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DESDE OTRA ORILLA

[i]Palestina, Irak, Afganistán: versiones del liderazgo USA[/i]

jueves 16 de septiembre de 2010, 09:01h
Javier Rupérez analiza la estrategia en Oriente Próximo de Barack Obama.
El primer presidente afro americano de los Estados Unidos también ha realizado su apuesta por la paz en el conflicto palestino-israelí. Como prácticamente todos sus antecesores en las últimas tres décadas ha decidido arriesgar su prestigio y el de su administración en un movimiento tan necesario como arriesgado. La reunión en la Casa Blanca con el primer ministro de Israel y con el presidente de la Autoridad Palestina, acompañados por el presidente de Egipto y por el rey de Jordania, ha servido de espectacular lanzamiento para unas negociaciones —las enésimas en el largo conflicto- tan cargadas de esperanza como preñadas de negros presagios. No hay ningún dato novedoso que permita garantizar el éxito de la iniciativa. Tampoco ninguna razón sustancial para que Obama no lo intentara. Es ese un terreno en donde la inacción tiene más castigo que el fracaso. No siendo precisamente la política exterior el terreno en el que la administración Obama hubiera parecido mostrar más capacidad de acierto o de imaginación, el hecho de que en fecha relativamente temprana haya cogido por los cuernos el conflicto del Oriente Medio es cosa digna de elogio y de apoyo. Aunque lo hayan hecho con la vista puesta en las desmayadas encuestas electorales para noviembre de 2010. Ojalá y acierten.

El capítulo de los obstáculos es abundante. El nivel de desconfianza entre las dos partes en el conflicto tan alto como de costumbre. Las exigencias mínimas respectivas —el reconocimiento del Estado de Israel como patria de la nación judía, el retorno a las fronteras anteriores a 1967- suscitan hoy los mismos rechazos que en ocasiones anteriores. Y nuevos factores de fricción y dificultad se han consolidado en los últimos tiempos. La política de asentamientos israelíes en Transjordania ha comido trozos de los que en un eventual arreglo de paz hubieran sido territorios palestinos. Mahmoud Abbas, el presidente de la Autoridad Palestina, no tiene control sobre la franja de Gaza, dominada por Hamas, a la que evidentemente no representa en las negociaciones. Los radicales de uno y de otro lado harán todo lo posible para sabotear el camino de la negociación. Que el mundo árabe ha recibido con recelo y el islamista radical —Irán, Hezbollah, Al Qaida- con abierto rechazo.

Pero al comprometer su prestigio en la nueva fase de negociaciones Washington admite su responsabilidad en las mismas y, cosa hasta ahora desconocida en la administración Obama, afirma una voluntad de liderazgo poco practicada por los Estados Unidos en los dos últimos años. Recientemente Obama ha vuelto a reivindicar para su país “la dirección del mundo libre”, en expresión que hasta ahora nunca había utilizado. Y la misma foto de la Casa Blanca tiene una poderosa fuerza plástica y política: los Estados Unidos siguen siendo la única potencia capaz de retener tal capacidad de convocatoria, persuasión y presión. No es el reflejo de un poder omnímodo, como tantas veces hemos tenido ocasión de comprobar, pero sí de uno hegemónico que, a falta de otro mejor, es el más razonable que la vida internacional ha conocido en los últimos setenta años.

La retirada de Irak de las últimas tropas de combate de los Estados Unidos merece una consideración diferente y una cierta duda. Producto de una temprana promesa electoral y matizada por la continuada presencia en el país de 50.000 soldados americanos dedicados a tareas de estabilización, supone la culminación de una voluntad declamatoria —se acabaron los combates- no necesariamente corroborada por la realidad sobre el terreno. Irak sigue siendo un país marcado por múltiples fragilidades en el camino hacia una todavía remota estabilidad política y económica. Sería imperdonable que urgencias políticas domésticas americanas frustraran lo que debería constituir el ejemplo de una democracia secularista en un país árabe. No cabe desconocer el cansancio experimentado por la población americana ante la continuación del esfuerzo bélico. Tampoco el interés mostrado por aquellos que inicialmente mostraron su rechazo a la guerra en Irak en cobrarse la pieza de su postura procediendo a la retirada, pase lo que pase. Bien pudiera ocurrir que, huérfanos de apoyo sustancial americano, los iraquíes entraran en una nueva y negativa espiral autodestructiva en la que los iraníes resultaran los ganadores natos. Magro consuelo encontrarían entonces los que han creído necesario seguir peleando contra Bush en vez de hacerlo contra los que impiden la normalización iraquí. Fuera cual fuera el comienzo de la historia.

Aprovechando la retirada de Irak de las tropas de combate, Obama ha reiterado su intención de replegar en el verano de 2011 los contingentes americanos destinados en Afganistán. Los mandos militares se han mostrado elípticamente circunspectos ante tal posibilidad, reiterando que la retirada se producirá “en la medida en que se registren avances en la situación bélica” y sin atreverse a pronosticar que a fecha fija el país esté libre de la peste talibán. Pero aquí, como en Irak, priman las urgencias políticas: el verano del 11, a poco más de un año de las elecciones presidenciales en noviembre de 2012, marcará el pistoletazo de salida para la carrera electoral y Obama quiere llegar a la misma con las manos libres de compromisos guerreros. La posibilidad de que Afganistán caiga de nuevo en el caos de los regímenes peligrosamente fallidos, y la inmediata de que los aliados de la OTAN, comprometidos en el mismo esfuerzo, tomen nota de las vacilaciones de Washington y vayan abandonando el terreno, ayunos del indispensable liderazgo americano, no parece encontrar mucho peso en la ecuación. Los más pesimistas rezan para que en 2015, después de apresuradas retiradas, tropas americanas de combate no deban volver para facilitar la estabilización de Irak y Afganistán. Porque, como los tales recuerdan, a los americanos, como a cualquier hijo de vecino, no les gusta tener que hacer la guerra. Pero lo que menos les gusta es perderla.

Tropas americanas permanecen estacionadas en Alemania, en Japón y en Corea del Sur desde los años 40 y 50. No siempre ni a todos lo niveles su presencia ha tenido aceptación unánime, menos alabanza universal, pero indudablemente ha sido un elemento determinante en la evolución democrática, pacífica y próspera de esos países y de sus entornos. El ejemplo debería ser tenido en cuenta para todos aquellos que ahora parecen poseídos de la urgencia de la retirada. No es barato ni fácil ser “el líder del mundo libre”. Pero los líderes no se retiran. A menos que quieran dejar de serlo.
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