Pilar Faunas
sábado 24 de abril de 2010, 20:31h
Pilar (Pilar Rodríguez Soto), como el París que tanto conocía, era una fiesta. Y eso que la vida no le permitió tocar las campanas a rebato en demasiadas ocasiones. Y, más que una fiesta, su paisana y amiga incondicional y en ocasiones condicional, Pitilia “Sacha”, era una constante romería. Dado que Pilar era “galerista” y Pitila “bistroquera”, no podemos referirnos a celos profesionales cuando discutían. O tal vez si dadlo que Pitila coleccionaba y hacía arte en su figón, uno de los mejores restaurantes europeos y su marido, Carlos, era un gran pintor. Y su hijo, Sacha, es genio de la fotografía. Lo que no le impide suceder a su madre en los fogones.
Si Pilar te invitaba en su domicilio, en un piso del bajo ocupado por su galería, tenías que ir preparado para disfrutar de las exquisiteces que preparaba en sus fogones. Entre los pucheros de Pitila, de Pilar y de Santa Teresa estaba, como decía la mística abulense, Dios.
Quien bien te quiera te dará de comer. Y las paisanas mias, me querían “a muerte” que hoy se dice.
Nunca les pregunté por sus discusiones. Quiero creer que ser vigués te obliga a “torcer” por el Celtiña y haber nacido en La Coruña te hace rival, por mor del “Deportivo”. Tal vez por eso discutieron. Las dos, como ambos clubes futbolísticos, eran mis amigas. Pilar Faunas – ese debe quedar en la Historia del Arte como su apellido, reunía en sus salas de exposiciones a los mejores pintores y escultores contemporáneos: Tino Grandio, el mayor genio español que hubiese sucedido en nombre a Dali, Miró y Picasso.. Pepe Fin y Javier Vilató, hermanos ambos y los sobrinos preveridos de Picasso, exponían en “Faunas”.
Y los exiliados Pepe Ortega y Pepe Díaz, dos cumbres españolas. Y Ozores. Y Alfonso Abelenda, y un etc. amplísimo que abarca a los mejores plásticos españoles. Sin olvidar al hijo escultor de Luis Buñuel.
Pilar cerró su galería; pero no se alejó de los asuntos del arte. Dos veces viuda, de dos hombres magníficos que la adoraban se alistó en el reposo de las guerreras y siguió trabajando. Ahora vivía en San Lorenzo de El Escorial.
Disfrutaba, con sus dos hijas y un hijo, y siempre de sus nietos, en una finca serrana de su propiedad. Una mañana me llamó, alarmadísima, porque estuvo, junto con uno de esos nietos, día y media sumergida en el agua de su piscina. Me contó una de esas historias valleinclanescas, de la que solamente ella que solamente podía protagonista.
Unos toros bravos se acercaron, saltaron las vallas del cerrado y se pusieron a abrevar en la piscina. Pilar no podía pedir auxilio y no se arriesgaba a escaparse de su improvisada dehesa.
Pilar me pedía que intercediese con el propietario de aquel hierro, que era Antonio Carabias, cronista taurino en “Radio Nacional”, ganadero por afición y uno de mis mejores amigos, a pesare de ser compañero.
Viven en sus amigos, como se dice siempre, Pitila y Pilar. Permítaseme emplear paráfrasis, Es decir, dar la vuelta al calcetín de los tópicos:.
¡Dios mío, que solos nos quedamos los vivos con todas estas muertes!