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reseña

Alexander Waugh: La familia Wittgenstein

sábado 16 de enero de 2010, 15:51h
Alexander Waugh: La familia Wittgenstein. Traducción de Ricardo García Pérez. Lumen. Barcelona, 2009. 488 páginas. 24,90 €
La biografía que nos ocupa se enfrenta al desafío de narrar la peripecia de un grupo humano demasiado heterogéneo como para que sea viable construir un relato integrado, capaz de trasladar al lector una impresión duradera de la familia Wittgenstein, constituida sobre todo por cinco de los nueve hijos del matrimonio entre el industrial Karl Wittgenstein y Leopoldine Kalmus, quienes sobrevivieron lo bastante como para dejar huellas de su paso por el mundo. El primer capítulo de la historia se centra en la gran casa que el padre mandó construir a finales del XIX gracias a la fortuna que había amasado en el negocio del acero, por donde pasaron grandes compositores como Bramhs, Mahler o un jovencísimo Pau Casal. La vida cultural de la Viena de fin de siglo queda al fondo del relato como un murmullo que uno desearía mejor articulado.

Pero ya en 1914, todo aquel esplendor del que el palais de los Wittgenstein era una muestra representativa, había comenzado a ser “el mundo del ayer”. La guerra golpeó a la familia con gran dureza, tanto que el resto de la historia familiar se podría resumir como una crónica de decadencia, neurosis y soledad. Tras la posguerra, los años de la anexión de Austria al Reich alemán fueron los más duros. La familia fue declarada “judía” de acuerdo con las nuevas leyes raciales. Eso determinó la salida al exilio de Paul, que terminó sus días en Manhattan y de Gretl, que se exilió primero en Suiza y posteriormente en EE.UU. Ludwig vivía en Inglaterra desde que en los años veinte decidiera dedicarse a la filosofía y las dos hermanas que aún residían en Viena pasaron los años del nazismo en una especie de discreto retiro pagado a un alto precio en metálico, obras de arte y manuscritos musicales.

La atención que dedica Vaugh a los hermanos es lógicamente desigual. Paul, el músico manco que después de la guerra se encierra para practicar al piano y poder seguir con su carrera, pagando de su bolsillo composiciones para la mano izquierda de importantes músicos como Ravel o Prokofiev, es quizá el preferido del biógrafo. Quien desde luego no cuenta con sus simpatías es Ludwig Wittgenstein, el filósofo de fama mundial y autor de dos libros de filosofía que tuvieron una repercusión extraordinaria. Ludwig aparece retratado como una personalidad maniaca y caprichosa, cuyo éxito se debería a la opacidad de una obra que no entendía ni siquiera él, aunque su magnetismo personal le atrajera la admiración de grandes intelectuales británicos como Russell o Keynes.

Aun tratándose de un trabajo bien construido a partir de fuentes documentales exhaustivas, a la biografía de Waugh le falta simpatía hacia los personajes de los que se ocupa, ese tipo de cordialidad que es capaz de transmitir al lector un eco de la vida; esto es, de las ilusiones, desdichas, búsquedas, añoranzas, sorpresas y remordimientos que tejieron las vidas enlazadas desde la cuna de estos hermanos Wittgenstein que vivieron el desmoronamiento de su mundo sin llegar a alcanzar la seguridad de otro. Como los personajes de la fábula de Macondo, tampoco tuvieron una segunda oportunidad sobre la tierra.

Por José Lasaga
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