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Una mujer cada día

José María Herrera
sábado 16 de enero de 2010, 16:00h
Son muchos los que esperan impacientes la publicación de la última biografía de Warren Beatty. La curiosidad la ha suscitado Peter Biskind, el biógrafo, al asegurar que el actor americano ha tenido, sin contar achuchones esporádicos, la friolera de doce mil setecientas setenta y cinco amantes. Se trata de una cifra desorbitada y asombrosamente redonda, tanto que algunos no han podido resistir la tentación de hacer cálculos con ella. Puesto que debutó como casanova a los veinte años, tiene setenta y dos, y su conducta como soltero no ha podido ser la misma que su conducta como casado, estado por el que ha pasado varias veces, el balance final, o sea, el porcentaje de mujeres con las que ha mantenido relaciones cada día, resulta desde luego impresionante.

Woody Allen ha dicho al conocer el dato que no le importaría reencarnarse en la yema de los dedos de Warren Beatty. La frase, aguda como todas las suyas, significaría algo si desconociéramos que el cineasta nunca estuvo demasiado contento con su última reencarnación. Indirectamente, ha servido, sin embargo, para confirmar la increíble cifra del biógrafo. El único afligido con ella es el propio Warren Beaty. La cantidad barajada es tan descomunal que es posible que se sienta avergonzado. El seductor, por definición, es un artesano, pero con estos números es imposible pensar en otra cosa que no sea una dedicación industrial. Algunos desconfiados barajan incluso la posibilidad de un doble. ¿Habrá empleado algún negro, como hacen los escritores, para mantener tanto tiempo a semejante altura el pabellón?

Warren Beatty siempre tuvo pinta de tipo sano y vigoroso. Lo que no podíamos saber es que estuviera perpetuamente a la que salta y que no hubiese flojeado jamás. Su energía debe ser asombrosa, y no porque haya poseído a semejante cantidad de mujeres, sino por haber sostenido el apetito de forma tan portentosa. Mientras el resto abrazamos mil causas diferentes, él abrazaba a todas las mujeres que se le ponían delante. La cosa es sorprendente porque aunque la fama, su indudable atractivo personal y las facilidades que en estas transacciones genitales dan los tiempos le hayan allanado el camino hasta el punto de no encontrar aparentemente ninguna resistencia, al resto de los mortales nos cuesta olvidar que el lema predilecto de las chicas, hoy y ayer, es uno que dice: noli me tangere.

La naturaleza, diga la dulce Bibiana lo que diga, no ha hecho a los hombres y a las mujeres de la misma pasta. Ellas son mucho más sensibles al dolor y sufren cuando descubren que un varón no sueña con amarlas eternamente. El modelo aquí te pillo aquí te mato acaso goce hoy de gran predicamento gracias a la sexología barata y al dominio mundial de la zafiedad, pero aún siendo condescendientes con esta moda prostibularia, a las mujeres, en general, no les sale dar rienda suelta a sus apetitos. Fingen hacerlo como antaño fingían no tener deseos, pero su hedonismo, gracias a Dios, no es tan elemental todavía que no requiera de un marco civilizado. Ni siquiera Warren Beatty ha podido tenerlo tan fácil. No digo que no haya señoras para las que restregarse con una estrella de Hollywood no constituya una tentación irresistible –Woody Allen lo discutiría-, pero a pesar de ello las cosas del amor requieren su tiempo y hay que contar con montones de obstáculos; la falta de tiempo, por ejemplo, o la necesidad de sortear la vigilancia de un tercero o tener que darle explicaciones. Cuesta creer que Warren Beatty sólo haya puesto su ojo infalible en mujeres libres de compromiso o que sus encantos sean tan fantásticos que operen como un narcótico y ofusquen incluso a aquellas que los tienen.

De lo que no hay ninguna duda es de que es un hombre que abarca y que aprieta, dos cualidades que juntas constituyen algo fuera de lo común. Don Juan Tenorio, desde que pasó por el consultorio del doctor Marañón, es sospechoso de haber apretado menos de lo que abarcaba. En cuanto a Casanova, su otro precursor, aun siendo muy diestro en ambas disciplinas, ni por asomo alcanzó las cotas del americano, y ello a pesar de haber debutado antes en el negocio y de desconocer las amargas tribulaciones del matrimonio. Comparado con ambos, Warren Beatty es un titán, una criatura de otra época, destinada a convertirse, como ellos, en una leyenda.

De los detalles se sabe, en cambio, poco, y es difícil que podamos llegar a saber porque ante semejante cantidad de historias, y tan precipitadas, lo más probable es que ni los haya. Esto no importa. Hoy se cree que lo único verdadero que queda en el mundo es el deseo y Warren Beatty es la demostración fehaciente de que este puede renovarse sin cesar. Basta la cifra. Tras las guerras mundiales y el horror totalitario, los valores de la tradición, toda esa basura poética y metafísica que enmarañó a nuestros antepasados, no interesan a nadie. Esta es la razón por la que, al mismo tiempo que tomamos a chufla las cosas del espíritu, adoptamos una seriedad sacerdotal frente a las de la carne. Gente que escupe por el diente cuando habla del alma saca el botafumeiro cuando perora sobre la identidad sexual o cosas por el estilo. Yo no los critico por eso, aunque sospecho que si fueran capaces de seguir adelante con su cinismo y su ingenuidad, aplicando también las corrosivas luces de la ilustración al orden biológico, acabarían alabando al marqués de Sade, un tipo que, después de sacar la imaginación de estas cosas, de desmitificarlas, llegó a pensar seriamente que no existe ninguna diferencia sustantiva entre el coito y la defecación.

En fin, y para que ustedes me entiendan, llegado cierto punto, llegado ese punto en el que los números, los grandes números, son ya la única poesía y el único mito, se entra en el orden de Leporello, el doméstico que llevaba la contabilidad amorosa de Don Giovanni, un orden en el que tanto da mucho que poco, pues en realidad se trata siempre de nada.
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