Maternidad: que se sepa van dos
miércoles 05 de agosto de 2009, 21:49h
En aproximadamente un año se han producido en las instalaciones de los servicios de la maternidad (hospital materno infantil) del Hospital denominado “Gregorio Marañón”, dos sucesos luctuosos y por demás lamentables, como por lo general siempre suele suceder cuando se produce la muerte de pacientes completamente inermes.
La presencia externa del edificio es bastante aceptable, pero parece ser que no son así las estrecheces de los compartimentos en donde desenvuelven parte de su actividad el personal sanitario debido a su angostura y parvedad, a pesar de que se trate de un edificio de nueva planta y no de una mera rehabilitación, específicamente destinado a maternidad y al cuidado de la salud de los recién nacidos. Esa falta de comodidad, de amplitud, en un edificio que tendrá unos siete u ocho años se presenta ya como algo imperdonable, sobretodo si se tiene en cuenta que se hizo ex profeso para albergar dichos servicios clínicos tan sumamente importantes, decisivos diría yo, muy delicados y en el que se atienden clínicamente a madres y a criaturas que están naciendo o recién nacidas.
Aproximadamente en un año, insisto, se les ha producido la muerte a una madre de unos veinte años de nacionalidad rumana y a un frágil recién nacido por cesárea y prematuro de padres también extranjeros, concretamente marroquíes, cuya madre concitó tal cúmulo de errores, que la condujeron a la muerte. En el mismo hospital, pero en distinto pabellón. Parece ser que, inicialmente, se presentan como gravísimos fallos o errores humanos radicados en una soberana ligereza y confusión. El último, calificado como “terrorífico”, creo recordar por el propio gerente del centro, no hace desmerecer el terror que pudo provocar también el primero que se llevó al otro mundo a la joven madre rumana. No se puede tolerar en el estado actual del saber médico tamaños hechos. No cabe duda de que estamos a presencia quizá de una cadena de omisiones culposas, de una suma de negligencias tras negligencias que terminan siniestramente con la vida de dos seres humanos. Paradójicamente, donde se debiera ayudar a que fortalezcan su continuidad en la vida como tales seres humanos. Quizá no funciona, ni de lejos ni de cerca, una medianamente, objetiva, correcta y racional organización hospitalaria y quizá sea de suma necesidad la revisión de la concreta disciplina legal para que se exija, seriamente, un buen funcionamiento del desarrollo y ejercicio de la praxis hospitalaria, sin fisuras de clase alguna y sin imprevisiones, ni excusas dialécticas por la presentación de urgencias, ni por el abandono voluntarista de funciones específicas de cada miembro del personal sanitario sea de la cualificación que fuese, ni tampoco improvisaciones apresuradas tratándose de la vida de seres humanos postrados y en las exclusivas manos de facultativos del sector, que deben tener y acreditar su especializada formación. De todo habrá, sin duda, pero lo que exabrupto aparece en la realidad, son dos muertes de dos personas que no tenían que haber muerto bajo ningún concepto y a eso se le llama “homicidios”.
Llevar a cabo una gruesa calificación naturalmente no esconde el mal funcionamiento, diría dramático, que ha producido los sucesos aludidos. No se pueden tolerar y resultan inadmisibles, interferencias profanas por una absurda metódica, en el serio rigor de la selección profesional donde deben llevarse a rajatabla los solos criterios de capacidad y mérito expresados por nuestra Constitución. En ningún caso, pero mucho menos en la sanidad ya sea pública o privada. Con tanto quítate tú para que me ponga yo, se olvidan los problemas reales que tiene planteados la sociedad española por la que campean muertes por improvisación, ineptitud e impericia aunque sean producto de una cadena que arranca del pésimo funcionamiento general, ni tampoco que, en pleno mes de julio, España haga las delicias de los delincuentes Nerones, por así decir, contempladores o beneficiarios de incendios que arrasan lo poco que de frondoso va quedando en nuestro país conduciéndolo hacía una desertización galopante.
Pero, quítate tú para que me ponga yo, es lo que priva a presumidos mentecatos que se autodenominan políticos y que no tienen la menor idea de cómo resolver, con el arte de lo posible, los gravísimos problemas que ensombrecen el inmediato actual y el oscuro próximo futuro de nuestro querido país. No deja de ser un superlativo contrasentido convertir, dicho sea con toda exageración, la seguridad que debe regir en una maternidad, como una zona de alto riesgo para la vida, siquiera sea por fortuna muy excepcionalmente. Pero, la excepcionalidad no se justifica ante la pérdida de la vida.
Permanecer impasible o a lo sumo constituirse en simples bustos parlantes televisivos es algo rotundamente indecente e inmoral cuando no cruelmente hipócrita sobre todo si se hacen luego cantos y proclamas a la vida humana y no se tiene ni la sensibilidad, ni la valentía, ni la capacidad, ni siquiera quizá las ganas, de hacerle frente, con cierta inteligencia, a su real y experta defensa, nada menos que en una maternidad.
Esperemos que, con la gripe galopante que se avecina, no se llegue a un caos hospitalario invernal.
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Catedrático de Derecho Penal
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