www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Una revolución silenciosa

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 23 de agosto de 2010, 21:37h
Estos últimos días ha cumplido sus primeros cien días de gobierno en el Reino Unido la coalición encabezada por Cameron y Clegg y, como podía preverse, en los medios británicos se han emitido comentarios de todos los tipos, aunque predomina la impresión de que se está empezando a hacer una tarea positiva y en cierto modo revolucionaria porque puede cambiar los supuestos sobre los que funcionado el sistema británico desde hace siglos. El nuevo Gabinete se ha tomado en serio la reducción del gasto público, acabando con el despilfarro de la etapa laborista y está dando pasos para aumentar la seguridad ciudadana, cortando arbitrariedades policiales que se cebaban especialmente con los inmigrantes y poniendo los medios para incrementar la participación ciudadana en los asuntos públicos por de Internet. De la mayor importancia es la revisión del sistema de seguridad social, que trata de racionalizarlo, tanto para evitar abusos como para lograr una cobertura universal. Clegg intenta que se note la presencia de su partido y está insistiendo, sobre todo, en la cuestión de la movilidad social, una prioridad inaplazable si se tiene en cuenta que, según los datos de la OCDE, el Reino Unido es el más “inmóvil” de todos los miembros de esta organización, que agrupa a los países más ricos del mundo.

Además, se está pidiendo ayuda a los ciudadanos para que detecten abusos en el uso de los fondos públicos y parece que la iniciativa está dando resultados. El Gobierno, además, se ha comprometido a hacer públicos a partir de noviembre todos los gastos superiores a 25.000 libras, lo que se espera contribuirá a la contención del gasto público. Se ha reducido drásticamente el número de puestos oficiales, incluidos los altos mandos de las Fuerzas Armadas y se pretende llevar a cabo una revisión a fondo de la defensa que actualice las ideas acerca del tipo y el tamaño de Fuerzas Armadas que necesita en este momento el Reino Unido. Por supuesto, con Afganistán al fondo.

Pero estos primeros cien días han estado también plagados de problemas, el más importante de los cuales es, seguramente, la propia cohesión de la coalición, que no ha dejado de ser una improvisación sobre la marcha, puesta en marcha voluntariosamente por Cameron y Clegg, contra la opinión de amplios sectores de sus respectivos partidos. En el Partido Liberal-Demócrata el objetivo confesado era contribuir a la reconfiguración del centro-izquierda, lo que implicaba un entendimiento con los laboristas. Al fin y al cabo, una buena parte de ese partido procede de la escisión que se produjo en el laborismo en los años ochenta del pasado siglo, cuando, bajo Michael Foot, el partido se radicalizó hasta extremos increíbles. Los escindidos acabaron fusionándose con lo que quedaba del viejo Partido Liberal, los tradicionales “whigs”, creando el partido que ahora dirige Clegg. La tendencia hacia una izquierda moderada sigue siendo muy fuerte y no pude extrañar que el número dos del partido, Simon Hughes, haya producido escándalo, hace sólo unos días, al recabar para los miembros lib-dem de la Cámara de los Comunes el derecho a vetar las decisiones del Gobierno que no les gusten. Clegg ha tratado de quitar importancia a esta salida recurriendo al hecho evidente de que, después de todo, son dos partidos diferentes los que comparten la tarea de gobernar y defendiendo la autonomía del “parliamentary party”, en la más pura tradición inglesa. Apenas apagado el eco de este “ex-abrupto”, los laboristas han hecho correr la voz de que un notable lib-dem, Charles Kennedy, estaba en conversaciones para pasarse al Partido Laborista. Desmentido inmediatamente el rumor, no deja de ser significativo este ambiente que demuestra la inquietud del sector de la izquierda del partido de Clegg.

Por parte de los conservadores son los miembros del sector más a la derecha quienes se muestran más inquietos, especialmente ante las medidas de carácter social promovidas por Clegg que, debe subrayarse, está actuando con una patente lealtad hacia Cameron y hacia el compromiso, acordado por ambos, de que esta coalición es para cinco años, que es en el Reino Unido la duración del mandato parlamentario. Pero la derecha conservadora, arraigadamente euroescéptica, mira con patente recelo a Clegg, cuyo europeismo es bien conocido. También se están criticando los contactos del Partido Conservador con ciertos supermillonarios que han contribuido a las arcas del mismo y que, algunos de ello, estaban residenciados fuera del Reino Unido para eludir el pago de impuestos. Así es como el recién nombrado tesorero del Partido, Rowland, ha renunciado al puesto antes de tomar posesión del mismo, ante el aluvión de críticas de que ha sido objeto y que afectaban directamente a Cameron. Algo parecido está pasando con Philip Green,el dueño de la cadena de ropa Topshop, que ha sido designado asesor en la lucha contra el despilfarro. Estos contactos con algunos supermillonarios hombres de negocios han sido considerados por “The Independent” como “corrosivos”. Y en estos momentos de aguda sensibilidad social, Cameron no puede dejar de reaccionar ante estas críticas. Y àrece que lo está haciendo.

A partir de septiembre se va a afrontar la revisión del sistema electoral que será sometido a referéndum el próximo mes de abril. Y esto sí qie implica en el Reino Unido toda una revolución. Se trata de poner en marcha el llamado voto alternativo que pondrá en valor el voto de millones de británicos que actualmente se pierden por el sistema mayoritario de distritos uninominales en el que “el ganador se lo lleva todo”. Son votos que no pesan en el resultado final y que, por lo tanto, es como si se tiraran a la basura. Algo poco presentable en una democracia. Se trata de una propuesta de Clegg -el mayor perjudicado por el actual sistema- que, sin embargo, y en una muestra patente de buena fe y juego limpio, ha reiterado que aunque el pueblo no acepte la propuesta de reforma, él no romperá la coalición. Pero si la reforma sale adelante se puede producir en el Reino Unido, como decimos, un profunda revolución pues, desde hace siglos, la identidad del sistema se ha basado el distrito uninominal y en el bipartidismo. Si con un nuevo sistema electoral, la política británica se basara en adelante no en dos sino en tres partidos (aparte de los nacionalistas escoceses, galeses y norirlandeses) necesariamente el panorama político cambiaría radicalmente. Podría acabarse o hacerse más difíciles las hasta ahora habituales mayorías absolutas y el método de la coalición, que los británicos han ensayado sobre todo durante las guerras mundiales, se generalizaría. Y todo esto se puede sustanciar en los próximos meses.

A Cameron también se le han criticado algunas “meteduras de pata” en el ámbito internacional en el que, sin ninguna duda, no se mueve todavía con soltura. Pero no es un defecto exclusivo suyo. Los nuevos líderes a ambos lados del Atlántico, desde Obama a Sarkozy, han llegado al poder con el aura del carisma, que tanto gusta a las multitudes, pero que se ha esfumado en buena medida, en cuanto han tenido que hacer frente a las exigencias cotidianas del poder. Mientras tanto los laboristas buscan un nuevo líder que sustituya al fracasado Brown, y David Miliban, seguido muy cerca por su hermano, es el candidato más notable.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios