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Madrid, sobrecogedor escenario

jueves 20 de marzo de 2008, 02:29h
La vida es cíclica y transcurre por los canales de nuestra existencia atravesando periodos buenos y periodos malos. Individualmente, todos, unos más que otros, tenemos ciertos puntos de anclaje, ciertas constantes sin cuya repetición, más o menos similar, nos encontraríamos perdidos. Y en sociedad, por supuesto, con más razón. Entonces lo llamamos tradiciones y algunas, las más arraigadas, perduran durante siglos y ni modas ni regímenes políticos contrarios consiguen terminar con ellas. Al contrario, como el espíritu de la contradicción anida en el género humano, lo normal es que se defiendan las costumbres precisamente en momentos de dificultad. Por eso no se pierden. Por eso y porque nos hace encontrar un sentido a la vida enseñar a nuestros hijos lo que de pequeños aprendimos de nuestros padres.

Estos días vivimos una de esas tradiciones seculares que perviven y que nos traen, con sus correspondientes pero mínimas variantes, las mismas imágenes y los mismos relatos: atascos interminables en las carreteras, aglomeraciones en aeropuertos y estaciones, lugares de costa y de montaña abarrotados, recuentos diarios de accidentes de tráfico, previsiones de lluvia, torrijas de mil y un sabores y, por supuesto, procesiones.

Otra imagen que siempre se repite es la del personal huyendo de Madrid. Hace años, la ciudad se quedaba tan vacía y, para qué lo voy a dejar de decir, tan maravillosamente tranquila, que Semana Santa se convertía, para los enamorados de la capital, en la mejor ocasión para disfrutarla en paz. Aunque este año dicen que uno de cada dos madrileños ha puesto ya pies en polvorosa, lo cierto es que las calles del centro no sólo no se han quedado vacías, sino que rebosan de turistas ávidos de tradición castiza.

Las procesiones de Madrid seguramente no pueden competir con las de otros puntos de España, pero su tradición es igualmente de siglos y el marco del Madrid de los Austrias y de los Borbones por el que transcurren las más conocidas, resulta de lo más cautivador, porque no es sólo el fervor religioso y la emoción contagiosa de las tallas, de los anderos y de los nazarenos recorriendo las estrechas y adoquinadas calles del centro lo que acerca a muchos a una procesión. La estética de su puesta en escena es un espectáculo que, a veces, por falsos complejos e incluso prejuicios, dejamos de admirar. Nos las perdemos y es una pena.

Hoy, Jueves Santo, desfila por Madrid la imagen de Jesús el Pobre acompañado por María Santísima del Dulce Nombre. Parten de San Pedro el Viejo, junto con la de San Nicolás, la Iglesia más antigua de Madrid y recorren las calles del Nuncio, del Cordón, la Plaza de la Villa, la calle Mayor y todo el centro histórico de la capital, que se convierte durante unas horas en el escenario de una sobrecogedora representación llena de emotividad y devoción. Ya sólo la salida de la iglesia, con los costaleros que se arrastran por el suelo cargados con la talla, para que la misma no se dañe con la pequeña puerta, es de lo más emocionante.

Y como siempre, una costumbre más de estas fechas, miraremos al cielo porque, a pesar de las interminables sequías, ¿no llueve siempre en Semana Santa?

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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