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¡Bienvenidos al mundo phishing!

viernes 16 de julio de 2010, 19:46h
Tal y como padecemos hoy, pero el refrán español es muy anterior a esta crisis, la relación entre bolsa /vida es excluyente, por eso la fórmula que usamos para nombrarla en la experiencia común pasa por la disyuntiva “o”.

En la interminable lista de los procedimientos delictivos relacionados con la propiedad, el ingenio de una parte y la ingenuidad de otra han colaborado para consumar la farsa. En épocas de vacas flacas, las ofertas tentadoras que publicitan premios millonarios, recompensas desproporcionadas o simplemente dinero fácil por parte de toda clase de prestamistas, ponen en quiebra nuestro orden de prioridades, desafían momentáneamente el sentido común con las consabidas consecuencias. Las posibilidades de que esto suceda en el mundo de la realidad física siguen disminuyendo en favor de las opciones más fluidas y rápidas de la realidad virtual. Hasta anteayer, lo ventajoso del trato presencial conectaba con los sentidos, no sólo con la vista, sino con el olfato y el tacto; pero también los ademanes y el modo de entrarte el timador podían dar muchas pistas… Claro que, salvo en ciertas fantasías sexuales, a los hampones no les daba por hacerse pasar por estrellas del celuloide, de las finanzas y/o de la política. Ahora sí, esta sociedad mundial a la que pertenecemos parece estar protagonizada por los replicantes (Blade Runner, 1982, escenificada en Los Ángeles 2019), si bien la cuestión sigue siendo el límite de lo real; en definitiva ¿a qué llamamos réplica y de qué naturaleza es el modelo?

Soy consciente de que el planteamiento resulta inquietante, alejado del ambiente relajado de chiringuitos y pescaítos, de esa calma chicha que augura el parón de las vacaciones: el cerebro como muñón que duele por su ausencia. Pero como dice la publicidad inteligente: ¡queremos desconectar y nos da por conectarnos…! Pues por si acaso.

Quizás no todos, aunque sean usuarios de la RED, han tenido necesariamente una experiencia phishing. Ya les aviso que este cibertérmino no significa precisamente ir de pesca sino más bien que seremos nosotros lo/los pescado/os. A río revuelto, ya se sabe.

Siguiendo las definiciones de la Wiki, que es como el DRAE de lo virtual, el término “phishing se refiere a un tipo de estafa consistente en intentar adquirir de modo fraudulento información confidencial: una contraseña o detalles sobre tarjetas de crédito u otra información bancaria. El estafador o phisher se hace pasar por una persona o empresa de confianza en una aparente comunicación oficial: un correo electrónico, o algún sistema de mensajería instantánea, incluso vía telefónica. Esta tipo de delitos cometidos a través de diversos medios de simulación convierte a los navegantes en el eslabón más débil del renovado patio de monipodio que ahora se escenifica al otro lado de Matrix.

Lo que quiero destacar de tan diseñada estafa es precisamente el modo en que nos engañan las apariencias, ese revestimiento de oficialidad, de plasticidad, que tiene la carta de presentación del phisher. ¡Cualquiera diría que lo que tenemos ante nosotros no es verdaderamente la página electrónica de nuestro concesionario o de la empresa de telefonía de turno, que nos proponen nuevas adquisiciones o contratos, o también del candidato a las elecciones con más posibilidades!

Mi experiencia se relacionó con un duplicado falso de la página web del BBVA, banca electrónica. Como cada mes, en la última semana, me decidía a realizar una transferencia para cubrir una hipoteca, pero en aquella ocasión me pedían demasiados datos de mi tarjeta de coordenadas y esa circunstancia me alertó. Podría decirse que por una vez mi impaciencia fue buena consejera, pues realizadas ciertas comprobaciones a través de un número de atención al cliente pude cancelar la operación, evitando ser estafada o mejor dicho, que pescaran en mi cuenta corriente.

Esta práctica fraudulenta de la que hablan los expertos en ingeniería social (un eufemismo interesante) nos abre los ojos sobre las paradójicas interacciones que entablamos con ese Nuevo Mundo que nos ha colonizado - la bolsa y la vida - liberándonos de lo físico.

Kevin Mitnick establece cuatro principios sobre los que se asienta la ingeniería social:

1. Todos queremos ayudar.
2. El primer movimiento es siempre de confianza hacia el otro.
3. No nos gusta decir No.
4. A todos nos gusta que nos alaben.

¿Debemos pues defendernos de nosotros mismos, de nuestros impulsos más altruistas, para no fortalecer nuestro flanco más débil, el de la cooperación, y evitar así ser defraudados? En mi opinión se trata más bien de una cuestión de autoestima, es esa necesidad de alabanza la que nos fragiliza hasta tal extremo que lo damos todo a cambio de humo, porque humo es el pantallazo que crea cualquier phisher.

Y viceversa, todo lo que le negamos al que toma contacto físico con nosotros, se lo concedemos al desconocido que “spamódicamente” nos asalta con promesas baratas a cambio de obtener todo lo que nos da identidad: nombre, dirección, profesión, edad y sexo, intereses, aficiones y sueños.... y un número de tarjeta de crédito. De tal modo que, contrariamente a toda lógica, nos enfrentamos al Estado porque no protege nuestros datos privados, pero decidimos confiar nuestros más íntimos deseos a un cracker a cambio de promesas incumplidas.

Quizás convenga que reflexionemos acerca de lo real y de lo virtual y una vez definidos los dos terrenos de juego, comenzar a actuar decididamente en uno de ellos como ingenieros; abandonar la gimnasia pasiva y emplearnos en revertir las relaciones con el mundo, demasiado líquidas en Internet, petrificadas en el ágora de la vecindad.

Fabiola Maqueda

Periodista

Licenciada por la Complutense en Periodismo y profesora de Lengua y Literatura

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