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La nefasta política de comunicación del PP

domingo 30 de agosto de 2009, 09:26h
A diferencia de otros años, el mes de agosto que ahora termina ha sido prolijo en lo que a actividad política se refiere. Por encima de todo, las acusaciones del Partido Popular sobre el supuesto espionaje a miembros de su ejecutiva nacional. Asunto éste gestionado por Federico Trillo, aunque presentado, con fortuna más que discutible, por María Dolores de Cospedal -puesto que, el señor Rajoy, que durante el resto del año no siempre está disponible, en vacaciones no gusta de ser molestado. También ha coleado el tema de las filtraciones judiciales -un delito, siempre puntual y sospechosamente administrado- en sumarios en los que estuviese relacionado el entorno del PP y el trato, a cámara abierta, dispensado a algunos de sus militantes en Baleares, propio de terroristas. Y, por último, la declaración de intenciones del presidente Zapatero sobre una inminente subida de impuestos.


Todo lo anteriormente descrito debería haber redundado en una sólida batería de interpelaciones, pero nada de eso ha sucedido. No se sabe si por exceso de frentes sobre los que llevar a cabo su labor de oposición, por la dificultad de sus dirigentes -Mariano Rajoy a la cabeza- para comunicar los temas principales o por una mezcla de ambas cosas, pero lo cierto es que la gestión que ha hecho el PP de toda la carnaza que le ponía ante sí el PSOE no ha podido ser peor. Cabe reseñar como único acierto su denuncia de las filtraciones judiciales, aunque el mérito se deba más al trabajo periodístico que al gabinete de comunicación popular, tan perdido como su líder. Por lo que respecta al presunto espionaje, de ser cierto, las pruebas debían de estar ya en el juzgado. Anunciar que se tienen pruebas de un delito y no aportarlas inmediatamente arroja un velo de sospecha que no beneficia precisamente a quien vierte la acusación, tenga o no fundamento. Sospecha que se convierte en escándalo si se aplica al acusado (el Gobierno, en este caso) el principio inquisitorial de presunción de culpa.


Y faltaban los impuestos. Cualquier estudiante de derecho financiero podría rebatir todos y cada uno de los argumentos esgrimidos el pasado viernes por José Luís Rodríguez Zapatero sobre la temporalidad de los tributos y las razones de su posible subida. Al menos, de un modo más elocuente. Rajoy no. Envuelto en una confusa diatriba de chascarrillos artificiales y retórica plúmbea, el líder popular ha vuelto a perder una ocasión de oro para criticar algo que no tiene ni pies ni cabeza. Pocas veces un partido político de oposición habrá tenido tal cantidad de argumentos a su favor para desgastar a un gobierno. De ahí, que el PP no despegue en las encuestas. Si la opción que gobierna es penosa, cuando no desastrosa, la alternativa resulta poco sólida y menos convincente. Y, entre tanto, España padece los embates de una crisis que avanza sin control alguno, ante la alarmante carencia de líderes que le puedan hacer frente. Esa misma crisis no es sólo económica, sino también de liderazgo. Y, en el caso del PP, además, de comunicación. Urge remediarlo.
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