crítica de cine
“Déjame entrar”: remake de la inteligente trama sueca sobre Abby, la niña vampiro
domingo 24 de octubre de 2010, 12:55h
Este fin de semana los aficionados al cine de terror están de enhorabuena: los estrenos de cartelera de este viernes incluyen dos títulos del género que prometen convertirse en éxitos de taquilla.
Quienes chillaron y se removieron inquietos en sus butacas con “Paranormal Activity”, ya tienen la ocasión de volver a pasar dos horas de sustos con la inevitable secuela de la película que en 2009 se convirtió en una auténtica sorpresa para el público que, con su numerosa asistencia, hizo de ella una de las cintas más rentables de la industria cinematográfica. En esta segunda parte, la joven pareja aterrorizada se ha sustituido por una familia, que empieza a experimentar inquietantes fenómenos sobrenaturales en su hogar y decide grabar lo que sucede mientras ellos intentan conciliar el sueño por las noches.
En segundo lugar, el romanticismo de los vampiros que desde Drácula sigue conquistando corazones adolescentes y adultos, es el tema de “Déjame entrar”, el remake norteamericano de la cinta sueca, basada a su vez en la novela homónima de John Ajvide, y estrenada en 2007 con un importante éxito de público y taquilla en Europa. Su director, Matt Reeves, traslada la extraña amistad entre dos niños de doce años que guardan un inconfesable secreto, desde la Suecia de los años 80 hasta Los Alamos, un remoto pueblecito de Nuevo Méjico, sin abandonar, sin embargo, la época de la cinta original. Y sin perder tampoco esa estética tan oscura y metálica, propia de entornos nevados, para conservar, en la mayor medida posible, la caligrafía visual utilizada por el director sueco Thom Anderson.
En una anodina y triste urbanización de pequeños y destartalados apartamentos es donde se conocen y empiezan a intimar Owen, interpretado por Kodi Smit-McPhee, a quien conocimos en “The Road”, y Abby, a quien da vida Chloe Moretz, su nueva vecina. Cuando Abby llega al pueblo acompañada de su siniestro padre, Owen lleva años intentando sobrellevar con dignidad su existencia de muchacho gris maltratado por los tipos duros de la escuela. Oculta las marcas que le dejan los golpes que recibe a su madre, inmersa en su propio dolor por el divorcio del padre del chico, y se entretiene con su cubo de Rubik, claro guiño a los 80, sentado en los columpios helados del patio que rodea las casas donde viven. Desde que conoce a Abby empieza a sentirse mejor, más acompañado, a pesar de que la chica le advierte nada más conocerse que ella nunca podrá ser su amiga.
Lo cierto es que Abby bastante tiene ya con sus problemas para saciar el hambre con lo único que puede hacerlo: la sangre de los demás seres humanos. Reeves, fiel a la obra original, consigue con su cámara, a través de diversos recursos como imágenes desenfocadas o complicados enfoques, así como a través de fríos diálogos sin más palabras que las estrechamente necesarias, recrear la historia de la joven vampiro que no puede permitirse tomar cariño a nadie. A la vez, la obra retrata esa difícil etapa de la preadolescencia en la que se descubre el amor y la propia personalidad. Esos momentos en los que sólo se puede escapar de la realidad a través de las fantasías, aunque el mundo siga empeñándose en hacernos sufrir.
Enmarcada en una investigación policial, la historia de “Déjame entrar” no es, en ningún caso, similar a las cintas que sobre vampiros guapos y enamoradizos tanto éxito están teniendo con sagas como “Crepúsculo”. De carácter mucho más intimista y también duro, la cautivadora historia protagonizada por Owen y Abby, aunque sigue estando llena del halo romántico propio de los bebedores de sangre, deja, en realidad, poco lugar para algo parecido a la esperanza.