Montilla se confunde en el análisis.
lunes 13 de diciembre de 2010, 08:44h
La sucesión de Montilla al frente de los socialistas catalanes tendrá que esperar hasta el próximo otoño, toda vez que el todavía presidente en funciones de la Generalidad así lo ha decidido. De hecho, puede decirse que es de las pocas cosas que ha hecho desde la debacle electoral que reventó en Tripartito y devolverá, casi con toda seguridad, el poder a CIU tras siete largos años en la oposición. Periodo suficientemente largo tanto para quienes gobiernan como para los que aspiran a ello. Y periodo, por tanto, apropiado para descubrir el verdadero rostro de los primeros -todos los políticos suelen sufrir una curiosa metamorfosis en su paso de aspirantes a mandatarios electos- y el empaque de los segundos. En este sentido, resultan muy significativas las palabras de Montilla en las que, por primera vez desde la pérdida de las elecciones autonómicas, ha ajustado cuentas con todo y con todos.
Llama la atención que critique ahora a Esquerra e Iniciativa por, según Montilla, haber estado más preocupados de sus propios intereses y de su exiguo porcentaje de votos que de gobernar como es debido. ¿Y lo descubre ahora? Ha tenido siete largos años para darse cuenta de lo que muchos -algunos desde su propio partido- no se cansaban de denunciar. En gran medida, de aquellos polvos tiene ahora Montilla estos lodos. También resulta curioso que Montilla vaticine el sectarismo de CIU cuando gobierne, precisamente él, que fue uno de los inspiradores del pacto del Tinell, por el que se intentaba desterrar de la vida política al PP. Eso sí que es sectarismo. Pero lo que es verdaderamente chocante es que cargue las tintas contra el PSOE, como si fuera otro partido diferente al suyo, trasladando a Ferraz las culpas de que surgiesen debates tan incómodos como el del modelo de Estado.
Hay que señalar que esta práctica no es exclusiva de Montilla, sino que puede hacerse extensible a más de un destacado socialista, tanto catalán como de otras partes de España: cuando interesaba, todos pertenecían a la gran familia del PSOE; cuando no, el PSC iba por un lado y el PSOE, por otro. Semejante indefinición se acaba pagando, como le ha sucedido al señor Montilla en Cataluña, y como puede sucederle -de ahí el temor de Barreda, Fernández Vara y Griñán- a algunos barones regionales por mor del efecto contagio.
Montilla tiene todo el derecho a hacer cuantas reflexiones estime oportunas. Pero quizá debería reparar en el hecho de en que la mayoría de cuentas que pretende ajustar él mismo tiene gran parte de culpa. La responsabilidad de gobernar Cataluña tras las siglas del PSC tendría que haberle llevado a un esfuerzo de integración donde cupieran todos, en lugar de entregarse a minorías nacionalistas radicales e intentar, por un lado, laminar al PP, mientras se transformaba en una suerte de CIU, por otro. Un electorado de izquierdas e internacionalista no ha entendido –ni digerido- la extraña deriva nacionalista del PSOE-PSC que inventó Zapatero pero aplaudió Montilla: no lo entendió, primero en Galicia, y ahora tampoco lo comprende en Cataluña.