23-F, treinta años después
miércoles 23 de febrero de 2011, 01:05h
Mucho ha llovido desde aquella tarde de febrero en que un coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero, como en una escena de opereta, irrumpía armado en el Congreso de los Diputados y, pistola en mano, se convertía en la cara visible de una intentona golpista que, felizmente, no llegó a triunfar. Eran otros tiempos, con la dictadura recién finiquitada y una democracia que apenas balbuceaba. Pero si para algo sirvió aquel amago de golpe de estado fue para dejar bien claro que un sistema libre es siempre arriesgado –por eso es libre- y, al tiempo, demostró que la inmensa mayoría de españoles querían vivir en paz y libertad, con las reglas de juego que marcaba la Constitución.
Sirvió también para comprobar que, si se lo proponen, los españoles son capaces de unirse ante la adversidad común para caminar juntos en pos de un objetivo superior, cual es la democracia. Años después, también pudieron verse los excelentes resultados derivados de la unidad de todos los españoles de bien frete al terrorismo de ETA, que la debilitó hasta llegar a la actual situación. Lo que demuestra que, ante retos importantes y temas fundamentales, la unidad es la solución. Unidad que no es igual a unanimidad. La democracia liberal es la gestión de la discrepancia; pero pluralidad y competencia desde la “amistad cívica”, que decía Aristóteles, un pacto para cimentar sistema de reglas fijas para resultados inciertos.
Afortunadamente, hoy son otros los problemas a los que ha de hacer frente España y, si bien no tan dramáticos como el ataque a la vida o a la democracia misma, sí merecen una especial consideración. La crisis económica, la deriva secesionista del nacionalismo y la falta de lealtad a las instituciones -sirvan como ejemplo los últimos casos de desacato ante leyes vigentes o resoluciones judiciales firmes- requieren de una unidad de actuación semejante a la que la clase política y el pueblo español acreditaron poseer en 1981. Ojalá no se haya perdido.