Primitivismo e intolerancia en la Universidad
viernes 25 de marzo de 2011, 01:40h
Los actos obscenos con los que se ha buscado profanar la capilla de la Facultad de Políticas en el Campus de Somosaguas de la Universidad Complutense resultan indignantes para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad e incompatibles con una convivencia civilizada en una sociedad libre y plural, fundada en el respeto a ideas, creencias y tradiciones diferentes y que, en este caso, son además las de una mayoría de la sociedad española.
Se trata de un hecho insólito en países de nuestro entorno y no sólo por la zafiedad y mal gusto que ha acompañado a su ejecución. El bárbaro y elemental primitivismo que rodea a toda esta lamentable actuación resulta inimaginable allende los Pirineos. Y es además ajeno al perfil tolerante de lo que constituye hoy día la inmensa mayoría de la sociedad española. Por eso, la profanación resulta grotesca y sonrojante, a la par de retrógrada. Porque nos hace retroceder a un tiempo pasado de anticlericalismo elemental e iletrado que terminó trágicamente en un genocidio espantoso, coartada, que no justificación, de una época oscura de cruzada nacional-católica, vindicativa y opresiva. Experiencias siniestras, en fin, para no repetir ni siquiera como farsa.
La justificación de la agresión en términos de una cruzada laica es insostenible y patética. Los seguidores de Waldeck-Rousseau o Jules Combes no recurrieron a la profanación de templos, cuando hace algo más de un siglo introdujeron la legislación laica en Francia. Lo hicieron en la prensa, en la tribuna y en la Asamblea. Se puede defender y promover una política laica que prescinda de símbolos y lugares de culto en espacios públicos sin necesidad de insultar y ofender.
Resulta paradójico que este brote reaccionario de intolerancia se haya producido en la Universidad, la comunidad de la pluralidad y diversidad por excelencia, y en la Facultad de Políticas, la escuela que nos enseña la ciencia de la ciudad, una institución fundada en koinonia, la amistad cívica. La Universidad Complutense, por el contrario, lleva un tiempo –recuérdense las recientes algaradas que impidieron hablar a Rosa Díez- labrándose una imagen lamentable de sectarismo e intransigencia, a veces con la comprensión, cuando no el concurso, de las autoridades académicas. Pero la ciudadanía clásica se definía por –y se ejercía en- la parhesia, el derecho a intervenir con la palabra libre, que no con la afrenta y la agresión.