Tras cuarenta y un años de franquismo, las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977 abren las puertas del poder a los
baby boomers nacidos en los años 40 y 50. Se instalan en los medios de comunicación, las administraciones públicas, las universidades y los partidos políticos.
Se lo curran, y lo cierto es que ganan oposiciones, contratos fijos, convenios colectivos o trabajo estable cada vez mejor remunerado. Para quitarse de encima a la generación anterior recurren al truco de etiquetarlos como fascistas, autoritarios, fracasados o vencidos. Para taponar a la generación posterior inventarán distintas excusas y les tildarán de inexpertos, frívolos o postmodernos.
Los
“retroaristocráticos” de la generación
baby boomer han tenido la habilidad de abrir el abanico de las relaciones sexuales y han construido unos espacios sociales en sus casas de enorme tolerancia que sus hijos han disfrutado ejerciendo una sexualidad profunda y frecuente.
Al mismo tiempo, su estatus económico les ha permitido mantener a su prole en el hogar hasta edades impensables hace unas décadas. Incluso se da el caso de divorciados o desparejados que vuelven a instalarse en la casa de sus padres. En esto tiene que ver la culpabilidad de muchas
baby boomers, pero ese es otro, y delicado, tema.
Con todo esto lo que se había conseguido era un entendimiento entre generaciones novedoso y pacífico –recordemos la virulencia generacional en el ascenso de los totalitarismos europeos-. Sin embargo, las cosas han empezado a cambiar.
El cambio ha venido porque de pronto y con enorme rapidez la generación analógica ha comenzado a perder espacio ante el brutal desarrollo de las nuevas tecnologías. La generación del milenio, los nacidos al filo de los 90, han empezado a darse cuenta del poder que tienen.
Los nativos digitales tienen en común con sus hermanos mayores esa flexibilidad moral y de roles que Zygmunt Bauman atribuye a la sociedad líquida. Pero no constituyen exactamente una derivada, han dado un salto muy curioso.
Se han adueñado de la noche pero beben menos alcohol y fuman menos porros. Leen menos pero son mucho más audiovisuales. Su sexualidad es todavía más abierta y las chicas tienen un descaro histórico. Con las herramientas informáticas en la mano están en posición de ganar muchas batallas. Comenzarán a votar en las próximas elecciones, y eso de las izquierdas y las derechas les suena a cartón piedra. La causa digital está uniendo las voluntades de muchos coetáneos. Se está produciendo una brecha de consecuencias impredecibles. Atentos.
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La brecha generacional (II) (2 Marzo 2011)