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¿Vuelve la peseta?

Antonio Domínguez Rey
viernes 21 de enero de 2011, 17:23h
Recordemos. Hace pocos años, pocos, España era, se decía, la octava potencia económica del mundo. Inauguramos el siglo entre los países punteros y como enseña política de otros recientemente incorporados a la Unión Europea o emergentes más allá del Atlántico en Hispanoamérica, y en el Índico. Se nos citaba como ejemplo de transición a la democracia desde una dictadura.

A la vuelta de cinco, siete años, todo ha cambiado casi de repente. ¿Qué ha sucedido? Se invitaba voz en alto y “pitxelada” en pantallas múltiples a centenares de inmigrantes de unos y otros continentes a visitarnos y contribuir al desarrollo dorado de un progreso inédito. Los bancos abrían agencias aquí y allá mientras brotaban oficinas de cambio de billetes y las compañías aéreas fletaban naves panzudas para trasvasar gente de una a otra orilla. La línea ocho del Metro de Madrid era un convoy continuo de emigrantes y maletones que acudían al reclamo. Y a las costas meridionales arribaban pateras en oleadas sucesivas. Las previsiones calcularon un incremento notable de población en las principales ciudades de España, Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao y otras auspiciadas por el fértil mercado agrícola, como Murcia, Almería, Alicante. Se dispararon la cocción de ladrillo y el polvo cenizo del cemento.

La expansión se dilató de inmediato sobre las zonas más próximas, Portugal y el norte de África principalmente. Más de cuatro mil empresas españolas están ubicadas en el país vecino de la Península. Parte de los ciudadanos andaluces comenzaron a invertir en Marruecos e incluso se prefería importar de allí productos antes sembrados aquí, pues el cambio beneficiaba el negocio y aligeraba el esfuerzo. Los bancos y especuladores se lanzaron a la zaga comprando deuda externa y hay quien dice que también dinero -un billete gestiona otro billete- procedente de otras operaciones menos claras.

Según un periódico alemán, hace tres o cuatro años el tercer factor de movimiento financiero en España correspondía al vicio: droga, prostitución, bebida y accesorios colaterales. Haciendo un cálculo a partir de las cifras citadas, si del producto interior bruto restábamos el importe de estos otros ingresos, más de un tercio largo de nuestra población resultaría drogada de una u otra forma. Sin contar, claro, con el vaho cerebral de otras sustancias narcóticas, como el embrujo de una propaganda comercial, política y mediática, si no zafia, adormecente. El reflejo de la cultura audioicónica y los niveles de educación adocenada hablan por sí solos.

Y de súbito, nos encontramos, como dice Luis María Ansón, bajo arbitrio internacional, vigilados por entidades financieras como el Banco Central europeo, el Fondo Monetario internacional, la Banca de Cuentas de igual índole y equipos de prensa especializada en finanzas.

Hace mes y medio, el Premio Nobel de economía Christopher Pissarides declaraba en Pekín, centro de la economía mundial actualmente, que la situación financiera española amenazaba la estabilidad del euro en Europa. Si España se une como eslabón a la cadena formada por Grecia, Irlanda y Portugal, no habría dinero suficiente en la Unión Europea, dice este profesor de la Escuela Londinense de Economía, para rescatar su desfondamiento. Por eso Alemania y Francia urgen al Gobierno español en la toma de medidas pertinentes y en el aumento del índice de reformas y restricciones impuestas en mayo de 2010, fecha grave de la economía española. Según expertos de Bruselas, nuestro país no cumple con actos lo que afirma con declaraciones políticas de reforma social y financiera. Estaría poniendo en peligro, ahora mismo, nada menos que el símbolo por excelencia de Europa, el euro. Por eso se barajan en estos momentos medidas previsoras aún más crudas para evitar lo que los expertos políticos y sociales temen que se produzca: el descalabro de la Unión Europea frente al desarrollo de América y Asia.

Christopher Pissarides sugiere, y no es el único, que España vuelva provisionalmente a la peseta. Sería un modo de mantenernos cerca sin excluirnos de la eurozona.

Recordemos ahora lo que supuso la conversión en euros de nuestra moneda nacional al borde del cambio de siglo. Imaginemos seguidamente lo que esta medida supondrá en la reconversión del euro a pesetas. ¿Cuánto perdemos en el espacio de doce años? ¿Es este el haber y resultado del esplendor político y cultural de España proclamado por tierra, mar, aire y subterráneos? ¿Esta la grandeza de nuestros estadistas de la democracia, alguno de ellos considerado el mejor del siglo XX, y además se lo cree? ¿A quién engañan? ¿El vaho de una droga nacional? Estupidez absoluta.

La prolongación de la sombra del 98 se cierne sobre nosotros con el rostro que le corresponde un largo siglo después. Ya no perdemos colonias, pues no las tenemos. Somos colonia, feudo y coto vigilado. El sistema autonómico que el Estado español se ha otorgado para evitar males previsibles -seamos sinceros-, carece de la autonomía que los protectores europeos disfrutan. Ahora mismo, somos un apéndice y preocupación de la Europa moderna. A ella contribuyeron ilustres pensadores nuestros como Unamuno y Ortega y Gasset, quienes figuran en lo anales históricos de su constitución con el atributo de precursores. Y la mayoría de nuestros ciudadanos, incluida gente culta, lo ignora.

La reacción inmediata ante estas consideraciones es la de tildar de pesimismo su planteamiento. Se ha difundido un aura de despreocupación y de recelo sospechoso ante quienes piensan de este modo. Impera una confianza en el suceder siempre igual y mismamente -mente misma- de las cosas. Con conciencia clara de rescate, convencidos además de que esta acción será benéfica, pues la conocemos de tiempos históricos, cuando rescatábamos cautivos. Y a esta indiferencia llaman optimismo quienes así vegetan.

Si fuera tal el caso, más grave resultaría entonces el presupuesto lógico subyacente. Creen algunos, bastantes, que la nueva situación contará con ellos entre los protegidos, es decir, administrando los dineros que vengan en rescate. Y por eso muchos se dan prisa para colocarse en posición de refugio con un puesto donde la resonancia del golpe se note menos. Hay bullicio en torno a las instituciones del Estado. Y el que no lo consiga en el momento oportuno, que arree. Es el consejo de la política española desde hace años. Y en tal sentido, quienes critican el pasado, su memoria histórica, no se reconocen en él con tales previsiones. Son sólo el reverso de espaldas al azogue que los proyecta como sus sombras. El claroscuro del franquismo. Su fondo reservado.

Emilia Pardo Bazán insistía a finales del siglo XIX en el derrumbe de las colonias ante diputados de la época. Le llegaban cartas reveladoras de Cuba. Voces que los mandatarios no querían oír sumidos en una retórica huera de Estado. La sordera nos costó el prestigio internacional, otra guerra civil y una dictadura prolongada. ¿Cuál será el precio actualmente? Prefiero oír a los optimistas de turno, por ver si la esperanza aguija el espectro de la realidad económica y sociocultural que Europa refleja en el espejo de sus análisis. De algún modo, aún confían en nosotros. Por eso prevén un paréntesis en caso de urgencia. Esperemos que sea fenomenológico. Algo nos uniría, en todo caso, finalmente.

¿Vuelve la peseta? Y si vuelve, ¿qué cara tendrán sus efigies?

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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