ORIENT EXPRESS
Cuidado en Egipto
lunes 14 de febrero de 2011, 09:24h
Mientras el mundo celebra la caída de Hosni Mubarak y la muchedumbre de la plaza Tahrir sigue de fiesta, los militares han disuelto el Gobierno y el Parlamento. Los Estados Unidos, la Unión Europea, la O.N.U., Alemania, Francia y hasta la postrada España de José Luis Rodríguez Zapatero han dado la bienvenida a una nueva época en la historia de Egipto. Hemos podido escuchar votos en favor de la democracia, la libertad y el pueblo egipcio.
Sin embargo, en las cancillerías y ministerios de la región hay más ceños fruncidos que en una función de teatro yiddish. Las aspiraciones legítimas de millones de tunecinos y egipcios han precipitado la caída de dos presidentes y el fenómeno podría extenderse por el Mediterráneo y Oriente Medio. En Argelia, 25 personas han muerto en lo que va de año quemándose a lo bonzo y, mientras escribo estas líneas, la policía está reprimiendo la manifestación convocada contra el régimen de Buteflika y hay un mínimo de 200 detenidos. El Reino Hachemí de Jordania, la monarquía saudí, los emiratos, el Yemen y Marruecos contemplan con preocupación a la multitud que barre con gritos, bailes y acampadas a las fuerzas policiales y los ejércitos. Del mismo modo que las tropas del Shah terminaron dejándolo caer, los militares egipcios y tunecinos han preferido ir con la corriente en lugar de nadar contra ella.
Ahora bien, la masa puede ser un actor político de primer orden si tiene quien la dirija. Kerenski pudo haber cambiado la Historia si hubiese fusilado a Lenin y Trotski pero prefirió no hacerlo. Por lo que le contó a Chaves Nogales, no parece que lo lamentase años más tarde en su exilio parisino; tal vez los millones de muertos que el comunismo dejó tras de sí pensarían de otro modo. En todo caso, los dos líderes bolcheviques se hicieron con el control de las multitudes gracias a la propaganda, la agitación, la violencia y el terror indiscriminados. Al final, la masa necesita quien la dirija.
Durante estos días, hemos presenciado un desfile de candidatos a sustituir a Mubarak. Desde el Vicepresidente Suleiman hasta el venerable Al Baradei pasando por el no menos venerable Amr Musa. Todo el mundo hablaba de democracia, libertad, lucha contra la corrupción… Pero Oriente Medio es complicado y la gente no siempre dice lo que parece. Así, los Hermanos Musulmanes han contribuido a la agitación desde las mezquitas y sus miembros han asumido las consignas de la oposición democrática y pacífica a Mubarak. Quienes asesinaron a Anuar el Sadat por alcanzar la paz con Israel -nótese bien lo que le reservan los islamistas a quien firma un tratado de paz con el vecino- han celebrado alborozados la caída de su sucesor. También ellos quieren que haya elecciones… para presentarse y tratar de implantar, desde dentro del sistema, un Estado islamista que termine por abolirlo.
El islamismo ha prendido mucho de los movimientos revolucionarios totalitarios del siglo XX: la importancia de la propaganda y la formación de líderes; el control de las masas y el secuestro de las distintas banderas de la libertad para acabar, finalmente, con ella; la utilización táctica de alianzas y compañeros que después se rompen y se traicionan. Ni Hassan el Bana, ni Sayud Qutb ni ninguno de los ideólogos de los Hermanos Musulmanes eran demócratas. El propio concepto de democracia –tal como lo entendemos en Occidente- les resultaría abominable. Hassan el Bana condenó la impiedad de Occidente y, como reacción a ella, creó el movimiento que hoy amenaza con secuestrar la revolución en Egipto. Por eso los ceños están fruncidos en los ministerios y los palacios de Gobierno.
La caída de Mubarak ha sido celebrada en Gaza, Beirut y Teherán con especial alegría. En el caso iraní, ha coincidido con el 32º aniversario de la Revolución Islámica. Muchos creyeron, entonces, que los persas tendrían paz, libertad, prosperidad… pero sobre ellos cayó otra noche de represión, tortura y muerte. A los baháis los detienen, los encarcelan y los matan. A los homosexuales los ahorcan y a las supuestas adúlteras las lapidan. Hay opositores encarcelados, violados, torturados asesinados, desaparecidos… ¿Dónde quedó la llamada Revolución Verde? Desde Teherán y Qom, la propaganda islamista ha llegado por igual a chiíes y sunníes, a África y al Mediterráneo, a Asia Central y al Golfo Pérsico. Hamás ganó unas elecciones y se está ocupando de que nadie más pueda ganar otras en la Franja de Gaza: la oposición ha sido exterminada mientras los islamistas ejercen la violencia y el terror sobre sus vecinos y sobre los propios palestinos. En El Líbano, los cristianos van debilitándose mientras los terroristas de Hizbolá se hacen cada vez más poderosos. La Revolución del Cedro se ha quedado en un recuerdo: la influencia sirio-iraní es cada vez mayor mientras millones de cristianos están en la diáspora, que es un eufemismo para hablar del exilio.
La alegría es contagiosa pero debe ir unida a la responsabilidad y a la prudencia. En Egipto ha habido una revolución y ahora debe verse quién va a controlarla. La democracia es mucho más que votar una vez. Los islamistas no creen en la oposición como una institución democrática igual al Gobierno. La libertad religiosa les es tan ajena como la de expresión, la de conciencia o la sexual. Las teocracias son formas de tiranía, no de democracia. El mundo debe estar, pues, alerta ante el desarrollo de los acontecimientos. En estos días ya hemos escuchado que la oposición a Mubarak era una forma de yihad. Algunos piensan que el apoyo a los islamistas es mínimo, pero el Pew Research Center ya advirtió hace tres meses que el 30% de los egipcios es favorable a Hizbolá y el 49% lo es a Hamás. El 95% de los egipcios, según el mismo instituto, cree que es bueno que el Islam tenga una gran presencia en la vida política y un 20% simpatizaba con Osama Bin Laden. ¿Acaso hemos olvidado los atentados contra los cristianos? ¿Y los asesinatos? ¿Y las agresiones? ¿De dónde venía todo eso?
Los Hermanos Musulmanes van a tratar de secuestrar el proceso revolucionario y de reconducir la situación hacia la instauración de un Estado islamista. Dependerá de la oposición democrática y del apoyo que ésta reciba de Occidente que lo consigan o no. Digan lo que digan ahora, los islamistas no pretenden instaurar un sistema democrático como ustedes y yo lo concebimos (derechos humanos, Estado de Derecho, libertades civiles, alternancia en el poder, respeto a las minorías, igualdad de la mujer, etc.). La democracia no puede preservarse si ponemos los lobos a cuidar los corderos.
Ojalá no perdamos la claridad moral.