El chantaje de la TDT
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
martes 09 de marzo de 2010, 17:10h
He mencionado en artículos anteriores los conceptos de obsolescencia subjetiva y objetiva. La primera hace referencia a una situación en la que un artículo es renovado a pesar de seguir siendo útil, debido a cuestiones de sugestión, como en el caso de las imposiciones de la moda; la segunda hace referencia a entornos cambiantes de compatibilidad a través de nuevos estándares que exigen descartar objetos a pesar de su correcto funcionamiento o la adquisición de complementos que los permitan seguir siendo útiles. Suele ocurrir en el caso de baterías, enchufes, reproductores de material audiovisual, la eterna tensión entre software y hardware, etc. Nos reímos de quienes apostaron por el vídeo beta, el láser-disc, o el mini-disc. Y ahora algún gracioso ha decidido que si queremos seguir viendo la tele, tenemos que comprar un aparatito más.
Y saben que lo haremos, porque la televisión está tan integrada en la rutina occidental, que dejarla de ver supondría probablemente algún tipo de desequilibrio social. Estoy deseando ver qué pasa cuando llegue el apagón. En el caso de que aún queden aún muchos receptores sin decodificador (especialmente aquellos televisores “secundarios”), podría generarse un curioso escenario. ¿Se pondría la gente a leer? ¿Habría más vida social? Quizás se incrementaría el consumo, o quizás decaería más aún por no estar tan expuestos a la publicidad. Pero de percibirse tal peligro, el Estado estaría regalando los decodificadores.
Primero nos dan la droga y luego amenazan con quitárnosla si no nos rendimos a las “maravillas” de la tecnología digital. Creo no ser el único que ha notado ciertos fallos en la emisión, aparte del hecho de que, ya que el zapping va a ser una tarea aún más laboriosa dado el incremento en el número de canales (muchos de los cuales sólo se dedican a la teletienda o a la reemisión de programas), al menos podrían haber diseñado un sistema que no tarde tanto tiempo en cambiar de una emisora a otra.
Muchos, puestos a comprar, aprovechan y ya adquieren una tele nueva de pantalla plana. He ahí el gran triunfo en el que obsolescencia objetiva y subjetiva se mezclan para dinamizar el mercado de acuerdo con los criterios de sustitución a corto plazo, desaprovechamiento de los recursos y relación producción-desecho irresponsables.
Lo extraño es que la radio no ha visto el mismo proceso de “digitalización”, que aparentemente hubiera sido lo más lógico. Sin embargo pocos habrían estado dispuestos a sustituir tan fácilmente sus receptores por otros que valgan cinco veces más, y las emisiones radiofónicas podrían haber sufrido un grave daño.
Está de más decirlo, pero ya puestos, por qué no recordar que el mayor problema de esa ventana al mundo exterior que instalamos en nuestras casas, no es el tipo de señal que reciba, sino los contenidos que nos ofrece. Ésa sí que tendría que ser una prioridad, no del Ministerio de Industria, sino del de Cultura. Porque, ¿de qué nos sirve ver mejor la tele si no hay nada interesante que ver?
Hay un gran negocio detrás de la transición forzada hacia la TDT. A mi no sólo me basta con el analógico, sino que me sobra, y con creces. Pero ni siquiera tengo la oportunidad de quedarme atrás.