El paso cambiado de dos vecinos inconsolables I
jueves 06 de marzo de 2008, 22:08h
En una colaboración mía para EL IMPARCIAL (29 de febrero) comenté que los altibajos de las relaciones entre España y Marruecos son un fenómeno visible y permanente.
Así, durante la guerra del Rif (1924-1927) se quejaba el padre de Abdelkrim a las autoridades militares españolas en Alhucemas de la débil penetración en el norte de Marruecos que practicaban los responsables metropolitanos del Protectorado. Esto ocurría antes de que su hijo, el aguerrido Abdelkrim de manuales y monografías, se "tirara al monte" e hiciera difícil la reducción de tribus y población rifeña dispersa en aduares y villorrios.
Hubo luego un paréntesis de calma tensa, hasta que la proclamación de la república de abril de 1931 en la metrópoli hizo concebir horizontes de libertad y progreso para los notables de peso en la zona de protectorado español. Llegaron, a entregar, incluso, un pliego de visos reformistas a don Niceto Alcalá Zamora en junio de aquel año.
También algunos pocos jóvenes nacionalistas del eje Rabat-Fez-Tetuán se dejaron tentar por la posibilidad de neutralizar la capacidad de reclutamiento de tropa rifeña que poseyó el coronel Beigbeder a favor de Franco, mermando así, siempre en teoría, la retaguardia norteafricana de los insurrectos durante 1936-1937. Eso sí, a cambio de arrancar a la metrópoli la concesión de una amplia autonomía para la zona de protectorado español. No obstante los buenos oficios de García Oliver desde el comité antifascista del gobierno de Cataluña durante el otoño de 1936, Largo Caballero en Madrid no prestó oídos favorables a la misiva de los jóvenes nacionalistas marroquíes. Y es que Léon Blum y el gobierno frentepopulista de París no podían permitir a la república española un desliz político en colonias que sentara precedentes arriesgados para el protectorado sur de Marruecos -y el resto del Magreb- que controlaba Francia.
Hubo nuevas expectativas de libertad y progreso en Tetuán cuando Franco ganó la guerra; y hubo también nueva decepción de los Abdeljalek Torres y los Allal el-Fassi durante el zigzagueo tortuoso que describió el "idilio" hispano-marroquí hasta el destronamiento del rey Mohamed V en agosto de 1953.
Un rayo de luz volvió a proyectarse sobre el tablero de autos, en la esperanza (Franco y, sobre todo, García Valiño) de que el norte de Marruecos obtuviera una autonomía, precursora para los países árabes todavía dependientes. Ello, con vistas a obtener aplausos -y apoyos en la ONU- por parte de la Liga de Estados Árabes. Aquello, sin embargo, no funcionó. Franco fue fiel al legitimismo monárquico de Marruecos, encarnado en la dinastía alauí, y cuando el vecino del sur accedió a la independencia en los primeros meses de 1956, en Madrid se entendió que no era hora para lágrimas patrioteras ni rancios culpabilismos de índole noventayochista.
A partir de 1958-1961, Marruecos no esperó demasiado de la vecina España. El joven rey Hassan II apostó, sin titubeos, por París y por la francofonía en el Magreb; aunque la suerte definitiva no estaba echada todavía. Más altibajos conocerían aún las relaciones hispano-marroquíes a partir de aquellos años. Pongamos por lo pronto punto y aparte, pero les prometo que continuarán estos resúmenes, basados en mi breve libro de ensayos históricos que lleva por título Entre ambas orillas (Eds. de la UNED, 2008; col. Aula Abierta).
|
Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
|
|