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Solidaridad

José María Herrera
sábado 09 de octubre de 2010, 13:56h
Hoy voy a hablarles de la más moderna de las virtudes, la solidaridad. Alguno se sorprenderá de que utilice aquí el término “moderno”, pero es que las virtudes, como los sombreros y los zapatos, no son ajenas a los caprichos de la moda. Se darán cuenta al momento de ello con sólo pensar en el peso público que tenía el discurso solidario antes de la crisis y el que tiene ahora.

Aunque la palabra “solidaridad” procede etimológicamente de un vocablo latino (solidus, nombre de cierta moneda romana que durante el imperio equivalió a un jornal), su origen es reciente y está vinculado al deseo de secularizar la idea cristiana de caridad. Este deseo apareció en la época en la que cayó en desuso la distinción tradicional entre comunidad y sociedad, o sea, entre quienes viven según el espíritu y cuyas relaciones se fundan en el amor, y quienes lo hacen según la historia y cuyas relaciones se fundan en el interés. Tal distinción había servido a la Iglesia para defender su superioridad frente al Estado, superioridad que negaron los ilustrados. Para la Ilustración sólo hay sociedad, y aunque su fundamento sea, en efecto, el interés, la razón exige asumir moralmente los objetivos de libertad y justicia que constituyen la meta del progreso. Aquí es donde emerge el concepto de solidaridad. El hombre que ayuda a los otros hombres no sólo hace el bien, sino que contribuye a la realización de los fines de la humanidad.

Haber construido un concepto moral a partir de un vocablo que originariamente significaba dinero y sueldo puede conturbar a los espíritus más delicados (los apóstoles de la solidaridad suelen negarse a admitir esta etimología y proponen otras que harían sonreír a San Isidoro), pero la verdad es que fue un gran acierto. Quienes lo acuñaron supieron ver con toda claridad la existencia de un vínculo indisoluble entre progreso y justicia. Aunque resulta confortador suponer que los grandes logros de los últimos años son producto de la educación y la política, la verdad es que la mayoría de ellos hubieran sido imposibles sin los avances de la ciencia y la técnica. Por mucho que nos disguste este pensamiento, los ideales humanitarios jamás habrían prosperado por sí solos, fuera del proceso económico. Dicho brutalmente: no hay justicia sin excedentes
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La actual crisis económica (que más que una crisis es un aviso muy serio de que si seguimos por esta senda lo próximo será el infarto) está haciendo visible la raigambre material de valores que imputábamos a nuestra bondad. La solidaridad, tan apreciada ayer, comienza a convertirse en un lastre, pues no es lo mismo desprenderse de lo que sobra que repartir la capa con el pobre.

Pero si de algo debe servirnos el descubrimiento de que los valores morales por los que hemos luchado y de los que hemos presumido en los últimos años dependen más de las circunstancias que de nuestra conciencia moral es para darnos cuenta de que no éramos tan buenos como suponíamos. A diferencia de la caridad, que tiene siempre un punto heroico, la solidaridad resulta siempre demasiado ventajosa como para no recelar de ella. ¿Eran solidarios los pueblos del pasado que se apresuraban a aprovisionar a las ciudades apestadas a fin de evitar que los enfermos salieran en tropel o su generosidad respondía a un simple cálculo?

La voluntad de repartir la riqueza puede nacer del convencimiento de que uno está obligado moralmente a favorecer al menesteroso, pero también de la necesidad de favorecerse a sí mismo, impidiendo los perjuicios de la miseria o tranquilizando la mala conciencia. De ahí que ciertas críticas que hasta hace poco se juzgaban incorrectísimas ahora no parezcan del todo impertinentes. Por ejemplo, la desconcertante constatación de que la ayuda al tercer mundo, lejos de eliminar sus problemas, ha podido agudizarlos al incrementar la población sin elevar sus rentas y al enconar conflictos provocados justamente por el deseo de gestionar esas ayudas. ¿Nos preocupaba de veras la situación del mundo desfavorecido o se trataba sólo de aliviar nuestra propia conciencia?

Los occidentales necesitamos pensar que la Historia avanza en alguna dirección, más aún, que avanza en la dirección de nuestros propios principios. Esta necesidad daba la impresión de satisfacerse confortablemente mientras nuestra riqueza nos permitía ser justos. Ahora que las cosas no van tan bien, los valores de los que presumíamos se han vuelto una carga. ¿Habremos otorgado un valor demasiado elevado a una virtud que, en el fondo, nunca lo ha sido?
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