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La derrota del pensamiento (hispano)

José Manuel Cuenca Toribio
martes 24 de noviembre de 2009, 16:32h
Por noticia de un amigo que ejerce la más bella profesión del mundo –la de librero-filósofo o filósofo-librero, tanto monta, a fin de cuentas-, conoce el cronista que en una importante Universidad madrileña está a punto de desaparecer la asignatura “Historia del Pensamiento español moderno”. Dos son las causas del infausto hecho; y ambas son dolorosas y muy expresivas de que algo esencial no funciona en la Universidad hormada por el Plan Bolonia como asimismo en la vida cultural de la nación al día de la fecha. La primera de las razones se identifica con la pérdida irremontable y acelerada de alumnos; la segunda se muestra obediente a la atonía generalizada del profesorado, escéptico frente la “rentabilidad” académica de dicha disciplina, de dudosos títulos de legitimidad científica para una gran porción de él.

Aun dando por buena parte de la última, resulta pesaroso que en la tierra de Francisco Suárez, Ortega, Zubiri, Gaos o Millán Puelles ninguna de las corrientes hispanas del pensamiento filosófico suscite interés o curiosidad del lado de sus futuros cultivadores. El haz de figuras mencionadas –más denso y nutrido de lo acabado de señalar- bastaría en cualquier otra nación europea de porte histórico semejante al de la española para suscitar espontáneamente una atención singular por parte de las autoridades universitarias, de su profesorado y alumnado. Sin citar al hoy tan denostado en los círculos más “avanzados” iusnaturalismo de los siglos clásicos, los ilustrados dieciochescos que sembraron la semilla del liberalismo gaditano, el tradicionalismo templado y el radical y todo el vasto mundo intelectual que girase en torno a la Institución Libre de Enseñanza, bien merece sin duda una docencia y una investigación de rango prominente. Si los saberes “inútiles”, esto es, los desprovistos de aplicación inmediata en el mercado productivo, son cuestionados o desdeñados en los claustros y aulas del Alma Mater hispana, ésta confesará paladinamente su impotencia para cumplir cometidos fundamentales de su naturaleza y carácter.

Pero, en esencia y bien mirado, es la propia sociedad española actual la que descubre su insustancialidad y ausencia de verdadero poder creativo con hechos como el citado. Una concepción mínimamente vigorosa de su identidad nacional la llevaría a fomentar los estudios atañentes a su trayectoria cultural e ideológica, reflejada directa y poderosamente en el curso de su vida política. No pocos falsos debates y discusiones intelectualmente estériles quedarían marginados sin apelación con el ahondamiento en la contribución española a las tendencias doctrinales que moldearon la modernidad hasta los días mismos de la segunda posguerra mundial. La reflexión hispana durante los dos últimos siglos en punto a los temas básicos del filosofar contemporáneo no ha sido tan escuálida ni sincopada como ha menudo se afirma en ejercicio masoquista, al que con irresistible fuerza se entregaron, en los tiempos recientes, tantas plumas.

El desvío de una línea de fuerza de la docencia superior de innegable trascendencia que ha tenido lugar muy recientemente en una Universidad de la capital del país, ha de lamentarse, con todo, más que por la circunstancia en sí misma, por el reflejo o trasunto de un estado de conciencia identitaria.
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