Fracaso de la Universidad Española
jueves 19 de agosto de 2010, 08:26h
Según el Ranking Académico de Universidades del Mundo 2010 -ARWU-, Harvard ostenta el liderazgo. Tras ella, otras tantas con la solera de Cambridge, Oxford o Yale. Pero entre las doscientas primeras, ninguna española. Semejante dato retrata a la perfección el deprimente panorama universitario español que, sin embargo, contrasta vivamente con la calidad de los MBA impartidos en España, cuyo prestigio traspasa fronteras, al punto que un par de ellas están consideradas entre la diez primeras del mundo. La comparación viene al caso porque tan españoles son unas como otras. En este sentido, conviene señalar que gran parte del profesorado que imparte clases en los master privados lo hace también en la Universidad, lo que viene a significar que el problema no es de cualificación personal, sino de concepción y organización.
En las universidades españolas se ha producido una confusión entre soberanía y autonomía, con las consecuencias que están a la vista. Las Universidades públicas son –o deberían ser- de quien las paga: el contribuyente estatal o autonómico, que es quien debería nombrar a sus cargos directivos con criterios de independencia y eficiencia, sin que ello vaya en menoscabo de su libertad y autonomía institucional. Y así se hace en los centros públicos de los países punteros en ciencia e investigación. Sin embargo, la realidad actual en España es que cargos académicos, organización y régimen vienen elegidos y dictados por sus trabajadores y usuarios, ya sean profesores, administrativos o estudiantes. El resultado –como no podía ser menos- es un sistema de camarillas, cerrado, endogámico y opaco, mucho más interesado en perpetuar situaciones de poder que en promover la excelencia y la competencia científica y académica.
De ahí el fracaso de los métodos de selección del profesorado, la marginación de la investigación y la creciente aldeanización de la Universidad española, la cual, lejos de facilitar, dificulta la incorporación de científicos internacionales e incluso margina a los españoles que regresan de centros extranjeros de excelencia. Es lamentable constatar que la LRU del gobierno de Felipe González, que fue un paso adelante en la flexibilidad y apertura del sistema, respetado en términos generales por el gobierno Aznar, se está viendo progresivamente erosionada y deteriorada por una cascada de normativas posteriores que caminan hacia atrás, promovidas por el Ministerio y las diversas Autonomías, no importa de qué signo político.
España no puede pretender ocupar un lugar preferente en el concierto mundial con un bagaje tan pobre en su sistema universitario. El dato en cuestión equivale a afirmar que los jóvenes españoles se formarán en universidades mediocres, obteniendo por tanto titulaciones mediocres. El resultado: que serán incapaces de competir en Europa y en el mundo. No parece que sea ese el camino para el cambio de modelo productivo que propone el señor Zapatero.