En tiempos electorales y más aún en la recta final donde la lucha se define palmo a palmo, se pone aún más en evidencia y un fenómeno de carácter global que involucra tanto al teatro como a la sociedad y que podemos llamar, en paralelo con el concepto que Anne Ubersfel y Patrice Pavís introdujeran allá por la década del 80: la "teatralización", en este caso la teatralización de la actividad pública y privada en la sociedad contemporánea.
Nos hemos acostumbrado a que en el campo de la ciencias sociales, la comunicación y luego en el habla cotidiana, se diga "actores políticos" o "actores económicos", por ejemplo, para referirse no a los actores, sino a personalidades de la vida pública. Así como un naturalizamos términos como "protagonista" para denominar a alguien que desempeña "un rol" de importancia en un área dada, también no es normal que cuando se dice "escenario" ya no pensemos solamente en el tablado y los telones, sino e incluso, en abstracciones tales como momentos, coyunturas o panoramas de carácter económico, político, social o de mercado.
Este hecho no sólo evidencia un nuevo uso de palabras que provienen del teatro, de su cultura y su práctica, sino que importa una serie de conductas y formas de aparecer, relacionarse, comunicarse u opinar por parte de dichos "actores". Y, por si fuera poco, en un ámbito que, gracias a la expansión de lo visual -eso que se ha dado en llamar "civilización de la imagen"-, ha transformado la simple vida en sociedad en un desfile constante frente a cámaras (reales o potenciales). Estas, se comportan, entonces, como el ojo colectivo al editar y reproducir, con ilusión de intimidad, contacto directo y simultaneidad, eso que denominamos realidad. Realidad ésta que consumen todos los habitantes del planeta con acceso a los medios, día a día más personalizados.
Si bien es cierto que los individuos se movieron, desde antaño, en el marco de normas, costumbres y rituales compartidos -desde la corte al púlpito y de la plaza a los recintos de debate institucional-, en el presente asistimos a una suerte de democratización de la vida pública. Ésta, avanza sobre la privada y que necesariamente exige de los ciudadanos que cada día sean más "actores", sobretodo en ámbitos de participación. Y no sólo eso, sino que dichos "actores" serán más aceptados cuanto mejor cumplan su "rol", cuanto más puedan distinguir las reglas en las conductas de los otros.
Lejos de desaparecer, como fue el vaticinio de muchos ante el avance de las nuevas tecnologías, el teatro no sólo conserva su espacio tradicional en tanto punto de expresión, entretenimiento y reflexión de la polis, sino que también se proyecta a dimensiones jamás esperadas.

Desde el análisis del debate Kennedy-Nixon, en sus aspectos extra-palabras, con aquella historia del traje azul y el bronceado impactante del primero frente al gris intrascendente y pálido cansancio de oficina del segundo, a los debates actuales en este tramo final de las elecciones por el gobierno de España, ya nada es igual. Y no sólo para quienes protagonizan los eventos, sino para los que comentan, analizan, consumen o aún no saben por cuál de las opciones en juego inclinarse. La sociedad toda, unos más y otros menos, se acostumbran relativamente a separar forma de contenido o, por el contrario, a identificarlas, a establecer la preeminencia de una actuación, la preferencia del rol trasmitido y toda la compleja gama de ítems que trata de ordenar la teoría de la recepción.
Al mismo tiempo, y en la vida cotidiana, imitatio vitae mediante, Aristóteles sigue constatando cómos al mismo tiempo, los ciudadanos comunes, aquellos que ahora eligen, también actúan en sus propios escenarios, escogen su vestuario, preparan sus parlamentos, salen a escena o hacen mutis por el foro. En el espectáculo de la sociedad, son llamados a elegir un primer actor.
