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Ratzinger, para una nueva Italia

Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 08 de mayo de 2011, 17:57h
Durante su visita apostólica en el Nord-Este de Italia, el papa Benedicto XVI ha aclamado la necesidad de que en Italia aflore una nueva generación de hombres y mujeres “capaces de asumir sus responsabilidades en todos los campos, en especial modo en el político”; asimismo el pontífice ha anhelado la aparición de “nuevas personas capaces de edificar una vida buena a favor y en servicio de todos, actuando, finalmente, para el bien del país.

¿Una nueva generación de políticos? Puede que el papa tenga razón, sobre todo si tenemos en cuenta el acontecimiento de la última semana: en un enésimo reajuste ministerial, Berlusconi ha nombrado 9 nuevos subsecretarios de Estado, cargo de gran prestigio y que conlleva una serie de grandes privilegios y prebendas. Quizás resulte sorprendente, seguramente escalofriante y descarado, ya que los “afortunados” y “merecidos” nombramientos han tocado a todos aquellos diputados que el pasado 14 de diciembre decidieron votar a favor del cavaliere. Si, los llamados “chaqueteros, transformistas y tránsfugas, politiquillos que siguen la máxima “todos tienen un precio; yo incluso descuento”, han visto recompensada su escuálida decisión. Gracias a la ayuda de estos políticos proclives a la italiana costumbre de “acudir en auxilio del vencedor” (Ennio Flaiano dixit) Berlusconi superó la moción de censura y, por lo tanto, le pareció justo “pagarles el servicio prestado”. Si, prestado a Berlusconi contra los intereses del país.

El “grupo de los responsables”, ya rebautizado “grupo de los disponibles”, confirma su disponibilidad a venderse al mejor postor en una remodelación de Gobierno que pone de manifiesto el grado de corrupción política e institucional del país. Una recompensa para
cambiar de chaqueta demuestra la pérdida de toda conciencia moral y cívica, tanto que hasta Ratzinger se ha declarado “sorprendido”.

Hay un asunto más: Berlusconi siempre recurre al voto ciudadano, a la soberanía popular para justificar su mandato y atacar el “malsano” deseo de los jueces de juzgarle. En virtud de su elección, considera que puede gozar de una impunidad que le permita cualquier “infortunio” (la absurda confusión vox populi con la vox Dei) y que, además, siendo su Gobierno la expresión del voto ciudadano, tiene que completar su legislatura, como si fuera un derecho. Sin embargo, el actual Gobierno está formado por varios parlamentarios ausentes en las elecciones de 2008, incluso muchos estaban en la oposición. Por eso, ya no es expresión del voto y ha traicionado la tan glorificada soberanía popular.

Por eso mismo, cabe pensar que su última despectiva afirmación, “quien vota a la izquierda no sabe lo que hace” en un tono al estilo de Iesus autem dicebat Pater dimitte illis non enim sciunt quid faciunt dividentes vero vestimenta eius miserunt sortes, depende del hecho de que en realidad no se sabe quién de ellos será comprado, cambiará sus ideales por un coche oficial, defenderá cualquier acto de Berlusconi a cambio de una secretaria y un ayudante con cargo a las arcas públicas.

El nombramiento representa un acto más de este espectáculo indecoroso que seguimos llamando política italiana. Se trata de una vergüenza para los ciudadanos, un daño a la imagen de la credibilidad de un país ya desgastado. Después del 14 de diciembre y de
los sucesivos votos dentro del Parlamento (entre ellos el que mostró que 314 diputados adultos y vacunados creen efectivamente que Berlusconi llamó a la comisaría de Milán creyendo sinceramente que Ruby era la sobrina de Mubarak) era evidente que no cabía esperar nada de bueno, pero eso es demasiado.

Además de ignorante (cuando le preguntaron al Ministro de Defensa sobre la peligrosa amistad entre Berlusconi y Lukashenko, preguntó a su asistente “y ese, ¿quién es?) Italia cuenta con una clase política sin escrúpulos y honradez, indagada por la magistratura, inadecuada políticamente, incapaz de administrar el país en beneficio de los intereses de todos en lugar de los de unos pocos, o respetar los compromisos electorales estipulados con sus electores. Al contrario, prevalece el transformismo, el personalismo, el clientelismo, el nepotismo. Por eso se necesita una clase política nueva, preparada, sin “precedentes penales” de cualquier tipo, que persiga los intereses
de su país, que respecte el Estado de Derecho y que sea, por lo menos, digna y honrada: “la honradez es siempre digna de elogio, aún cuando no reporte utilidad, ni recompensa, ni provecho” (Cicerón).

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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