Los árabes están a punto de volver a la historia universal
Juan José Laborda
x
1718lamartingmailcom/12/12/18
domingo 20 de febrero de 2011, 13:24h
Lo que está sucediendo en los países árabes nos produce una mezcla de inquietud y de fascinación. Realmente, ésta es la primera vez en muchos siglos que esos países pueden entrar en la “historia global”, lo que nosotros llamábamos “la historia universal”. Sería muy largo de explicar por qué los pueblos árabes dejaron de contar, precisamente, cuando se iniciaba la primera globalización: el Renacimiento, el descubrimiento de América y la circunnavegación de la Tierra. Algo tuvo que ver con su integración como pueblos bajo el Imperio Turco, otro pueblo islámico, pero que no era árabe (tampoco son árabes los iraníes o persas, error que sigo viendo hoy mismo). Cuando los turcos ocuparon Bizancio, es decir, un territorio con cultura griega y romana, Occidente -y Colón fue su instrumento- tuvo que buscar una ruta para llegar a las Indias (las que recorrían los venecianos como Marco Polo desde hacía siglos) yendo por el Oeste. En lugar de llegar al Indo, como creyeron Colón y los Reyes Católicos, desembarcaron en América.
Los pueblos árabes de África y Asia fueron subsumidos o subordinados al Imperio Otomano. Bizancio se cambió a Estambul, y la llamada “Sublime Puerta”, el símbolo del poder imperial otomano, integró a los árabes en el Estado turco hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Como los turcos la perdieron, en su Imperio sucedió lo mismo que en el Imperio Austro-húngaro: al calor de la autodeterminación que el presidente norteamericano Wilson predicó para el nuevo mundo en paz (¿?), de los imperios brotaron las nuevas naciones…creadas tan sólo por los entusiasmos nacionalistas. En ese triunfal proceso de “balcanización estatal” (los árabes se balcanizaron como los habitantes auténticos de los Balcanes), desde luego, hubo fulgurantes carreras políticas, desde convertirse en reyes, hasta ejercer las variadas funciones de la “inteligencia” cultural y política de los nuevos poderes nacionales.
La fiebre nacional de esos nuevos países árabes les condujo, como era esperable, a afirmarse en sus rasgos diferenciales, volviéndose contra cualquier dimensión más cosmopolita. Para las nuevas élites políticas, esto recordaba demasiado al esquema multinacional del fenecido Imperio Turco. A este hecho vino a añadirse el factor religioso: en la mayoría de esos países, el Estado fue históricamente posterior al Islam, con las consecuencias que esa circunstancia tuvo limitando la autonomía de la sociedad civil. Hay dos datos que resumen el balance de ese proceso. Primero, el número de traducciones al árabe de obras extranjeras es menor que las que se hacen en lengua griega moderna de otros idiomas extranjeros. Eso es indicativo de la escasa apertura de estos países, que suman 200 millones de personas que hablan árabe. Segundo –y esto nos interesa hoy-, desde el final de la Primera Guerra Mundial, las sociedades árabes han experimentado casi todas las variedades de las formas de Estado posibles, salvo una, el régimen democrático liberal. A las obvias explicaciones, habría que señalar, contundentemente, el ruin comportamiento de las potencias europeas, Francia y Gran Bretaña, que fueron las beneficiarias del desmantelamiento del imperio turco en 1918.
Pero señalado este factor, los Estados árabes independientes han fracasado organizando sus sociedades, y creando las condiciones de libertad, justicia y seguridad jurídica que deseaban sus pueblos. Una muestra de las limitaciones de un nacionalismo que se sobreponía a cualquier ideal o ideología: los árabes nunca fueron capaces de formar una unidad política superior, a pesar de que lo intentaron, y que el ejemplo europeo fue envidiado.
Muchos de esos Estados fueron consecuencias de revoluciones que derrocaron a sus monarquías, hacia la mitad del siglo veinte. El caso más emblemático fue el de Egipto, cuando el coronel Nasser instauró una “república árabe unida”, que se proclamó también como socialista. Algo similar sucedió en el otro país ahora famoso: Túnez, cuya monarquía fue abolida en 1957, cuando Burguiba reorientó su política hacia formas de socialismo estatal. Este fue el modelo de otros Estados árabes: Argelia, Siria, Iraq, etcétera. Todos ellos estuvieron en el movimiento de “los no alineados”, como poco; o, directamente, se organizaron en Estados comunistas, satélites de la URSS, como fue el caso de Yemen del Sur (1967 a 1990). Con el debilitamiento y caída de la URSS, muchos se reorientaron hacia Occidente y hacia el capitalismo: el ejemplo de Egipto y de Túnez, sirve para otros muchos. En esos países, la actual revuelta por el cambio, lógicamente, huye de la revolución, pues la revolución ha impedido la libertad de sus habitantes, y ha causado el atraso económico y la corrupción política (que contra eso protestan los jóvenes). Con los nefastos resultados que ofrece la revolución islámica de Irán, las manifestaciones populares tampoco esperan nada hoy de los credos religiosos revolucionarios. Las imágenes expresan nítidamente la orientación política de las revueltas: no se queman banderas norteamericanas, tampoco de Israel (a pesar de la miopía de su gobierno), y los islamistas piden ¡constituciones democráticas y laicas!
Los árabes están a punto de volver a la historia universal. Si lograran fundar unos Estados democráticos, esa sería su contribución pacifica para este siglo. Estados Unidos, con Obama, está ocupando el lugar de Francia entre los países árabes. Es un símbolo de la decadencia europea. Pero atención, si la revuelta prende en monarquías como Marruecos, Jordania, etcétera, entonces, sí habrá una revolución: derrocar a un rey, con su componente religioso, es diferente que echar a un presidente de república, aunque ésta, como Egipto, sea hereditaria. ¿Habrá también una revolución si se derriban regímenes como los de Siria o Libia, todavía reluctantes a la globalización de la economía de mercado? ¿Puede Europa seguir discutiendo de las vacaciones tunecinas de una ministra, o lo que es peor, sobre el lugar de los emigrantes africanos en nuestras egoístas y temerosas sociedades?
|
Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
|
1718lamartingmailcom/12/12/18
|