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el historiador reflexiona sobre raymond carr y la historia de españa

Juan Pablo Fusi: "La crisis ha desplazado al nacionalismo como preocupación"

miércoles 15 de diciembre de 2010, 16:41h
Raymond Carr, historiador de renombre británico, está de actualidad después de la publicación de su biografía. Juan Pablo Fusi destaca el carisma y la valía de este intelectual, de curiosidad empedernida, a quien se le debe haber dado a conocer la Historia de España. Sobre Carr, de quien se considera su discípulo, y sobre la actualidad española conversa con EL IMPARCIAL.
Es un ferviente admirador del historiador Raymond Carr. ¿Le ha sorprendido algo de la biografía Raymond Carr. La curiosidad del zorro que se acaba de publicar?
María Jesús González, la autora, ha escrito un libro excelente que pone en orden muchas de las cosas que, los que hemos estado cerda de Raymond Carr, sabíamos pero de una manera dispersa y anecdótica y no sistemática. No encuentro en su lectura grandes sorpresas, aunque sí hay cosas que conocía menos sobre su infancia y juventud. No hay duda de que es una biografía mucho más completa que lo que yo, personalmente, amigos y discípulos de Carr conocíamos.

¿Envidia a Carr por haberse encontrado una España virgen por estudiar?
Eso es evidente. Cualquier terreno histórico virgen es una bendición para el historiador. Raymond Carr encontró el siglo XIX español muy mal conocido, no sólo en España sino fuera de ella. La España del XIX era entendida o bien como romantizada y como país orientalista, religioso y violento, o bien como una masa de información inconexa. Carr se topó con una situación idónea para poner en orden y explicar en profundidad lo que es un país. Todos los historiadores actuales sentimos envidia, no sólo de una situación como esa, imagínese a un historiador de principios del siglo XX que descubre todos los archivos del Renacimiento italiano.

Una de las claves de su pensamiento es que España no es diferente. ¿Es la enseñanza más importante que le ha dejado?
Sí, es una de ellas. Raymond Carr no tiene una idea esencialista de España y los españoles como un pueblo anclado en la visión católica contrarreformista ni una visión romántica de pueblo apasionado. Carr presenta a la España del siglo XIX como un país atrasado con problemas económicos, pero con instituciones, partidos políticos, buenos hombres de Estado como Antonio Maura o Antonio Cánovas y con problemas que no eran tan distintos a los de otros países europeos, que también tenían grandes áreas de pobreza e inestabilidad gubernamental. Trató, entonces, de romper con visiones tópicas para asimilar la historia española del XIX a la de Francia o Italia, es decir que la normalizó. Eso fue una gran aportación.

¿Toparse con la lectura de sus libros o conocerlo reafirmó su vocación como historiador?
Los que nos movemos en la vida intelectual y académica hemos sentido alguna influencia fuerte que ha contribuido a precisar la vocación o la orientación intelectual. Raymond creó un grupo de personas que trabajaron al hilo de lo que él había expuesto en sus libros y que, bajo su influencia, nos sirvió para adentrarnos en la Historia Contemporánea de España. Se trata de un hombre con una personalidad fuerte, muy original y singular. Es evidente que eso supone siempre un estímulo para quien se aproxima a una persona tan reconocida. En ese sentido, este grupo de discípulos, en el que me incluyo, tiene una gran deuda contraída con él.

Juan Pablo Fusi en una foto de archivo (Foto: Manuel Engo)

Carr ha dicho que el problema vasco es el más importante de la democracia. ¿Es posible que el paro o la economía estén maquillando esta realidad?
En el problema de la construcción del Estado español contemporáneo, sin duda la organización territorial y los nacionalismos han sido y continuarán siendo uno lo de los problemas fundamentales. El Estado de las autonomías que se ha creado a partir de 1978 exige un casi permanente diálogo entre la Administración central y las comunidades autónomas. La existencia de fuertes nacionalismos, en el caso del País Vasco y Cataluña, es una realidad indudablemente determinante de la vida pública española. Eso no significa que deban reflejarse siempre en el primer plano de la actualidad problemas derivados de los nacionalismos porque, lógicamente, en cualquier sociedad moderna hay circunstancias, de muy distinta naturaleza, que pueden protagonizar la vida durante meses o años. La crisis ha desplazado la preocupación inmediata de la clase política, periodística y de la sociedad sobre estos problemas a un plano menos apremiante y urgente, pero eso no significa que no existan.

