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Belgrado renace de sus cenizas

domingo 18 de julio de 2010, 16:08h
El avión sobrevuela una tierra llana, con campos de labor ordenados como un ajedrez y que componen todo un inesperado mosaico cromático. Desde el aíre sorprende la visión colorista de la amplia llanura panónica. No hay un atisbo de montañas minutos antes de aterrizar en el aeropuerto Nikola Tesla de Belgrado, que se levanta en la inmensa planicie centroeuropea, alejada de macizo montañoso de los Balcanas. La ciudad blanca, nombre en serbio, se asienta al sur de la Vojdovina, al oeste del Bánato, es decir allí donde Mitte Europa deja paso al sur y al este continentales.

Belgrado es un lugar estratégico, un importante nudo de comunicaciones entre oriente y occidente que baña el majestuoso Danubio. Una de las ciudades más antiguas de Europa, un asentamiento humano que empezó hace 7.000 años y que han dominado distintas civilizaciones: celtas, romanos, hunos, ostrogodos, bizantinos, eslavos, búlgaros, magiares, serbios, otomanos y austriacos. Belgrado ha sido un escenario convulso de enfrentamientos entre imperios políticos y potencias económicas. Desde la antigüedad, dominar la colina que sobrevuela la confluencia de los ríos Sava y Danubio era poner un píe en Centro Europa.

En la periferia de importantes imperios, Belgrado se convirtió durante siglos en el centro de todas las ambiciones. No era una pieza codiciada por sí misma sino por su excepcional situación estratégica. Una Belgrado sometida equivalía a media Europa conquistada. De hecho, durante años, Belgrado representó un obstáculo en el ambicioso proyecto del Imperio Otomano de conquistar Europa. El primer intento tuvo lugar en 1456. Un primer embate sin éxito para los turcos. Sin embargo, años después, liderados por Suleimán el Magnífico, los otomanos lograron conquistar Belgrado en agosto de 1521. Tras saquear y quemar la ciudad, el camino quedó expedito para avanzar hacia Occidente. La caída de Belgrado fue clave para alcanzar Austria a través del Danubio y plantar el histórico sitio a Viena en 1529.

Hasta principios del siglo XIX permanecieron los osmaelies en Belgrado, cuando Serbia se convirtió en un principado independiente vinculado a la Corona Austro-Húngara. En 1918, coincidiendo con la caída del Imperio Vienés y el consiguiente cambio de fronteras que provocó la Gran Guerra, Serbia alcanza la independencia al establecerse la República de Yugoeslavia. Una república de vida efímera -apenas duró 70 año- y finiquitada de forma sangrienta tras la muerte del general Tito y la caída del muro de Berlín.

La belicosa historia de la capital serbia queda patente en la kalemegdan, una colina fortificada que supervisa la unión del Sava y el Danubio, que transcurren pausadamente bajo las viejas piedras militares. Sobre la ciudadela ha girado la vida de la ciudad, un amplio complejo compuesto por edificaciones datadas en distintos épocas: puertas medievales, iglesias ortodoxas, tumbas musulmanas, baños turcos, torres militares, rodeado por un gran parque, verdadero pulmón de la ciudad a la que se une a través de la peatonal calle Knez Mihailova que desemboca en la Stari Grad, la ciudad vieja, y en la plaza de la República, el centro ciudadano y en cuyos alrededores se encuentran los monumentos más representativos: parlamento, correos, teatros, museos, oficinas gubernamentales, hoteles, etc.

Belgrado es una gran ciudad por extensión y por conservar cierta magnificencia. Una ciudad amplia, despejada, atractiva, marcada por sus dos ríos y por su turbulenta historia. Ha sufrido la destrucción y la reconstrucción más de 40 veces durante su larga existencia por lo que queda poco de su pasado. No conserva grandes monumentos anteriores al siglo XIX, pero sí la impronta arquitectónica romántica, marcadamente austriaca, plasmada en edificios construidos en el neoclasicismo vienés y centroeuropeo y mezclada con otras influencias arquitectónicas tan de moda a partir de 1880: el Neobizantinismo de las iglesias ortodoxas, de San Marco y Santa Sava, la Secesión vienesa, el Art Nouveau representado en todo su esplendor por el hotel Moscú. Más allá del centro histórico se extienden las sombras de los barrios construidos bajo la influencia soviética: grandes avenidas donde se pierden la impersonal, tediosa y grandilocuente arquitectura del llamado realismo socialista.

Tras las guerras de los Balcanes, tras la desmembración de la antigua Yugoeslavia, Belgrado renace de sus cenizas. Hay una fiebre constructora por doquier. Un intento de adoptar una arquitectura moderna como la que se hace en otros países europeos. Algunos edificios son sobresalientes, interesantes, otros están semidestruidos, o todavía se percibe el horror, la mutilación, los vestigios del último conflicto que vivió Serbia en 1999 cuando la OTAN bombardeó la capital para presionar por el conflicto de Kosovo.

Pero no sólo Belgrado renace, como el Ave Fénix, de sus cenizas arquitectónicas o monumentales. Las calles, las plazas, están llenas de gentes que pasean, que disfrutan del ocio en una atmósfera relajada, que saborean un café en los hermosos locales que crecen en cada esquina, o se sientan en una terraza a disfrutar de una opípara comida. En Belgrado hay un buen nivel gastronómico y una extraordinaria vida nocturna. Belgrado vibra por las noches. Impresionan los espectaculares locales de diseño, que se llenan de mujeres guapas y altísimas, vestidas a la última, y de chicos que podrían desfilar en las pasarelas de Milán. La noche de Belgrado es una experiencia única, mágica, seductora, efervescente. Los conflictos, las turbulencias son cosa del pasado. La capital de Serbia se está convirtiendo en una de las ciudades más marchosas y noctámbulas de Europa. La noche empieza con una cerveza en un local de moda, sigue con una rica cena con música de fondo y termina en las discotecas que crecen como hongos en las barcazas que pueblan las orillas del río Sava. Todo un descubrimiento.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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