Café con Joaquín Achúcarro
miércoles 10 de marzo de 2010, 22:03h
“Hay miedo al silencio”, me dice Joaquín Achúcarro, después de pedir a la camarera que nos ha traído el café si pueden quitar la música de fondo para que podamos charlar con calma, sin distracciones. “Es que yo no oigo la música, la escuchó”, intenta explicar a la joven empleada, que cada vez nos mira con más sorpresa y alega, por su parte, que los demás clientes se van a quejar si la música deja de sonar del todo en ese recoleto local desde el que se ven, como en una postal antigua, los tejados de la esquina de Gran Vía con Alcalá.
Mientras, he sucumbido a la nada original tentación de fijarme en las manos del Maestro, como si con un vistazo de las mismas, y, encima, lejos de un teclado, pudiera confirmar las afirmaciones tan rotundas que sobre su figura se realizan en todo el mundo, como una del Washington Post: “Achúcarro muestra los mil colores sonoros que pueden ser extraídos de un piano sólo de las manos de un gran pianista”, y otra de sir Simon Rattle: “Hay muy pocos músicos en el mundo capaces de sacar esa sonoridad al piano”. Pero enseguida recupero un poco de sentido común y me doy cuenta de que, sentados lejos de su piano, lo que Achúcarro transmite llega directo de sus ojos exageradamente claros, de una de esas miradas tan transparentes y, sin embargo, tan profundas, que son capaces de contar muchas cosas sin demasiadas palabras. Y, sin embargo, hemos venido a hablar, un poco de todo, pero especialmente del DVD recién editado por Opus Arte, en colaboración con la Fundación BBVA, en el que el gran pianista interpreta el Concierto para piano nº2 de Brahms junto a la Sinfónica de Londres, bajo la dirección de sir Colin Davis, y que incluye un fantástico documental sobre los 50 años que han transcurrido desde que Achúcarro empezó su carrera con el debut, precisamente con la London Symphony, en el Royal Festival Hall.
Para eso fundamentalmente ha venido estos días a Madrid, donde el próximo 17 de marzo interpretará obras de Ravel, Chopin y Albéniz en el Auditorio Nacional, para atender a los periodistas que, uno tras otro, estamos haciéndole probablemente las mismas preguntas sobre el DVD y, ya de paso, sobre toda su brillante carrera, que él va contestando con exquisita paciencia. ¿Alguna pregunta ridícula que le hayan hecho a lo largo de su carrera?, le preguntó impulsivamente, dándome cuenta al instante de que puede que ésa sea precisamente la que yo acabo de hacerle. Pero él simplemente sonríe y me dice, aún no sé si en serio o en broma, que esa de que “qué disco se llevaría a una isla desierta… Pero como tengo la suerte de no tener que ir a una isla desierta, no contesto”. Su sentido del humor es muy british. “Se trata de saber reírse de uno mismo”, explica, y con cada palabra demuestra que, a pesar de todo lo que ha conseguido en su profesión, procura no tomarse a sí mismo demasiado en serio. “Si de Mozart, Einstein o Leonardo decimos que son genios, después hay que tener mucho cuidado con quien se utiliza esa palabra”.
Le discuto ligeramente, me atrevo a sugerir que, aunque no le guste que le digan que es un genio, sí podría decirse que lo que hace es genial. Pero sigue sin estar de acuerdo: “Sé que he hecho algo, pero sólo es una gota de agua en el océano. Un granito de arena”, me dice, mientras empezamos a hablar de su entusiasta actividad como profesor desde 1989 en la Southern Methodist University de Dallas, ciudad a la que viaja durante todo el año, o en los cursos de verano de la Academia Chigiana de Siena, a pesar de que creía que nunca dedicaría tiempo a enseñar a otros. Y, sin embargo, su enseñanza o sencillamente su interés por descubrir a los demás algo que desconocen hace que, también fuera de la música, Achúcarro sea de esas personas que te da claves nuevas, de la que eres consciente que estás aprendiendo. ¿Sabías que Ortega y Gasset y Nicolás Achúrraco eran amigos?, pregunta inesperadamente, y me recomienda que lea el artículo necrológico que Ortega escribió cuando el hermano mayor de su padre, eminente neuropsiquiatra e investigador que trabajó con Ramón y Cajal o Alois Alzheimer, falleció a los 37 años. También los de Laín Entralgo y Juan Ramón Jiménez, y, de repente, me abre una desconocida puerta para que desde la música me traslade al universo de la génesis de las células en bastoncito o de las transformaciones que sufren los astrocitos.
Entonces regresa la camarera para preguntar si puede ya volver a poner la música y reconozco que ni siquiera me había dado cuenta de que la había quitado. Él sonríe: si no hay más remedio, contesta.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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