En defensa de las Españas
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 06 de agosto de 2010, 21:27h
Decía Eugenio D´Ors que Francia es un Estado que se llama París, e incluso algunos glosadores de las Glosas de D´Ors subrayaban el hecho añadiendo que ni siquiera todo París, sino ocho manzanas de París. Es evidente que el Estado de España nunca ha sido sólo Madrid, ni mucho menos ochos manzanas de Madrid. Por el contrario, España y la arquitectura de su Estado han respondido en los mejores momentos de su larga historia con una expresión jurídica-fundante que ha sabido conjugar la indisoluble unidad del todo con el sólido carácter de sus partes, antiguos reinos, condados, marcas y hasta algún ducado. La España de los Austrias y ésta de la Constitución de 1978 ha sido en general – se puede decir – la regla, en tanto que los borbones (esto es, Francia ) y el franquismo la excepción – aunque pudiéramos conceder que bienintencionada -.
Lo cual no quiere decir que España tenga la pluralidad nacional de la cuenca danubiana, en donde el elemento castellano fuese parangonable a la acción vertebradora de la civilización germánica. No, en absoluto. Quinientos años de vida en el mismo ámbito político, antes una provincia romana con personalidad propia, tal como se nos aparece en el precioso elogio a Hispania de San Isidoro de Sevilla, quinientos años de comunicación e interdependencia en los ámbitos doméstico, cultural, económico, religioso-mariano, folclórico, étnico, lingüístico, esto es, en todos los ámbitos, han forjado una unidad natural insoslayable (no una “Castellanostche Einheit”) que sólo la ficción artificiosa de una casta política tan ambiciosa como iletrada puede cuestionar. España no necesita para nada el modelo de la confederación danubiana del conde Károlyi.
Por otro lado, el juego caprichoso y rebelde del eros, el gran destructor de cualquier estructura nacionalista cerrada, el gran disgregador y mezclador de todas las Españas, ha conseguido que hoy en cada familia española estén latiendo todas las Españas en su larga lista de apellidos de diversas regiones, y que no exista ya, gratia Dei, la pureza regional étnica. Porque, en efecto, el intelectualmente famélico Montilla, ¿qué tipo de catalán meteco sería? ¿A qué tipo de categoría de meteco respondería su ágil fisonomía mental? ¿Es un jíbaro? ¿Un albarazado? ¿Un cambujo? ¿O quizás un zambaigo del antiguo califato cordobés del vasco Abderramán III? Algún tipo de nomenclatorio clasificador deberían organizar los duchos metecos Rovira y Montilla para defender las esencias de la catalanidad y el catalanismo rampante.
Pero como en ellos mismos no pueden hallar las raíces más fundamentales de esa catalanidad y su catalanismo rampante, elaboran en sus laboratorios mefistofélicos de lo políticamente correcto prohibiciones y prohibiciones que resultarán el triunfo absoluto de lo innatural y la derrota o la desaparición de la catalanidad y españolidad verdaderas, falsificadas por nuevos mandamientos laicos, por la producción artificial y caprichosa de normas conventuales. Como los nuevos catalanistas más rampantes no son catalanes definen la catalanidad negativamente; no en ser, sino en no ser, no en poder hacer, sino en no poder hacer. Porque de lo que se trata, al fin y al cabo, es en transformar a Cataluña en un falansterio o monasterio con vida más espartana y ascética que la de Montserrat. Debería Montilla buscar inspiración en los primeros números de la revista “Falange”, de Fourier. Claro, que por si acaso su vasta cultura política entendiera otra cosa, es mejor que se inspire en algún colegio de ursulinas o jesuitinas, que es en lo que – en el mejor de los casos – puede convertir a Cataluña.
Pero no, no estaría nada mal que Cataluña se convirtiese en un espacio propicio para hacer ejercicios espirituales, retiros, vida santa y otras purezas sanas. Pues que se debería aprovechar la dictadura de lo políticamente correcto y su infinita gama de prohibiciones morales para fomentar este tipo de turismo ignaciano-tibetano alternativo.
“Peregrino pecador, venga a Cataluña, la gran reserva espiritual de Occidente”.
Es así como los nacionalistas y una gran parte del socialismo catalán meteco han terminado por subir a Cataluña en el carro carnavalesco de lo inauténtico.
Paradoja españolísima o retruécano catalán: se inicia una dictadura de la virtud en Cataluña gestionada por el virtuoso gobierno del 3%.
Invocar el amor nacionalista en contra de los derechos civiles constituye la profanación del amor, que se usa como instrumento para negar a otros hombres la libertad e incluso el amor. ¿Por qué no se quedaría el feliz ingenio de Montilla en Andalucía, haciéndola grande? Domi manere convenit felicibus. Por otro lado, Zapatero, por muy buen talante que tenga, que lo cortés no está reñido con la firmeza, en su calidad de presidente del Gobierno de España, no puede permitir que la Nación se desmenuce en un archipiélago de autonomías con privilegios y prohibiciones exclusivistas. Pero Zapatero, inmovilizado como el burro de Buridán entre la ética de la convicción ( fidelidad a sus principios políticos sectarios ) y la ética de la responsabilidad ( fidelidad a la propia tarea inmediata ), no descarga todavía en este asunto el puñetazo en la mesa con la contundente expresión de “hasta aquí hemos llegado”. Menos mal que en el tema económico, empujado por Obama, Merkel y Sarcozy, ha tomado la dirección que le exige la ética de la responsabilidad, que es la ética que debe triunfar en todo buen gobernante. Es la ética que hizo que la ejecutoria de Felipe González fuera más liberal que la que él hubiera querido, o que la acción gubernamental de Aznar fuera más de izquierdas que la que éste hubiera querido. Pero ya todo el mundo sabe que Zapatero no es ni ha sido nunca un buen gobernante. Su inteligencia política no transciende los estrechos y gruesos muros del partido. Dicho lo cual aprovechamos esta página para felicitarle por su 50º cumpleaños, edad en la que uno suele hacer balance de lo que ha hecho y, si goza de cierta sabia humildad, tener perspectiva sobre lo que no debe volver a hacer. Nunca es tarde para mejorar, Presidente.
Mientras, Cataluña se ha convertido – para desgracia de los catalanes – en el sueño más sublime del “homo politicus”, en donde la irrupción brutal de ideologías políticas totalitarias ha arrasado la esfera privada, la existencia misma de individuo particular, fagocitado por el todopoderoso Estado Catalán, en donde el “timor Domini” ha dejado de ser el “initium sapientiae”. El bien y el mal, lo bello y lo feo, lo acertado y lo erróneo, ya no dependen de la conciencia individual de cada catalán, del gusto propio de cada catalán, de la capacidad intelectual, estética o ética de cada catalán, sino del ínclito, omnisciente y omnímodo Tripartito, la nueva Trinidad coaequalis y coaeterna.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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