¿El poder del nacionalismo ha decaído?
Hay que analizarlo siempre coyunturalmente. La realidad nacionalista de Cataluña, País Vasco y, menos, Galicia es permanente. Eso no quiere decir que sea un conflicto abierto continuado. Hay circunstancias políticas que causan muchas veces esos conflictos, como la formación de un gobierno no nacionalista en el País Vasco que, aunque parecía que podía ser fruto de división, ha estabilizado la situación y ha disminuido la tensión entre el Gobierno vasco y el de Madrid. A eso se han sumado, paralelamente, los éxitos policiales en la lucha contra Eta, que han disminuido mucho la tensión terrorista y el pulso que mantenía la izquierda radical vasca con el Estado. En el caso de Cataluña, desde que se formó el tripartito, se aprobó el Estatuto y el TC declaró inconstitucional parte de este texto, su situación cobró mucho protagonismo. Luego la idea es que esas realidades están ahí, pero que la misma práctica política puede mantenerlos en un primer plano, encauzarlos o ser superados por otros asuntos.

¿Es posible afirmar que el nacionalismo es necesario?
Es una cuestión muy profunda. No puedo entrar en averiguar qué hay en la realidad moral que lleva al nacionalismo. El historiador lo estudia e intenta ver su componente sociológico, los problemas que puede acarrear para un país y la verosimilitud de sus argumentos, pero decir si es necesario o no es una afirmación demasiado extensa. Lo que sí le puedo decir es que el mundo no ha sido siempre necesariamente nacionalista.

Es un firme defensor de la idea de que estamos reconciliados con nuestra historia. Pero, ¿se refiere a cualquier español o a los académicos e historiadores?
Creo que los historiadores cuando hablamos de que los españoles estamos reconciliados con nuestra historia nos referimos a la superación de esa especie de pesimismo, casi esencial, que ha habido en la intelectualidad española a partir de la Generación del 98 sobre que España es un problema y un fracaso como nación. A lo largo de los siglos, España ha vivido momentos brillantísimos con un poder excepcional, porque no hay que olvidar que es imposible entender la historia de América y Europa sin España.

Juan Pablo Fusi en una foto de archivo (Foto: Manuel Engo)
¿También se percibió así España desde fuera?
Supongo que no. Hay que tener en cuenta que la actitud que adopta cualquier intelectual con respecto a su propio país se basa en la autocrítica. Es algo parecido a la posición que tienen muchos intelectuales latinoamericanos con respecto a sus propios países. Creo que ninguno de nosotros pensamos que los países de América Latina son grandes errores históricos y grandes fracasos como naciones, pero sí que son países con problemas de distinto tipo, pero sin razón para verlos como países permanentemente fracasados. A eso me refiero cuando digo que estamos reconciliados con nuestra historia. Los franceses es evidente que tienen una historia controvertida o más que la nuestra, pero no hay ese tipo de reflexión en su cultura.

Figúrese Alemania…
Sí, aunque su caso es a raíz del episodio nazi. El peso de la culpa y de la responsabilidad de lo ocurrido sí llevó durante la posguerra hasta los años 60 a impregnar su literatura, su historiografía y su ensayística de una visión muy negativa, no ya del nazismo, sino en general de la formación de Alemania y de su historia.

No sé cómo ha vivido este asunto del estado de alarma, la primera vez que se decreta en 35 años de democracia…
Pasada la irritación de la huelga de los controladores, es lícito preguntarse si declarar el estado de alarma ha sido una medida extremada y si ha respondido a una impudicia previa del Gobierno por no haber negociado a tiempo. Creo que no se puede estar recurriendo al estado de alarma a la ligera.

Como historiador, ¿qué opina de Wikileaks?
A ningún historiador le sorprende el tono de los comentarios que aparecen en este tipo de documentos. Cualquiera que haya leído la correspondencia de un embajador inglés de 1840 con su enviado a España sabrá que hablan con libertad y opinan directamente sobre la política, los militares o sobre la reina, por ejemplo. No hay sorpresa ninguna, por tanto, en el uso de este lenguaje privado. Sí es curiosa la importancia que cobra este tipo de información al ser publicada y alcanzar una gran dimensión. Como historiador diría que la toma de decisiones de Estados Unidos o de cualquier otro país no depende en absoluto de los comentarios que pueda recibir el secretario de Estado o el presidente de una República de un embajador. Lo que sí son importantes son los informes militares y económicos que elaboran los países o publican los periódicos. Eso tiene mucha más trascendencia.
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