Ante la crisis ¿Qué hemos aprendido?
martes 25 de mayo de 2010, 20:23h
Es bueno en la vida jerarquizar, deslindar lo importante de lo superficial. Es terrible invertir en lo superfluo -recrearse en actitudes que nada aportan- y olvidar lo esencial -es momento de actuar y no equivocarse-. Creo que en este tiempo de crisis que sufrimos en España, debemos extraer algunos principios de actuación que nos ayuden a progresar entre tanta incompetencia, desorientación y mala intención. De entrada, hay que situar al pasado en su sitio, esto es, sacar las consecuencias pertinentes, tener claras las responsabilidades y comenzar a mirar hacia delante. No tengo dudas que, por el momento, el Gobierno de Zapatero pasará a la historia reciente de España como el peor de la democracia (quizás también el más personalista, con los enormes peligros que esto tiene para el PSOE y para España), no es una opinión, es un hecho que se puede constatar viendo el inicio y el final de cada mandato; aplíquese a los anteriores Presidentes y verán que todos tienen un saldo positivo, con todos ellos España progreso globalmente hablando, salvo con Zapatero, donde el retroceso democrático -hay varios informes al respecto-, económico e internacional de España es poco discutible. Acompañado -cómo no señalarlo- por una también lamentable oposición política. Ante ello ¿qué podemos hacer?
Como dice el sabio refranero castellano “agua pasada no mueve molino”, no comparto para nada la actitud muy española de recrearse en lo negativo, de la descripción sin actuar o aportar tratamientos, de la eterna queja ineficaz. La grandeza del ser humano radica en su infinita capacidad por renovarse, por cambiar, por aprender, es una de las cualidades más distintivas del ser humano, donde se plasma -o no- nuestra inteligencia. Estimo que España tiene que haber aprendido a no vivir por encima de sus posibilidades, a saber aprovechar los momentos de bonanza, a invertir en el rigor, en el esfuerzo, en la prudencia. Hemos sido muy insensatos con nuestra política migratoria, urbanística, educativa y autonómica, por señalar sólo algunos de los temas jerárquicamente más importantes. Y la crisis al final ha dejado al descubierto estas políticas muy mal realizadas.
Después de tres décadas de democracia también tenemos que concluir que nuestros partidos políticos tradicionales han tocado fondo, véase sino su falta de preparación para afrontar los acontecimientos, su falta de capacidad para adoptar los necesarios acuerdos, la lejanía total que tienen con la ciudadanía -que es recíproca según muestran las encuestas del CIS-, el desaliento y desanimo que producen los numerosos casos de corrupción, el mal trato que han dado a las principales instituciones del Estado como el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo, el Consejo General del Poder Judicial o el Defensor del Pueblo y su terrible capacidad para no seleccionar a personas competentes -que las hay- para los puestos de máxima responsabilidad. Qué decir de la vergonzante politización de las cajas de ahorro, que controlan más del 50% del sector financiero de España. Al final, si no logramos una profunda transformación de nuestra clase política, poco o nada se puede hacer, pues el problema está en la raíz. Nadie da lo que no tiene, por ello la regeneración democrática es inaplazable, y somos ya muchos los que trabajamos por una nueva opción política: UPyD.
Creo que ha llegado el momento de reconstruir con sensatez y perseverancia. De comenzar, es indiscutible, por la educación. Dejemos el debate ideológico (izquierda-derecha) para el milenio que viene -o mejor tírenlo a la basura- y centrémonos en la educación de nuestra juventud en el esfuerzo, el gusto por el trabajo bien hecho, la humildad y la capacidad de aprender. Apoyemos a la institución de la familia, es clave. Educación y apoyo a la familia son dos institutos inseparables. Vean sino a los principales países del planeta. No fallan en estas dos materias… luego mirémonos a nosotros. Hay que comenzar a realizar una gestión eficaz del Estado, tras la educación viene el Estado autonómico, ambos también están conectados. El derroche, la duplicidad, la descoordinación y la irresponsabilidad en el gasto público tienen que desaparecer, y rehacer un Estado autonómico sostenible, eficaz y eficiente, enfocado en el interés general y no en el particularismo territorial, capitaneado éste por un muy perjudicial nacionalismo, acompañado de la irresponsabilidad y enanismo político de los dos principales partidos nacionales.
Espero que de la crisis hayamos aprendido estas sendas mal recorridas y sepamos enderezarlas a tiempo, parece lo más inteligente. De lo contrario, no veo que la situación vaya a mejorar, y todos perderemos.
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Catedrático de Derecho de la URJC
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