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Año nuevo, vida nueva

lunes 18 de enero de 2010, 19:30h
Con el nuevo año todo son buenos propósitos. Es el momento en que solemos plantearnos más retos, como si el resto del año no fuera tan propicio para establecerse metas. Pero no estoy muy seguro que sea beneficioso proponernos muchas metas, porque si no las conseguimos acabamos frustrados. Los alcohólicos anónimos nos enseñan algo muy eficaz, el no plantearnos metas a largo plazo, sino día a día. Cada día ellos renuevan su propósito de no beber durante las próximas veinticuatro horas, consiguen así estar muchas veinticuatrohoras sin beber, tantas que a veces suman años. Podríamos seguir su ejemplo y no plantearnos buenos propósitos, tales como un año sin discutir amargamente con nuestra pareja; o un año siendo más tolerantes con los que no piensan como nosotros; o un año siendo más compresivos y menos exigentes… Un año es mucho tiempo y parece una meta inalcanzable, pero sí puedo planteármelo por sólo veinticuatro horas, las de hoy. Y así cada día, sólo por hoy.

Enero es también un mes de temores o de esperanzas. Olvidemos los temores porque cuando uno teme padecer padece ya lo que teme y centrémonos en la esperanza. Es curioso que sobre ella se hayan dicho cosas tan dispares. En el Mahabbarata, el libro de la espiritualidad hindú se puede leer: “Sólo es feliz el que ha perdido toda esperanza, pues la esperanza es la mayor tortura y la desesperación la mayor felicidad”. Recientemente he leído un ensayo en el que se defiende la misma idea, La felicidad desesperadamente, de André Comte-Sponville, un filósofo actual muy leído en Francia, para él la esperanza es un obstáculo para la felicidad. En el otro extremo nos podemos encontrar con nuestro Unamuno quien advertía: “Espera, que sólo el que espera vive. Y teme el día en que se te conviertan en recuerdo las esperanzas todas”.

Quizás todos estén en lo cierto y la esperanza sea algo negativo si supone pasividad y resignación, pero algo positivo si entendemos por ella un afán por superar dificultades y un compromiso activo por un mundo mejor, asumiendo de forma realista las limitaciones inevitables. En la oración de la sabiduría, una de las más bellas que conozco, encontramos la clave para no confundir la pasividad y la resignación con el asumir: “Dios mío, dame fuerzas para resolver aquellos problemas que tienen solución; dame paciencia para asumir aquellos problemas que no tienen solución; y dame inteligencia para saber diferenciarlos”.

La esperanza será también algo negativo si supone, fundamentalmente, tener anhelos por satisfacer deseos y llenar carencias. Pero será algo positivo si es expectativa de autorrealización. Hay muchas personas que creen que la felicidad consiste en tener lo que se desea. Otros, sin embargo, aseguran que lo malo de desear mucho una cosa, es que acabas consiguiéndola, y la posesión mata el deseo, y con la satisfacción cesa el placer. Se trata de percatarse de la trampa, la trampa es considerar que ser feliz es tener lo que se desea. Que Platón me perdone, pero ser feliz no puede ser tener lo que se desea, sino disfrutar de lo que se tiene. La felicidad tiene mucho más que ver con el ser que con el tener. Y sólo a esta clase de expectativa cabe llamarla esperanza.

La esperanza será negativa y será una trampa que nos aleja de la felicidad si nos lleva a una temporalidad predominante de futuro. Porque nos alejará de vivir el presente y disfrutar de las pequeñas cosas que tenemos en el aquí y ahora. Respirar, beber, oír, ver, son actos que pasan desapercibidos cuando no prestamos atención a lo vivido en el presente. Con demasiada frecuencia ocurre que sólo valoramos lo perdido o lo que no poseemos y soñamos poseer. Con demasiada frecuencia vivimos en el pasado o en el futuro y se nos escapa el presente. La manera más sana de vivir es teniendo una temporalidad de presente, dando vida a los días y no acumulando días de vida. Hay vidas cortas cargadas de vida y vidas largas sin vida apenas.

La esperanza será sin embargo algo positivo si consiste en tener un proyecto vital. La persona que carece de proyecto alguno está perdida y desubicada. Como un velero en medio del océano, sin rumbo fijo, sin cuaderno de bitácora y sin timón. Creo que fue Séneca quien dijo aquello tan sensato de que no hay ningún viento favorable para un barco que no sabe a qué puerto se dirige. Esperanza y voluntad van juntas en un proyecto de vida sano. Éste debe favorecer el desarrollo de nuestro ser, facilitar nuestro crecimiento como personas, hacernos mejores. Una vida así es como una vela encendida que mientras se va gastando va llevando a cabo su fin que es dar luz y calor a los que alumbra, una vela que mientras se va consumiendo se va consumando.
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