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Los viejos porteros

José María Herrera
sábado 19 de diciembre de 2009, 15:57h
En mi infancia, rara era la finca que no disponía de un portero. Lo recuerdo bien porque ante ellos solía sentirme intimidado y como a punto de ser sorprendido haciendo cualquier fechoría. Un psicoanalista que cartografiara mi inconsciente encontraría muy pronto una zona de sombras tras la cual, agazapado, acecha un portero de mirada aviesa y desconfiada. ¿Miedo a rebasar los límites?, ¿nostalgia del seno materno? Como no soy de esos que cuando ignoran la causa de algo imaginan que debe tenerla muy profunda, supongo que mi recelo tiene que ver con el pavor que me producía con cinco o seis años cierta portera tuerta que cada vez que pasaba a su lado gruñía como si acabara de sufrir por mi culpa una grave interrupción en sus tareas, exterminar cucarachas o esconder el pañuelo en la manga de una rebeca igual de nauseabunda.

Los más jóvenes posiblemente se burlarán de estos recuerdos. El gremio porteril debe parecerles tan anacrónico como los de bufón o verdugo. Acaso no hayan aprendido aún que el mundo es puro anacronismo. La actualidad ocupa sólo una capa. Por debajo de ella los estratos se multiplican. Los peces son de otro tiempo que los anfibios y estos que las aves y los mamíferos. Cada uno de ellos pertenece a un período diferente de la evolución, aunque ahora compartan la tierra. Igual sucede con las estrellas, cuyo brillo ilumina el cielo pese a haberse extinguido hace millones de años. ¿No les produce cierta inquietud saber que el universo es un eco del universo?

Mutaciones y metamorfosis conforman también ese increíble palimpsesto que es la Historia. Lo antiguo y lo nuevo coexisten en una amalgama complejísima. A un joven de veinte años le asombra que algunos recordemos con claridad el día en que vimos por primera vez un negro. Estas pequeñas cosas son el material que alimenta la memoria de las generaciones. Las nuevas seguramente se sorprenderían del papel que desempeñaron los porteros en el pasado. Larra decía a principios del XIX que nada se hacía en España sin ellos. Siglos atrás aún eran más influyentes. En el Imperio Otomano, por ejemplo, el agá de la Sublime Puerta o el de la Morada de la Felicidad, de quienes dependía el paso a las dependencias privadas del Sultán y a su harén, tenían un poder equiparable al del gran visir, los ulemas de las ocho madrazas, el muftí de Estambul o el capitán en jefe de los jenízaros.

Pero ya no hay porteros. El declive de la profesión es tal que ni ladra Cerbero en las puertas del Hades, ni tintinean tampoco las llaves de Pedro el apóstol a la entrada del cielo. No es sólo que sea más barato reemplazarlos por un automático, es que además la gente prefiere vivir en edificios sin conciencia. Y es que entre las ocupaciones comunes del portero estaba la de registrar cuanto sucedía en ellos y divulgarlo a placer entre los vecinos. Su poder moral era enorme. El chismorreo pesa en el radio corto lo mismo que la noticia periodística en el largo. No es desde luego ninguna casualidad que el gremio haya prosperado más en dictaduras y regímenes de estricto control que en las sociedades liberales. En los países tardocomunistas, todavía el portero suele ser un agente político de primer nivel.

Para el hombre actual el portero es, sin embargo, caro y, sobre todo, incómodo. La seguridad que proporciona y los servicios que presta no compensan el conocimiento que posee de nuestra vida privada. Preferimos el guardia de seguridad, un profesional anónimo que no habla, no saluda, ni siquiera ofrece seguridad, pero da la impresión de que existe un poder objetivo por encima de los individuos, perfectamente compatible con la libertad.

Como la esencia de la astronomía antigua perdura en el horóscopo, la esencia de la profesión porteril perdura en la prensa rosa. La aldea global no ha renunciado a los chismorreos, sencillamente ha ampliado el horizonte. Esto es una suerte para la gente de a pie, pero también una prueba fehaciente de que la vida ha cambiado sobremanera en los últimos años. Ahora vivimos de espaldas a nuestros vecinos y de cara a la televisión. El asunto carece desde luego de trascendencia, pero daría mucho de sí en buenas manos. Son los detalles minúsculos los que permiten entender el mundo. Por lo que se refiere a este artículo, no queda otro remedio que citar a Thomas de Quincey: “en cuanto al modo de aburrir, cualquier hombre puede ser original con facilidad”.
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