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Cartografía del clítoris (apunte no subvencionado)

José María Herrera
sábado 27 de febrero de 2010, 16:49h
Mucho antes de que fuera imaginada la posibilidad de un cambio quirúrgico de sexo, hubo en Grecia una persona que conoció ambos. Su nombre era Tiresias y, según Ovidio y Apolodoro, pasó por esta inaudita experiencia debido a un enfado de Hera, la esposa de Zeus.

Tiresias sorprendió un día a dos serpientes copulando y decidió separarlas con su bastón. Hera se enfureció con aquel acto gratuito y lo castigó transformándolo en mujer. Siete años más tarde, un feliz azar quiso que Tiresias, madame Tiresias, entonces pupila de un burdel, volviera a encontrarse con las serpientes atornilladas de la misma lasciva forma. Esta vez, sin embargo, pasó de largo sin molestarlas. Hera, contenta, la devolvió a su primitivo sexo.

Las cosas no terminaron aquí, pues al poco Zeus y Hera reclamaron su arbitraje para resolver una agria disputa conyugal: se trataba de saber quién experimenta mayor goce en el acto sexual, el varón o la hembra. Tiresias sentenció que de cada diez partes, una es del hombre y nueve de la mujer. A Hera la respuesta no le satisfizo, quizá porque había sido la excusa blandida por el marido para justificar sus innumerables adulterios, y volvió a demostrar su mal genio haciendo que Tiresias perdiera la vista para siempre. Zeus, compasivo, mitigó el daño otorgándole una larga vida y el envenenado beneficio de la adivinación.

¿Por qué separó Tiresias a las serpientes? No se sabe. El enfado de Hera revela, en cambio, que para ella el hecho encerraba gran importancia simbólica. Lo acontecido siete años más tarde (plazo de tiempo preciso, según la tradición griega, para cada nueva maduración) y luego tras la disputa conyugal, evidencian además que el interés no era sólo suyo, sino también de los creadores de la historia. Tenemos motivos para pensar, por tanto, que la leyenda de Tiresias es la respuesta mítica al problema de la divergencia entre los sexos y su dolorosa incompatibilidad.

Esto es lo que pensaba al menos cierto médico, literato y nigromante veneciano del XVII, célebre por recomendar la masturbación femenina como antesala del coito y cosas por el estilo. Evitaré escrupulosamente su nombre (el personaje es un hallazgo y no quisiera que ninguna becaria sensacionalista me pisara la subvención del ministerio de igualdad), pero les resumiré con gusto sus ideas.

La condición humana se desdobla en dos órdenes, el masculino, que excluye la contradicción, y el femenino, que la incluye. El varón, para alcanzar sus metas, disgrega y arranca; la mujer, cede e integra. Ella está más cerca de Dionisos, el dios que borra los contornos de la identidad; él, del Dios que dice “ego sum”. La metamorfosis de Tiresias, motivada por su menosprecio del acto sexual, es el castigo que Hera le impone para que comprenda la naturaleza femenina. El correctivo surte efecto, pero la diosa se precipita al creer que Tiresias, recobrada su condición, guardará los secretos que ha conocido. Su afirmación de que la mujer goza en una medida superior a la del varón del deleite sexual desata de nuevo su ira. ¿Por qué se enfada otra vez Hera? El mito no lo dice claramente, pero los mitos nunca dicen claramente nada. La única pista que tenemos es la pena que impone ahora a Tiresias, exactamente la misma reservada a quienes sorprenden desnuda a una diosa: la ceguera. Tiresias no ha mentido, al contrario, pero al descubrir la verdad, hace patente el talón de Aquiles de las mujeres, su debilidad y su fuerza. No hay duda de que merece un escarmiento.

Hasta aquí la exégesis del médico veneciano. Vayamos ahora al contexto en que la propuso. Por aquellas fechas acababa de publicarse un opúsculo que circuló por toda Europa con la pretensión de probar que las mujeres carecían de alma. La Iglesia lo atacó severamente, pero no pudo impedir la controversia. Nuestro veneciano intervino en ella con una teoría asombrosa para la época. Convencido de que el alma masculina y el alma femenina son esencialmente idénticas –la misma tesis sostenida por la monja Arcángela Tarabotti, paisana suya, en el ensayito titulado Che le donne siano della specie degli uomini- concluyó que las diferencias entre hombre y mujer son sólo corporales y tienen que ver estrictamente con la sexualidad, es decir, con la forma en que se experimenta el placer, el cual juzgó, adelantándose un siglo a Holbach, decisivo para la constitución de la identidad personal. Mientras el varón jamás se libera de la conciencia, ni siquiera en el orgasmo, con lo que esto significa de rigidez y de egoísmo, la mujer, que en el clímax apenas conserva un rescoldo de sí misma, estaría configurada para la disolución interior, algo que explicaría la intensidad de sus pasiones y el sentido de su entrega. El contraste psicológico entre los sexos dependería, en consecuencia, de sus diferencias fisiológicas, míticamente anunciadas ya por Tiresias.

El libro del que he sacado todo esto ha permanecido durante tres siglos y medio olvidado en un estante. Nadie le hizo caso en su época, quizá porque resultaba oscuro e inconveniente, y nadie juzgó tampoco necesario volverlo a hojear luego. Cualquier azar hubiera bastado para depararle mejor destino. Imaginen si alguien como Descartes, que era un anatomista cualificado, hubiera tropezado con él. Probablemente habría tenido menos problemas en su esfuerzo por localizar la glándula pineal, el punto de conexión entre cuerpo y alma. Hoy, por fortuna, ya no es necesario. Sabemos, y si no lo sabemos pronto se sabrá gracias a los desvelos del ministerio de igualdad, que esa glándula no se halla en el bulbo raquídeo ni en la médula, sino en los genitales, el glande del varón y el botoncito eréctil oculto bajo una vaina corrediza que el sabio veneciano llamaba, por un prurito esotérico no exento de romanticismo, “diapasón femenino”.
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