en los pases, sin solución de continuidad. Silencios, pero no tensión. No se atrevía a tocar la banda —tan complaciente en Barcelona— y sólo lo hizo en el 3º, aliviando tensiones, y un baile de naturales saludó el evento. Tan a gusto se llegó a sentir Tomás, que se descolocó en un remate y el toro lo arrolló por detrás. Pero su vergüenza torera le hizo regresar y administrarle tres veces la frustrada giraldilla. Fue la primera vez que se oyó “Torero, torero”., y tras una media y un descabello, el presidente le negó la 2ª oreja. Pero le arrancó el par al 4º en una faena hermosa, todo dominio y medias palabras, con molinetes de puro aire, espaldina, circular, y una gran hambre de torear. En un momento dado se puso a pensar, a llamarlo por telepatía, y le dio un cambio de manos que fue un apretón. ¿Podía aquel toro coger cuándo se lo llevaba, para cuadrarlo, con ayudados y trincherillas, cuando le enterró el acero? No, no podía.
Llegado a este estado, JT, cansado, ensimismado, conmovido, perdió la tensión del coso y comenzó a torear el 5º de Victoriano algo más solo. Si bien dio gaoneras imposibles y sentado en el estribo desató un artificio de flashes blancos, se llevó entre firmas y medios pases al toro hasta el centro, con aire alado, de ángel bueno, donde le hizo un toreo clásico y sin aspavientos, poco efectista y dramático, en la arena húmeda y repisada de las 20,20, bajo el bochorno seminublo del cielo de Barcelona. Un toreo menos ligado, más personal, espaciado, de incomparable belleza sólida, que le ensimismó hasta recibir un volteo espectacular, como si la tarde no quisiera dejar a JT sin su ración de escalofrío y destino. Y así continuó hasta el final, con el Cuvillo tardo. La épica de la tarde ya era amenidad y prado; el verde musgo, verde esperanza —o esmeralda, la piedra de la buena suerte en Latinoamérica. Si en el 5º había paseado con la oreja una bufanda del Atleti, en el último, envuelto en sudor místico, sacó a la cuadrilla y les hizo un brindis sin palabras. Trasteó luego con la enjundia melancólica de quien ya ha cumplido, la del hombre de bien, la de la vergüenza torera. Y se puso a hablar al toro, a mirarlo, a medirlo en un silencio transfigurado. Habíamos visto toreo en estado puro, donde el adorno es fundamental y lo fundamental ya es adorno. Recordó, finalmente, a Manolete con la muleta atrás. La plaza, satisfecha, lo saco a hombros, pero había una secreta decepción: no haber encontrado al JT trágico y rotundo, al de rayos y truenos. Para eso faltó un toro propicio. Pero habíamos encontrado al JT más maduro, más hondo, más completo. Al JT más torero. A mí me gustó más que nunca.