Gibraltar: un tachón más de la diplomacia española
domingo 17 de octubre de 2010, 11:39h
Después del bochorno vivido por culpa del escándalo de los etarras entrenados en Venezuela y los posteriores exabruptos lanzados por las autoridades de este país, la diplomacia española ha vuelto a mostrar su peor cara, aguantando vergonzantemente otras tantas salidas de tono del ministro principal de Gibraltar, Peter Caruana, a costa de la soberanía de las aguas que rodean la Roca. Ambos escenarios han vuelto a poner sobre tapete la incomprensible debilidad de nuestra política exterior. Incomprensible porque no se entiende por qué un país como España ha de aguantar burlas y desafíos como los planteados por Venezuela y Gibraltar en las últimas semanas. La actitud huidiza, cobarde y humillante de nuestra diplomacia no sólo no ayuda a evitar los problemas, al contrario los agudiza.
El tema de la colonia británica siempre ha sido espinoso, pero al menos las condiciones estaban claras. Cualquier discusión al respecto se hacía de forma bilateral, entre Gran Bretaña y España como entes iguales. Las autoridades gibraltareñas simplemente se debían limitar a acatar los acuerdos que tomaran ambas potencias. Sin embargo, se cometió el error de incluir a Gibraltar en interlocución sobre el Peñón y ahora estamos pagando las consecuencias. La actitud chulesca y desafiante del ministro de Gibraltar, Peter Caruana, es la prueba palpable que la apocada política exterior española sólo ha conseguido que cualquiera se sienta con derecho a tratar de tú a tú a España.
La discusión sobre la soberanía de las aguas que rodean al peñón debe tratarse única y exclusivamente entre Londres y Madrid y esto ha de dejarlo bien claro la diplomacia española al impertinente Caruana, que, por lo pronto, ya se ha permitido el lujo de suspender las reuniones del Foro Tripartito de Diálogo. Las debilidad, desconcierto y falta de visión de nuestra diplomacia, dirigida por el ministro Ángel Moratinos, vuelven a ponerse en evidencia.
Es verdad que la colonia es un hecho difícil de alterar por parte española a corto y medio plazo. Los gobiernos españoles, pues, deben reconciliarse con este hecho y adoptar una postura pragmática que les lleve a buscar formas de colaboración de interés común. En esto tiene razón el señor Moratinos. Sin embargo, los inquilinos del Palacio de Santa Cruz tienen que hacer entender al señor Caruana que actitudes retadoras y soberbias están fuera de lugar a estas alturas y que los primeros perjudicados serán los llanitos: no se conoce un off-shore que haya prosperado con políticas contrarias al main land.