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La bomba de Oppenheimer

miércoles 17 de marzo de 2010, 21:08h
Uno de los primeros actos oficiales de Vladimir Putin como presidente ruso fue una visita a la sede del todopoderoso KGB. Allí pronunció una de sus frases más ingeniosas -y con más razón, dicho sea de paso-: “al fin uno de los nuestros ha llegado a lo más alto”. No mentía. Putin fue uno de los máximos responsables de los servicios secretos soviéticos, desarrollando su cometido en la extinta República Democrática Alemana durante los años anteriores a la caída del muro de Berlín. Como agente de campo, su labor fue brillante, aunque ni de Putin ni de muchos otros se sabrá nunca nada. Lo cual es una lástima, porque muchas de las operaciones más brillantes del espionaje soviético dejarían corto al mismísimo James Bond. Hasta el punto de llegar a infiltrar en la alcoba de Oppenheimer, el padre de la bomba atómica norteamericana, a una de sus agentes.

La historia no tiene desperdicio. Hablar de Oppenheimer es hacerlo de uno de los físicos más geniales que ha habido jamás pero que, como buen genio que era, tenía un comportamiento bastante peculiar. Socialmente dejaba bastante que desear, y a su antipatía debía añadirse su filiación política de izquierdas, algo extremadamente impopular en Estados Unidos durante los años 40. Pero en lo suyo era brillante. De ahí que en 1941 las autoridades de su país le pusieran al frente del “proyecto Manhattan”, con el fin de desarrollar la primera bomba atómica -la tristemente célebre “Fat Boy”-. El equipo estaba formado por lo más granado de la ciencia de entonces, y su objetivo era lograr la bomba antes de que lo hiciera Alemania.

Algo así requería de una discreción máxima, aunque era un secreto a voces que alemanes, soviéticos y norteamericanos investigaban en el mismo campo. Con todo, fue Estados Unidos quien acabó llevándose el gato al agua con las bombas de Hiroshima y Nagasaki, quedando ante la historia como el ganador de la carrera nuclear. Pero poco imaginaban los americanos que los soviéticos estaban perfectamente informados de los progresos de Oppenheimer, y de primerísimo mano: a través de su mujer. Katherine Puening Harrison, que así se llamaba, era la viuda de Joe Ballet, un comisario político de las Brigadas Internacionales que murió en el frente del Ebro en 1937. Pero además, tenía estrechas relaciones con destacados miembros del partido comunista norteamericano. Gracias a ella, el KGB estuvo enterado en todo momento de cuanto hacía su marido, revelando así una valiosísima información que ha permanecido en secreto durante mucho tiempo. Fue a mediados de los 90 cuando Pavel Sudoplatov, un antiguo general del KGB, desveló cuál había sido su fuente durante los años de la carrera nuclear. Los americanos obtuvieron la gloria, y los rusos las claves de su tecnología; eso sí, por la puerta de atrás.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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