lo nuevo de Woody Allen
[i]Si la cosa funciona[/i]: es mejor tener suerte que ser bueno
sábado 03 de octubre de 2009, 12:27h
Woody Allen vuelve con su último trabajo a las calles de Nueva York. Después de cuatro películas rodadas en Europa, el director de Manhattan confiesa que no ha regresado porque le pudiera el sentimiento de melancolía hacia la ciudad que le vio nacer, sino por una razón mucho más pragmática. Para esquivar la huelga de actores, se veía obligado a rodar en primavera y no en verano, una época del año en la que sus niños todavía van al colegio y no podía llevárselos a Europa como a él le gusta, así es que la solución más familiar era claramente la de rodar en casa. Reconoce, sin embargo, que Nueva York es una ciudad tremendamente visual y, por supuesto, su verdadero hábitat, un lugar en el que, según el director, “continúas pasándotelo bien sólo mirando qué sucede”.
Pero no se trata únicamente de una vuelta al escenario habitual de sus películas. La cinta que se acaba de estrenar en nuestro país supone, además, el regreso a su tema favorito: la complejidad de las relaciones entre hombres y mujeres. Y los encuentros y desencuentros de los personajes de ambos sexos van surgiendo por azar, precisamente, porque para Allen: “es mejor tener suerte que ser bueno”. El guión no es nuevo, parte de uno que el director tenía guardado desde finales de los años 70, cuando lo escribió pensando en el cómico Zero Mostel y su fallecimiento fue la causa de que el mismo durmiera en un cajón durante más de tres décadas. Y lo cierto es que se nota, porque resulta algo así como un ensayo para lo que más tarde sería la tónica de sus trabajos más típicos, llenos de neurosis, pesimismo, personajes peculiares, amores extravagantes y, al final, un irreal buen rollo entre todas las nuevas parejas que se han ido formando con los “retales” de las anteriores.
En todo caso, no es, desde luego, una de sus historias más trabajadas y convincentes, con secuencias, incluso, tan superficialmente ingenuas que demuestran que el guión no es de ahora, a pesar de que el director haya hecho un pequeño esfuerzo introduciendo añadidos para actualizarlo a nuestros días, por ejemplo, con referencias a Obama, que no podían faltar. Menos mal que a Woody Allen no le hace falta ocultar nada y ha declarado sin complejos que simplemente ha retocado los detalles cotidianos de actualidad. ¿La razón de semejante refrito? Tampoco la esconde: el anuncio de la pasada huelga de guionistas en Hollywood le animó a recuperar alguno de sus viejos proyectos por si la protesta le afectaba directamente y se veía obligado a rodar una película en poco tiempo.
De modo que la única sorpresa viene del protagonista, pero obviamente no por el personaje, que vuelve a ser un intelectual maduro, amargado, neurótico e hipocondríaco, sino porque quien lo encarna no es Woody Allen. El conocido cómico judío nacido en Brooklyn Larry David, un actor curtido en la pequeña pantalla y que ya había trabajado anteriormente con Allen con dos papeles cortos, ha sido el elegido para interpretar el papel protagonista. David cumple con su papel de emular a Allen, de moverse y gesticular nervioso como él, irritando a los que le rodean, pero el verdadero resultado es que con los mimbres de un guión tan poco consistente, el personaje de Boris Yellnikoff, a veces, no llega ni a provocar una leve sonrisa. Junto a él, Eva Rachel Wood, a quien pudimos ver como la hija de Mickey Rourke en El Luchador, se mete en el papel de Melodie, la encantadora jovencita de escaso cerebro que se mete en la vida de Boris, cuando llega a la Gran Manzana huyendo del ambiente mojigato y represivo del profundo sur de los Estados Unidos.