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Crisis, decepción y éxito

Álvaro Ballesteros
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cronicasdelmundogmailcom/16/16/22
jueves 20 de mayo de 2010, 21:08h
“El principal problema (en la Grecia de hoy) parece ser el espejismo en el que creen la mayoría de los socialistas griegos: que los gobiernos disponen de riquezas ilimitadas, y que lo único que hay que hacer es presionarlos con fuerza para que distribuyan dichas riquezas. En el mundo real, sin embargo, los gobiernos no tienen riquezas ilimitadas. Ni siquiera son ellos los que crean la riqueza. Solo los ciudadanos crean riqueza. Y si esos ciudadanos no lo hacen –por ser vagos, improductivos o poco creativos- pues no hay mucho que se pueda hacer. Por desgracia, la sociedad griega se acostumbró a ignorar esta premisa básica de la economía. El espíritu nacional allí se resume en “trabajemos lo mínimo posible, y disfrutemos de tantos beneficios gubernamentales como sea posible”. Este orden socialista se ha mantenido hasta hoy porque Grecia ha recibido generosos fondos de la UE. Pero siempre hay un final triste para ese tipo de “dolce vita”. En palabras de Margaret Thatcher: “el problema con el socialismo es que siempre llega un momento en que se te acaba el dinero de otros”.

Mustafa Akyol (“Grecia no se salvará con más socialismo”, publicado en Hurriyet Daily News, 14.05.2010)
A día de hoy parece increíble tener que explicar lo obvio: que la crisis económica requiere de políticas serias y valientes para saber aprovechar las oportunidades nuevas que se abren (en muchos campos) y para acometer las reformas estructurales de peso que permitan a nuestra economía (a la de todos y cada uno de nuestros vecinos) afrontar las dificultades actuales.

Ese trabajo de adaptación debió haberse hecho en su momento, desde el mismo 2007, pero nuestro gobierno (voluntariamente cegado por la ideología y liderado por alguien sin experiencia ni capacidades reales de gestión) eligió ignorar las reformas drásticas necesarias. Nuestros gobernantes eligieron no gobernar (no gestionar), y ahora (como ya tantos observadores han apuntado), el mismo Zapatero ha presentado una moción de censura contra su propia labor de (des)gobierno: recortes sociales a mansalva, pero sin afrontar aun las reformas estructurales tan necesarias. Los sindicatos ya han respondido convocando una huelga general de funcionarios para el 2 de junio: otra nueva auto-moción de censura en la surrealista política hispana, ya que UGT y CC.OO. son alicuotamente tan culpables de la irresponsable actuación del gobierno Zapatero como nuestro propio Primer Ministro y todo su trasnochado partido socialista.

Al otro lado del Mediterráneo, la crisis ha dado lugar llamativamente a una consecuencia positiva (al menos): los recortes presupuestarios necesarios han impuesto una drástica reducción del gasto militar derivado de la hostilidad estructural entre Atenas y Ankara. Una cabezonería política que finalmente griegos y turcos han decidido corregir, decidiendo hace unos días los Primeros Ministros Papandreou y Erdogan acabar con las tensiones oficiales en el Egeo para así poder reorientar el tradicional gasto masivo que ambas repúblicas llevan afrontando desde hace décadas para enfrentarse entre sí, a pesar de ser aliados en la OTAN y en la órbita de la UE (Turquía es desde 1999 candidata al ingreso en el bloque europeo y las negociaciones de adhesión se iniciaron en 2005). Grecia y Turquía han decidido pues tomar una medida valiente y de futuro para reducir tensiones y potenciar sus propias economías, salvaguardando recursos que de otro modo habrían sido usados para reforzar la anticuada rivalidad entre los dos.

