toros
La Feria de Otoño echa el cierre con más nubes que claros
domingo 03 de octubre de 2010, 20:24h
Madrid, 3 de octubre; nublado, fresco y con aire. Feria de Otoño en Las Ventas. Toros de Puerto de San Lorenzo para Diego Urdiales, Alberto Aguilar, que confirma la alternativa, y Miguel Tendero.
Nubes y claros. Unas —muchas— en el cielo, otros —pocos— en los tendidos. De blanco y palta, de comunión, se vistió el madrileño Alberto Aguilar para confirmar. En la ceremonia de intercambiar trastos el director de la banda, un dedo cruzado en los labios, pidió silencio: “Señores…” Los músicos comentaban con chufla ibérica el marcador del Sevilla-Atleti en el descanso. Tomó Aguilar distancia, enseño la panza de la muleta y se arrancó el del Puerto con la codicia propia de su encaste. Pero tras la segunda serie una ráfaga de viento pareció soplarle en el oído: “no embistas, toro”. El animal se aculó en tablas y cumplió la orden.
Había lloviznado, paraba, volvía… ráfagas de paraguas que se abren y se cierran, que desconcentran. Y Urdiales tirando del 2º toro en el tercio con mano firme y natural, como si no lo rodease por las gradas un salpicón de impermeables amarillos. El toro rehusaba a repetir y, al poco, de pasar. Quedó un derechazo suelto por el aire. Y una espada certera.
Tendero trasteó suave al 3º, alargando el pase en los doblones. Y el toro no acababa de encelarse en las series. Algún remate primoroso. Serio y bien puesto el matador, al que faltó el arrojo para bajar la cara alta del astado. Lo mató fácil.
Escurrido y recibido con una pita salió el 4º. Los silbidos se intensificaron hasta banderillas. Luego todo fue silencio mientras Urdiales aguantaba las tarascadas y cabezazos con los que el animal le punteaba la muleta.
El 5º fue el más toreable —que no fácilmente toreable. Porque embestía sin ser dócil. Lo llamó Aguilar de lejos y acudió presto. Con celo buscaba la franela y Alberto empezaba a calentarse. Pero pasó a la izquierda, perdía el torero pasos y el toro ya no era el mismo. Firme, insistió el diestro hasta someterlo. Mas había perdido el pulso de la ligazón y el temple. Para este toro se necesitaba, por ejemplo, al genial Antoñete. Tal vez por eso, cuando cayó, sonó ese pasodoble.
El último fue un mastodonte sin fijeza, suelto y manso. Trotó sin otro objetivo que evitar el sarao que allí observaba. Corrió tras él Tendero casi hasta los corrales, se lo llevó por todo el diámetro del ruedo y al tercer macheteo lidiador lo tiró al suelo. Allí terminaron las penas de toros, toreros y público en una tarde gris en que se había colado por sorpresa octubre.