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El Aberri Eguna del rencor

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 05 de abril de 2010, 21:55h
Un año más, los nacionalistas vascos han celebrado su Aberri Eguna, su “Día de la Patria Vasca”, pero, en esta ocasión la noticia ha sido no tanto la acostumbrada conmemoración sino el hecho de que, por primera vez desde que se inició el actual sistema político, lo han hecho en la oposición. La elección de esta fecha –el Domingo de Pascua o de Resurrección- para celebrar una fiesta “nacional” (aunque, más exactamente, habría que denominarla nacionalista) no deja de ser curiosa ya que, en contra de la obsesión por “lo propio” y “el hecho diferencial”, característica de todos los nacionalismos, la fecha elegida no es más que una copia, más bien burda, del nacionalismo irlandés, que en los años veinte del siglo pasado estaba muy de moda entre “los pueblos sin Estado”.

Aparte de las connotaciones religiosas propias del nacionalismo vasco, tras una etapa de peleas internas y escisiones a las que son tan dados los partidos de estas tendencias esencialistas, el PNV, en 1932, eligió como fiesta “patriótica”…el día en que los nacionalistas irlandeses radicales se rebelaron, el Domingo de Pascua de 1916, contra Gran Bretaña, empeñada entonces en cruenta guerra contra Alemania. Y es que la traición es un componente genético, que se da en todos los nacionalismos. Por supuesto, los peneuvistas justificaron esa tan poco original elección con toda una panoplia de argumentos ideológico-teológicos: Se aprovechaba la fiesta cristiana de la Resurrección de Cristo para referirse simbólicamente a la resurrección de la “patria vasca”, muerta o, al menos, adormilada durante un milenio (más o menos), bajo la bota de la opresión española. Y como les pasa a estos pueblos que, de pronto, se dan cuenta de que, supuestamente, estaban dormidos (?) sólo saben “despertarse” a base de violencia y odio. ETA fue el fruto necesario, como el IRA lo fue en Irlanda.

Es también curioso que, como ha señalado Jon Juaristi, el nacionalismo irlandés que fue acerbamente criticado y rechazado por el anglófilo Sabino Arana, se convirtió después de la rebelión de 1916 para los nacionalistas vascos no sólo en una referencia indispensable sino en una especia de piedra de contradicción pues mientras unos apoyaban la solución del Estado Libre dentro de la Commonwealth, propiciada por Collins, los otros se inclinaban por la independencia total que acabarían imponiendo los que, con de Varela (alabado, curiosamente, por una legión de despistados españoles por las connotaciones españolas de su apellido y porque era católico) aspiraban a la ruptura total con Londres. Por cierto, que en la reciente y espléndida biografía de Churchill de François Kersaudy se relatan algunas sabrosas anécdotas de las negociaciones entre Churchill, entonces ministro de Colonias, y el propio Collins, hasta altas horas de la madrugada y entre abundantes libaciones alcohólicas. Collins era, seguramente, el más inteligente y dotado de aquellos nacionalistas irlandeses.

Y, quizás por eso, sus “hermanos” terroristas del IRA le asesinaron sólo unos pocos meses después de que se lograra el acuerdo Churchill-Collins, dos hombres, se ha dicho, que llegaron a sentir una mutua fascinación. Convencido como estoy de que nada tienen que ver entre sí las situaciones de Irlanda y el País Vasco, debe, no obstante, señalarse que ni se ha visto ni se ve en el nacionalismo vasco una personalidad que pueda compararse con Collins. Tampoco, por supuesto, hay en Madrid nadie que se acomode al perfil de aquel Churchill de los años veinte, en quien nadie veía todavía lo que había de llegar a ser.

Tampoco ha sido una novedad el pobretón discurso de Urkullu, triste exhibición de todos los tópicos y las mentiras nacionalistas, sin el menor asomo de autocrítica, tan necesaria en un partido que parte del supuesto de que el País Vasco es su patrimonio exclusivo y que lo ha gobernado sin más miras que los intereses clientelares de su parroquia. ¡Cómo une el pesebre, administrado sin controles democráticos! Urkullu coloca al mismo nivel a lo que el llama “el pacto de la imposición”, el “pacto de hierro” entre PSOE y PP y a la banda terrorista ETA. ¿Para qué molestarse? Cuando se ha engañado durante décadas al pueblo, con notable éxito, ¿por qué dejar de hacerlo? Pero después de la equiparación, el líder nacionalista tiene la caradura de pedir la unidad de todos los nacionalistas, en un tono que implica la inclusión de la galaxia etarra, como ya ocurrió en el Pacto de Estella. Urkullu dice que se niega a que los “normalicen”, todo un elocuente lapsus, porque a lo que se niega es a asumir la democracia que, en definitiva, siempre es incompatible con el nacionalismo. Aunque, le guste o no, lo cierto es que el nacionalismo es una anomalía en este mundo globalizado.

Algunos limitan las críticas a los nacionalismos que etiquetan de “excluyentes” pero ¿es que hay alguno que no lo sea? Los grandes nacionalismos dejaron a la Europa del siglo XX destruida y chorreando de sangre. Los pequeños nacionalismos periféricos españoles (porque lo son aunque a ellos les produzca urticaria el gentilicio) no llegan a tanto, pero son el mismo tipo de barbarie intelectual, de tribalismo ciego que en ese salto mortal de la autonomía al soberanismo se romperán necesariamente la crisma. El resentido discurso de Urkullu no revela en absoluto que la pérdida del poder haya introducido en el discurso nacionalista un mínimo de sensatez, sino todo lo contrario. Repite la vieja cantinela y reitera su viejo objetivo: Una comunidad en la que sólo tendrían plena ciudadanía “los suyos•” eliminando a los demás por la muerte física, que administra ETA, o por la muerte civil, en cuyo manejo el PNV ha dado muestras de su excepcional maestría. Hay quien no aprende nunca, aunque lo peor es que, con ellos, llevan a mucha gente hasta el abismo.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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