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Una Revolución Copernicana

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 31 de julio de 2009, 22:08h
A la voluntariosa y encantadora alumna Inmaculada Badillo

Desde que la Baronesa de Weeke, Helen Mary Warnock, elaboró su famoso “Report” sobre los alumnos disminuidos o minusválidos o discapacitados, a los que convirtió en alumnos con necesidades educativas especiales, no ha sucedido ningún otro hecho más transcendente en lo que se refiere al campo de la educación y los sistemas educativos. Considerar que ningún niño puede ser ineducable en razón de sus propias peculiaridades transfiere los presuntos problemas del niño/alumno a lo que son verdaderamente los problemas del sistema educativo vigente. Como en su día afirmó Álvaro Marchesi, decir que un alumno presenta necesidades educativas especiales es una forma de decir simplemente que para el logro de los fines de la educación no son suficientes las actuaciones habituales que su profesor desarrolla con la mayoría de los alumnos del grupo.

Es evidente que el Real Decreto 334/1985 de Ordenación de la Educación Especial ( 6 de marzo ), remozado por el R. D. 696/1995, se inspiró en el famoso Warnock Report ( 1978 ). La integración, según la teoría de Mary Warnock, de los alumnos con necesidades educativas especiales afecta por completo el sentido del sistema educativo. Es la enseñanza la que debe adecuarse de modo y manera que permita a cada alumno particular progresar en función de sus capacidades y con arreglo a sus necesidades, sean especiales o no. En el fondo, todos los hombres somos susceptibles sensu lato de ser alumnos con necesidades educativas especiales. El reto de la escuela ha consistido siempre en asegurar el equilibrio entre la necesaria comprensividad del currículo común y la innegable diversidad de los alumnos.

La capacidad para aprender no es sinónimo de capacidad intelectual, entendida como algo innato, estático y libre de la influencia de la educación. Aunque la capacidad intelectual es un valor en sí misma, sin embargo, en una concepción optimista de la educación ( Quintiliano ), lo más importante y valioso es la capacidad para aprender, concebida como un deseo del alumno por conseguir ciertos aprendizajes. Y la capacidad para aprender a un determinado ritmo es una característica personal. Así, se dan diferencias notables entre unas personas y otras en el ritmo de trabajo y en el tiempo necesario para asimilar un determinado conocimiento. De ahí que la rigidez de horario, las secuencias de la programación y evaluación, los tiempos para realizar las tareas o la uniformidad metodológica constituyan barreras para la atención adecuada a determinados alumnos. Pero no hay barreras que se resistan al amor pedagógico de un buen profesor y a las ganas de apreneder de un alumno, aunque tenga alguna necesidad educativa especial.

El concepto de necesidades educativas especiales remite, en definitiva, a las dificultades de aprendizaje, pero también y muy subrayadamente a los recursos educativos que son necesarios para atender esas necesidades y evitar las dificultades. En realidad, el tratamiento educativo de los alumnos con necesidades educativas especiales en los centros ordinarios ha aportado mayor calidad al sistema educativo, tanto en los aspectos puramente instructivos como en los que tienen que ver con actitudes y valores, que lo que el propio sistema educativo haya aportado a este tipo de alumnos, que han humanizado al sistema en cuanto que lo han desuniformado y han eliminado sus rasgos de máquina fría impasible. Pero otra cosa que hay que poner sobre el pavés es que la integración como concepto tiene sus límites, y que determinados niños pueden sufrir tal vulnerabilidad en los centros ordinarios que todo aconseja su escolarización en centros de educación especial. Una cosa es la idea de la integración universal desde un punto de vista puramente teórico, y otra desde un punto de vista real. Es así que la realidad pone límites también al concepto nobilísimo de la integración. Pero esos límites, en todos caso, frenan sólo a una minoría de personas mucho menos numerosa de lo que nos imaginamos.

En conclusión, un sistema educativo que quiera se merecedor de su adjetivo – con una etimología que tiene el mismo sentido que la mayéutica socrática - debe fundarse y organizarse sobre las distintas capacidades, los distintos intereses y las singularidades en general – sagradamente irrepetibles - de los alumnos.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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