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El futuro de los servicios de inteligencia: mucho más que espías

Luis de la Corte Ibáñez
sábado 27 de noviembre de 2010, 12:40h
No es la primera vez que escribo en estas páginas sobre el mismo tema. Y seguramente no será la última. Hace ya cierto tiempo que los Servicios de Inteligencia de los países occidentales, incluidos los españoles, comenzaron a tomar conciencia de la necesidad de perfeccionar sus pautas de funcionamiento y transformar su distorsionada imagen pública. Lo segundo requería difundir entre la opinión pública información mucho más precisa y algo más detallada sobre el amplio abanico de funciones y tareas cotidianamente desempeñadas por las propias agencias de inteligencia, haciendo especial hincapié no tanto en métodos u operaciones concretas (que por su sensibilidad deben seguir siendo secretas) como en su utilidad para neutralizar y prevenir riesgos y amenazas a nuestra seguridad y en dar a conocer los esfuerzos realizados por acomodar tales actividades a las exigencias ético-políticas que son irrenunciables en una democracia.

Por su parte, el perfeccionamiento de los servicios de inteligencia en términos de eficacia y eficiencia demandaba entre otras medidas un cierto acercamiento y colaboración entre dichos servicios y diversos sectores de la sociedad civil, incluyendo a investigadores e instituciones académicas y actores privados vinculados al mundo empresarial.

En España, las citadas pretensiones de modernización, democratización y colaboración académica e institucional fueron integradas hace ya algunos años como principios rectores de un proyecto auspiciado desde su mismo nacimiento por el CNI (Centro Nacional de Inteligencia) y orientado a promocionar lo que se dio en llamar una nueva “Cultura de la Inteligencia”. Desde el alumbramiento de ese proyecto hasta la actualidad el trabajo realizado por el CNI y un puñado de profesores e investigadores académicos especializados en temas de seguridad, defensa e inteligencia ha sido arduo, continuo e intenso y ha culminado en una variedad de frutos, como la fundación de algunos centros universitarios destinados al estudio de esas temáticas, la edición de una revista de corte científico (Inteligencia y Seguridad: Revista de Análisis y Prospectiva, editada por Plaza y Valdés), la creación de titulaciones de posgrado específicas y el desarrollo de distintos encuentros entre profesionales de la inteligencia y expertos académicos.

De hecho, el motivo de este artículo coincide con la reciente celebración del II Congreso Internacional de Inteligencia en Madrid, a instancias de los dos principales centros académicos que disfrutan el patrocinio del propio CNI: la Cátedra de Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos, de la Universidad Rey Juan Carlos y el Instituto "Juan Velázquez de Velasco" de Investigación en Inteligencia para la Seguridad y la Defensa, de la Universidad Carlos III de Madrid. Durante tres días, los participantes en dicho Congreso hemos discutido sobre una variedad de temas y problemáticas relacionadas con los cambios producidos en los servicios de inteligencia en los últimos años, su evolución a lo largo del tiempo y sus esfuerzos para hacer frente a las principales amenazas a las que vienen enfrentándose nuestras sociedades: por supuesto, el terrorismo, particularmente en su vertiente yihadista e internacional, pero también la proliferación nuclear, la de conflictos armados, la cibercriminalidad, y el crimen organizado en todas sus manifestaciones, desde el narcotráfico hasta la trata de seres humanos o el comercio ilegal de armas, entre otras.

Experiencias como esta iniciativa ayudan a reconocer es la necesidad imperiosa de las labores realizadas por las agencias de inteligencia y lo erróneo de seguir identificándolas, por simplificación, con actividades de espionaje y operaciones encubiertas al estilo “James Bond”, o lo engañoso de concebirlas como entidades autónomas que operan al margen de controles legales y de los poderes políticos legítimamente establecidos (lo que realmente no ocurre en ningún país democrático). El problema es que los intentos por rectificar tales malentendidos no pueden dejar de chocar con el ansia de espectacularidad y sensacionalismo que condiciona el modo en que los medios de comunicación tienden a referirse al asunto, ayudados por visiones conspirativas de la historia y por estereotipos cinematográficos y literarios, tan fascinantes como desorientadores. Aunque algo se intente hacer al respecto, y en esas estamos algunos
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