entre adoquines
Riccardo Muti, Príncipe de Asturias
viernes 06 de mayo de 2011, 08:33h
Apasionado de la obra de Verdi, comprometido con la cultura de su país y conocido por su rigurosa fidelidad con las partituras originales, el director de orquesta Riccardo Muti es, sin duda, merecedor del Premio Príncipe de Asturias de las Artes, que le ha sido concedido en su edición de 2011. Una excelente noticia, por tanto, para el mundo de la música y para el de la cultura en general. Puede que también de felicidad para una parte de los habituales del Teatro Real de Madrid, aquellos que habían visto en la visita de Muti a la capital para dirigir la obra de Mercadante, “I due Figari”, un aliciente para “enfrentarse” mejor a la programación de la próxima temporada.
Otra de las cosas que suele destacarse del carismático maestro es su carácter pasional, que unos quieren achacar a su origen napolitano, y eso ya es mucho decir, sobre todo, para quienes convivieron con él los casi veinte años que estuvo de titular en el Teatro alla Scalla de Milán. Y es que en Italia, como en realidad en muchos países, poco tiene que ver un nacido en el norte con uno de profundas raíces sureñas. Pero, ¿no tiene la música, especialmente la ópera, altas dosis de pasión? Sin duda. Lo que ocurre es que, además, Muti no es de los que se callan o se conforman con cualquier cosa. Así, se le acusa de director autoritario por la alta exigencia que impone a las orquestas que dirige, pero los resultados son siempre tan insuperables que, sea como sea el individuo, lo cierto es que sus relaciones profesionales suelen ser de las que duran. Diecinueve años estuvo en Milán, aunque aquello al final acabase como el rosario de la aurora con el gerente del teatro y la Asamblea de Trabajadores, y Muti abandonara Milán, aduciendo que el conflicto hacía imposible “proseguir con una colaboración que tendría que estar basada en la armonía y la confianza”; pero antes ya había estado una década en la Filarmónica de Londres y doce años más al frente de la Orquesta de Filadelfia.
Tan temperamental es que, a veces, hasta se sorprende a sí mismo, o, por lo menos, así lo declara después. Y, por supuesto, sorprende al personal. Con su cuidada melena en la que, a pesar de estar a punto de cumplir 70 años, es difícil encontrar canas, Muti es un hombre educado, coqueto, pero, sobre todo, de los que defienden sus creencias cuando piensa que ha llegado el momento de hacerlo. El pasado mes de marzo, por ejemplo, dejó con la boca abierta a todos los presentes en la Ópera de Roma, donde con ocasión del 150 aniversario de la unidad de Italia, y en presencia del mismísimo Berlusconi, estaba dirigiendo una majestuosa interpretación de Nabucco de su adorado Verdi. Cuentan que, de repente, el maestro dejó la batuta, se giró, y dijo: “Esta tarde mientras el coro cantaba a cada patria bella y perdida, he pensado que si matamos a la cultura sobre la que está fundada la historia de Italia en verdad será nuestra patria la que se quede bella y perdida”, y se llevó la entusiasta ovación de una parte del público. Después incluso animó a los asistentes a cantar “Va Pensiero”, ese simbólico himno que, en palabras de Muti, “es un canto que exprime de manera intensa el alma de los italianos”. Al día siguiente, es de suponer que con la cabeza ya más fría, explicó que su intervención no estaba en absoluto preparada, pero que: “Aunque pienso que los directores de orquesta no deberían hablar desde el podio, ayer, después de la intervención del alcalde de Roma, era necesario que el músico tomara la palabra”.
No, el maestro napolitano no es de los que sonríen y sólo dicen lo que se supone políticamente correcto. Ni siquiera cuando le preguntan acerca de esa moda que actualmente parece primar la escena sobre la voz y la música, provocando a veces desaguisados tan poco apetecibles como el que se está viviendo en Madrid con “El Rey Roger” precisamente estos días, una ópera de extrema belleza pero a la que molesta hasta el ridículo la dirección de escena, cuyo responsable se ganó la noche del estreno uno de los abucheos más unánimes que se han escuchado en el coliseo madrileño. Muti aclara primero que no es un conservador, y después da una respuesta que refleja, en todo caso, un gran sentido común, ese que tanta falta haría en todas las facetas de la vida: “Las puestas en escena no pueden dividirse en modernas o antiguas, sino en estúpidas o inteligentes”.