Tribuna
Jóvenes viejos
miércoles 08 de junio de 2011, 08:35h
Seguramente una buena parte de los que acamparon en la Puerta del Sol, sobre todo en los primeros días, lo hicieron pensando que se trataba de una oportuna y desinteresada iniciativa de ciudadanos responsables y justamente indignados y convencidos de que aquello servía para algo. Pero, sin caer en ninguna manía conspiratoria, había demasiados puntos oscuros, desde quiénes eran los iniciadores y cómo y cuándo se había gestado el “movimiento”, hasta por qué se eligió, precisamente una semana antes de unas importantes elecciones. Todo ello denunciaba una turbia manipulación, porque en política las casualidades no existen. No se puede asegurar, porque no hay ninguna prueba, que todo se hubiese fraguado en una covachuela socialista con algún rubalcaba en la cocina, pero lo cierto es que el “movimiento”, objetivamente considerado, daba toda la impresión de que era la culminación de la estrategia que venía siguiendo el PSOE desde hacía meses, por no decir años. Ante la apabullante evidencia de que desde 2004 España sufre un Gobierno que la ha llevado a su peor y más ruinosa situación en décadas, se trataba de desviar la atención de “las masas”, encubriendo que el principal responsable es el PSOE y su líder.
Para conseguirlo nada mejor que culpar al “sistema”, a los políticos, al bipartidismo, a la partidocracia…etc. A todos y a todo menos al culpable principal. Era la mejor manera de meter también en el saco de las recriminaciones al primer partido de la oposición asignándole idéntica culpabilidad que al que ha tenido la responsabilidad del gobernar durante estos últimos siete años y pico. Una vez más –y con mayor sutileza- se trataba de hacer funcionar eso que antes se llamaba “el ventilador” para ensuciar a todos, como mejor modo de disimular las propias miserias. En ninguna otra democracia ocurren estas cosas: cuando un gobierno lo hace mal los ciudadanos le echan y optan por otro. Aquí se culpa al “sistema”, esto es a todos
Inicialmente, la estrategia funcionó gracias a que los medios, incluidos algunos de los situados más a la derecha, entraron al trapo y jalearon a los acampados como si se tratara de héroes cívicos. Pero no había más que ver las imágenes, darse una vuelta por las inmediaciones o escuchar a los “portavoces” para darse cuenta del engaño. La mayor parte de los acampados, estudiantes universitarios o adheridos, habían trasladado aquellas asambleas de facultad del último franquismo a la calle. Algunos incluso se referían al 68 francés como glorioso antecedente, sin tener la menor idea de qué fue aquello y, por supuesto, sin haberse leído el mejor análisis de aquella ruidosa fiesta, el que hizo Raymond Aron en La revolution introuvable, cuya vacuidad denunciaba inmisericordemente. Por cierto, Sarkozy, apenas llegado al Elíseo y cuando todavía estaba “en estado de gracia”, pronunció un discurso donde manifestaba la necesidad de superar las ideas “soixante-huitards” cuyos nefastos efectos, afirmaba, todavía se dejaban sentir en Francia. Demasiadas sofisticaciones para estos del 15-M que, al lado de reivindicaciones que se vienen pidiendo desde hace tiempo por personas responsables, repetían los viejos tópicos contra el capitalismo y contra la democracia representativa, arrogándose, además, una representatividad que nadie les ha atribuido. Jóvenes del siglo XXI con viejas y ya gastadas y superadas ideas del siglo XIX. Todo era un enorme camelo.
La estrategia a que aludimos recibió una inesperada confirmación con la insólita lenidad de Rubalcaba ante los acampados, que con la astucia que le caracteriza, le sirvió para lanzar una novedosa teoría: las leyes se cumplen o no se cumplen según me parezca a mí conveniente o adecuado, lo haya dicho la Junta Electoral Central o el sursum corda. Hay que reconocer que su repetida frase de que la policía está para resolver problemas y no para crearlos es todo un hallazgo. El actual vicepresidente primero y presidente de facto se ha hecho un especialista en montarla, por acción u omisión, en los días de reflexión previos a las jornadas electorales, Veremos qué nos prepara para la víspera (en sentido amplio) de las próximas elecciones generales. La seguridad ciudadana, que sustituye al viejo concepto del orden público, tan denostado por la izquierda, tiene un nuevo y progresista enfoque. Encuestemos a los comerciantes y demás establecimientos situados en la Puerta del Solo y sus inmediaciones y veremos cómo aplauden a rabiar ante esta nueva visión rubalcabiana.
La fascinación de algunos periodistas y tertulianos ante los rebeldes puertasolenses merecería un comentario más profundo. Escasas críticas se han hecho a conceptos tan vacuos como ese de la “democracia real” que recuerda los ataques marxistas contra la “democracia formal”, que es la única que existe pero a la que se descalificaba por “burguesa”. ¿O es que prefieren las “democracias populares” del antiguo bloque soviético? No sé si el adjetivo “real” tenía conexiones con una de las máximas más conocidas del 68 francés, “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Perdieron, por cierto, la oportunidad de hacer suyo otro de los gritos preferidos de aquel lejano 68: Elections, trahison, que habría resultado muy ad hoc en vísperas de las elecciones del 22 de mayo. Ciertamente invitaban a no votar pero no sabemos qué efectos tuvo ese llamamiento que, a veces parecía que se dirigía sólo contra el PP. En cualquier caso, el tiro les salió por la culata pero, empecinados, ahora quieren boicotear la constitución de los ayuntamientos elegidos el 22 de mayo. ¿Qué hará Rubalcaba? Por cierto, ¿cómo se puede hablar de bipartidismo en un país en cuyo Parlamento hay siete grupos parlamentarios distintos? ¿Cómo se puede ir, teóricamente, contra los grandes partidos al tiempo que se protesta porque son los pequeños partidos nacionalistas quienes acaban llevándose el gato al agua? Este país sufre de lo que Giorgio Galli denominó hace muchos años un “bipartidismo imperfecto” o lo que para Maurice Duverger era “la democracia sin el pueblo”: los ciudadanos votan a las grandes opciones pero se alzan con el santo y la limosna los grupos más pequeños, indispensables para formar las mayorías parlamentarias.
Antes de 2004 no se criticaba al “sistema” que nos habíamos dado durante la Transición. Fue a raíz de la llegada de Zapatero a La Moncloa, con su afán de desmontar esa valiosa herencia y sustituirla por el engañoso modelo de la II República, cuando empieza a ponerse en solfa un sistema que, hasta que llegó este Atila sin caballo, había sido el más exitoso de la España contemporánea. Esta democracia tiene defectos, algunos originales, los más agigantados bajo la férula de Zapatero. Pero resulta que la democracia es el único sistema capaz de reformarse a sí mismo. Y el único método son las elecciones y unos partidos políticos que se pongan de acuerdo en lo fundamental y que se preocupen menos de sus “cuestiones sucesorias” y mucho más de los problemas que afectan a una enorme mayoría de ciudadanos, justamente indignados, aunque no hagan el indio.