Nadal for president
María Cano
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mariacanoelimparciales/10/5/10/22
domingo 06 de junio de 2010, 19:57h
Qué imagen. Después de un partido memorable, después de semejante derroche de ganas, determinación y sacrificio frente a un Soderling impotente, después de tantas victorias Nadal ha conmovido al mundo entero al romper a llorar tras ganar el partido que le convierte en ganador de su quinto Roland Garros y que le permite recuperar el número uno.
Nos ha ofrecido un espectáculo emocionante, devolviendo todo lo que el sueco le enviaba, deslizándose por la cancha como un puma y asestando golpes certeros a su contrincante. Sobre su buen hacer, desde el punto de vista deportivo, se escribirán en las próximas horas ríos de tinta pero estoy segura de que más de uno se ha quedado, como yo, petrificado frente al televisor cuando el partido ha terminado.
Porque pese a saberse casi invencible en tierra batida, el mallorquín nos ha dado una lección difícil de olvidar. Entre tanto astro endiosado y poderoso sin escrúpulos, se nos ha mostrado humilde y emotivo. Ese ha sido su mejor regalo. Nos ha hecho recordar entre tanta podredumbre y falta de escrúpulos que el ser humano, además de todas las barbaridades de las que es capaz (que lo es y sobradas muestras ha dado ya de ello), también puede ser noble, entregado y, a pesar de los triunfos y la gloria, sencillo. Como Rafa.
Ni el éxito, ni el dinero, ni la fama han conseguido alterar la integridad de este ídolo de masas al que hemos visto subir a los altares del tenis siendo aún muy joven. Una excepción de esas que confirman que cualquiera en su lugar tendría en el corazón, a estas alturas, algún poso de arrogancia y desdén, cuando no una tonelada. Pero sus lágrimas en esta tarde de domingo las ha derramado como si fuera su primera victoria, sabedor de lo efímero del éxito y de lo que cuesta alcanzarlo. Un bicho raro, para muchos. Un ejemplo a seguir, para casi todos.
Con el rostro hundido en su toalla, las lágrimas de Nadal son, al igual que sus triunfos y su espíritu de superación, un orgullo para los españoles y me atrevería a decir que para la raza humana, en general. Como dice el maestro Anson, Nadal es el español más influyente en el mundo. Ojalá el tenis, como escaparate, haya llevado a cada rincón del planeta desde donde los seguidores de este deporte hayan disfrutado de esta final la lección de humildad que este joven mallorquín nos ha dado a todos hoy y que tanta falta le hace a más de uno. Sobretodo para nuestros políticos.
Apoltronados en sus butacas, en muchos casos se niegan a soltarlas más por comodidad y por el lujo de disponer de coche oficial, mesa en los mejores restaurantes y casas repartidas por toda nuestra geografía que por afán de superación o por el noble objetivo de hacer de este país un lugar mejor. ¿Humildad? ¿Capacidad de sacrificio? ¿Entrega? Y de nobleza ni hablamos… Echo de menos en nuestra clase política a un Nadal. Hasta que se presente, si se presenta, seguiremos agradeciendo el privilegio de disfrutar de seres humanos como Rafa que, además, es el mejor tenista del mundo.
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Subdirectora de EL IMPARCIAL
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