Esta nueva distensión en el Mediterráneo Oriental puede incluso propiciar a medio plazo una mejora profunda de las relaciones en Chipre entre las comunidades enfrentadas (griegos en el sur, turcos en el norte), abriendo la puerta a la solución de otro de los contenciosos más incómodos en el seno de la UE. Una Unión Europea que ha fracasado estrepitosamente desde hace décadas en el intentar siquiera mediar entre las partes y solucionar un conflicto esencialmente europeo. No debemos olvidar que hace muchos años que multitud de voces en el mundo (a la luz de la incompetencia europea para solucionar las crisis en los Balcanes y en Chipre) han restado toda credibilidad a las gestiones de la UE como pacificador de conflictos en otros puntos del globo. Si algo han demostrado las últimas décadas de “gestión” europea de crisis es que las causas profundas de los conflictos humanos no se solucionan cubriéndolas momentáneamente con toneladas de euros. El dinero desaparece pronto, la corrupción se multiplica, y los conflictos siguen latentes con su propia dinámica de inestabilidad regional: ya sea por ejemplo en Cuba, en Kosovo, en Chipre, en Sri Lanka o en Somalia.

Pero volviendo la mirada por un momento al Mediterráneo Oriental, la crisis económica actual debería hacernos ver ciertas cosas que la ideologización de nuestros políticos profesionales (contagiada enfermizamente a nuestras sociedades) intenta impedirnos ver, precisamente para proteger a nuestros propios políticos de la realidad. Una realidad que muestra que mientras los continuos gobiernos de las familias Papandreu, Bakoyannis, y Karamanlis han mantenido a Grecia durante lustros sumida en ese socialismo despilfarrador suicida, líderes históricos en Turquía como Turgut Ozal en los 80 supieron posicionar a su país en una senda de liberalismo económico que ha llevado a la Turquía de 2010 a estar entre las veinte economías más sólidas del planeta, muy por delante de la mayoría de miembros de una pomposa y arrogante UE que pretende dar lecciones a Ankara.

En palabras del propio analista Mustafa Akyol, “(Turgut) Ozal abandonó en los años 80 las décadas de políticas corruptas de proteccionismo, “estatalismo”, y “economía planificada”, para poner al país en el valiente nuevo mundo del mercado libre. Pronto surgió toda una nueva clase de emprendedores, cuyo dinamismo y creatividad han hecho que la Turquía de hoy sea la decimoséptima economía más importante del mundo”.

Esta es una realidad indiscutible que llama a las puertas de la UE para despertar a muchos del indigesto sueño que muchos gobiernos europeos (como el de Zapatero) han querido durante tanto tiempo perpetuar. Queda pues más que claro que si bien “más socialismo” no salvará a Grecia, “más socialismo” tampoco podrá salvar a España ni a la UE desnortada de hoy. Un mensaje tan rotundo y obvio como difícil de asimilar al parecer para millones de españoles, todos esos que votaron PSOE en 2008 y que nos sentenciaron a una muerte lenta bajo la batuta del peor Primer Ministro de la democracia en España.

Queda aun la esperanza y por desgracia también la duda de si aun abrazando los designios de un liberalismo moderno (con ciertos rasgos de proteccionismo social al estilo europeo) podremos ya levantar cabeza y salir de esta crisis, que es mucho más que económica. Así como las consecuencias de los 8 años de gobierno de George Bush en EE.UU. han tenido un impacto gravísimo a nivel mundial, las consecuencias de los ya casi 7 años de gobierno de Zapatero han tenido igualmente un impacto gravísimo en una España que ronda las puertas de la UVI desde hace ya unos años y que no podrá mejorar su situación sin afrontar una reforma politica que ponga finalmente a los partidos políticos bajo control del sistema, y no al revés.

Decía la insufrible María Antonia Iglesias hace unos días en un tele-debate de los que tanto se estilan en nuestro intelectualmente empobrecido país, que “España es una democracia de partidos, por lo que atacar a los partidos equivale a atacar a la democracia, lo que equivale al fascismo”. Esto no es más que un ejemplo del absoluto disparate reinante en una España sometida férreamente a las dictaduras partidistas de turno, que controlan las administraciones públicas, la justicia y los medios de comunicación, subvirtiendo por completo la democracia; algo que ningún partido político a día de hoy pretende realmente cambiar. A los hechos me remito.

