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Prohibido hacer milagros en Barcelona

José Suárez-Inclán
miércoles 09 de diciembre de 2009, 20:24h
Barcelona. Me llama la tierra ¿o es el mar? Me llamaba la vida ¿o era la muerte?

Acababa Morante de hacer su gran faena de Madrid. Las más insólitas verónicas que los aficionados recordábamos desde que Rafael de Paula volviera, en el último tercio del siglo XX, a resucitar el milagro. Un milagro que empezó con la Verónica en el monte Calvario y que, cada cierto tiempo, se repite, en las telas, en las muñecas ardiendo, de algunos toreros. De pocos, de muy pocos. Como todos los milagros, ocurre inesperadamente y pertenece, más que al mundo raso de la realidad, al de los sueños. Y sin embargo, como todos los milagros, es verdad. Es un acto de amor. Y es bien sabido que solo los actos de amor son capaces de hacer milagros.

Pocos días después, cuando aún estaba fresca la tinta imposible de las crónicas y apenas se retiraban los ecos de las voces que intentaban explicar sin éxito la suerte inefable, cuando la retórica se retira y solo queda las brisa silenciosa del poema, Morante reaparecía en el portón de cuadrillas. Esta vez en otra gran capital, la que fuera hasta hace poco uno de los siete puntos cardinales del toreo.

Se disponía el torero de La Puebla del Río a iniciar el paseo ritual por la arena de la Monumental de Barcelona, cuando sintió una llamada extraña y clara; una llamada que todos los hombres estamos destinados a escuchar, al menos una vez: la llamada inequívoca de la tierra. Concluyó el paseo, y comenzó su faena. Andaba Morante con el tiempo justo —todos los toreros tienen el tiempo justo— para darle aliento a un sueño; el cuarto de hora ritual que representa una vida y que termina en una muerte. Y volvía, pertinaz, la cita, el grito de la tierra.

Se descalzó el torero y cite a cite, entre pase y pase, según salía y entraba en la suerte, iba enterrando los pies en la arena. Más tarde le comentaría a un amigo: “Sí, me sentí en Madrid, pero donde de verdad me he sentido es en Barcelona, allí me llamó la tierra y me tuve que enterrar, que meterme en ella. Allí es donde toreé más a gusto. Muchos no lo saben, pero yo sí”.

Allí, de pie en la arena de la Monumental de Barcelona, con un toro embistiendo, rondándole la vida con la muerte en la sombra, la tierra le pedía a gritos a José Antonio Morante, torero, que se quedase. Había cortado una oreja clamorosa en Madrid el 21 de mayo. Dobló los trofeos en una desolada Barcelona un mes después. El 21 de junio. El día con más luz del año.

Lo llamaba la tierra, ¿o era el mar? Lo llamaba la vida, ¿o era la muerte? Él lo sabe. Los pocos aficionados catalanes que tuvieron el privilegio de ver el milagro, también. Ojalá los prohibicionistas que van a decidir por ellos también lo supieran. O, al menos, lo intuyesen. Nada hay más obtuso que los salvapatrias. Porque no creen en más milagros que en los suyos.
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