El denostado Albert Rivera recordaba recientemente en su artículo “Crisis de nuevos ricos” (publicado en El Imparcial), que “los partidos que han gobernado en estos 30 años a nivel nacional, autonómico o local hasta la fecha han vivido de las vacas gordas, de la bonanza económica, de los fondos europeos, como auténticos nuevos ricos. Pero la fiesta se ha acabado y ahora o reformamos y renovamos nuestro sistema político, nuestras instituciones y nuestras administraciones o seremos de por vida un país endeudado por vivir por encima de nuestras posibilidades”. Un análisis que nos retrotrae a la situación de Grecia, simplemente porque nuestros políticos se han comportado de modo muy similar.

Es obvio que el valor de una Nación se demuestra en la manera en que esta afronta la realidad y los retos coyunturales, para superar sus debilidades y potenciar sus posibilidades de futuro. Los españoles, que conseguimos sacudirnos en los 80-90 (parece que por desgracia solo momentáneamente) los clichés y los traumas históricos de nuestro pasado, hemos de demostrar al mundo de nuevo que somos capaces de hacer los deberes, levantar cabeza y recuperar nuestro lugar en el concierto internacional. Ese lugar que hemos perdido por la falta de hambre de futuro de tantos en relación con el proyecto llamado España; un proyecto de convivencia, responsabilidad y esfuerzo compartido que muchos parecen querer malograr, entre la pandereta y los prejuicios, entre los estereotipos y la falta de confianza en sí mismos. Entre la incompetencia palmaria y el egoísmo localista. Una pena que tanto esfuerzo y trabajo se dedique siempre a frustrar ese proyecto común, entre declaraciones “de juzgado de guardia” de nuestros incompetentes políticos profesionales y la apatía popular que deja siempre manos libres precisamente a aquellos que buscan torpedear nuestro futuro.

Sea como sea, también quedan aun muchísimos españoles que quieren trabajar unidos para salvar ese proyecto común llamado España, que nos une y nos aporta un hogar en este siglo XXI que se anuncia como una nueva era de competencia salvaje entre países. Un siglo XXI en el que no estamos a día de hoy nada bien posicionados para proteger nuestros intereses, por mucho que el gobierno Zapatero anuncie ahora un giro de politica tardío y errático. No puedo más que darle la razón a Pilar Rahola cuando señala en su artículo “Zapatero en el laberinto” (publicado en La Vanguardia) que “si de simbolismo también vive la política, la ausencia de un recorte de ministerios, o de una reducción drástica de altos cargos –puestos a dedo partidista– o de una explícita voluntad de acabar con los miles de millones de gastos superfluos –desde viajecitos en pandilla parlamentaria, hasta estudios sobre el orgasmo femenino–, no ayudan a la tranquilidad. Tocar a pensionistas y a funcionarios, que son la anilla más débil, y no atajar el gran fraude fiscal o la alegría con que se gasta el dinero público en este país, es harto insultante para la ciudadanía. Sobre todo porque la política no sólo es gestión, es, también, coherencia, ejemplaridad y pedagogía. Y de todo ello anda muy escasa la gestión del presidente”.

El famoso líder abolicionista americano del siglo XIX Henry Ward Beecher dejó escrito que “los mayores éxitos del ser humano llegan siempre después de sus mayores decepciones”. Y quién sabe, si los españoles estamos tan profundamente decepcionados con todos aquellos que llevan ya más de tres décadas como políticos profesionales llevándonos al desastre, tal vez pronto (si entre todos ponemos un poquito de orden en nuestro maltratado sistema político e institucional) podamos saborear nuestros mejores éxitos, esos que hacen que brillemos como Nación con la intensidad de los mejores momentos.

Álvaro Ballesteros

Experto en Seguridad Internacional y Política Exterior

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