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Franco y el totalitarismo

José María Herrera
sábado 11 de junio de 2011, 16:15h
¿Fue el régimen de Franco autoritario o totalitario? Esta es la cuestión sobre la que se ha organizado la última pelotera. La opinión pública, o sea, los tertulianos, nos han recordado inmediatamente a aquellos dos individuos arraigados en el solar patrio que inmortalizó Goya dándose de bastonazos. ¿Y quién tiene razón? Ojalá lo supiera. He seguido las explicaciones de unos y otros, y pese a que todos parecen tener muy clara su postura, ninguno se ha molestado en aclarar el significado preciso de aquellas categorías. Se trata, por lo visto, de conceptos tan cristalinos e inequívocos que no se comprende la discusión.

No pretendo que cada vez que surge un debate empecemos definiendo sus términos, pero en el presente caso, y por lo que se refiere al menos a la voz “totalitarismo”, objeto de la controversia, habría estado bien un poco de pedagogía. Tengan en cuenta que el causante de la polémica no es alguien que pasaba por allí, sino el Diccionario Biográfico de la Academia de la Historia, institución formada por expertos acreditados que tiene entre sus misiones titulares desterrar “las fábulas introducidas por la ignorancia o la malicia”. ¿Por qué tendría nadie que saber qué significa “totalitarismo” si hasta los historiadores profesionales, o sea, aquellos que aspiran a salvar los fenómenos humanos de las interpretaciones que los prejuzgan, no logran alcanzar un mínimo consenso sobre su sentido?

Alguien, para ahorrar discusiones innecesarias, ha sugerido dejarse de monsergas y ver simplemente un reportaje en el que el propio Franco proclama, recién concluida la guerra civil, su intención de crear un régimen totalitario. Ahora bien: ¿por qué razón debemos dar crédito a la opinión de Franco?, ¿acaso sabía Franco lo que era un régimen totalitario?, ¿lo sabía alguien realmente en aquel momento?

El concepto “totalitario” fue acuñado en la década de los veinte por los adversarios de Mussolini. Este, lejos de recusarlo, lo adoptó para caracterizar su propio régimen. De acuerdo con la definición difundida por Giovanni Gentile, su filósofo de cabecera, un régimen totalitario es el que no reconoce la existencia de ningún valor, humano o espiritual, fuera del Estado. Si se reflexiona un poco sobre esta definición se ve que no incluye al régimen de Franco, en cuanto que abiertamente cristiano, ni excluye tampoco a las democracias contemporáneas, en cuanto defensoras del vigente modelo estatal. No hay duda de que nos hallamos todavía en el plano de la pura retórica política.

El tránsito desde ese plano al mundo de la ciencia se produjo en 1951, fecha en la que Hannah Arendt publicó Los orígenes del totalitarismo. El totalitarismo, tal y como ella lo pensó, implica no sólo la absolutización del Estado, sino la supresión radical de la política por parte del poder, la disolución de los límites entre lo privado y lo público y la transformación del hombre en objeto prescindible. Arendt equiparó desde esta perspectiva la Alemania nazi y la Rusia de Stalin, modelos del totalitarismo, pero, al diferenciar “movimiento totalitario” de “dominación totalitaria”, dejó fuera a regímenes que, a su juicio, no alcanzaron a establecer esa dominación y se quedaron en simple dictadura. La afirmación del Diccionario de la Academia de la Historia según la cual el régimen franquista fue autoritario, no totalitario, no es una ocurrencia de un flecha de la OJE, proviene directamente del autor que más ha contribuido al esclarecimiento del fenómeno.

Aunque la distinción entre movimiento totalitario y dominación totalitaria disgustó a la cúpula franquista porque separaba al régimen de sus propios ideales, agradó a ciertos sectores muy influyentes de la izquierda internacional. La Escuela de Frankfurt, por ejemplo, encontró en el concepto de dominación totalitaria la herramienta que necesitaba para denunciar que las democracias occidentales, no a través de ningún movimiento, sino de la manipulación de las conciencias, la llamada cultura de masas, se encaminan también con paso firme a un régimen de esa naturaleza.

Si bien dicha tesis fue recusada por pensadores como Raymond Aron o Carl Friedrich, el problema del totalitarismo ha resurgido con la caída del régimen soviético y la globalización. Filósofos de muy diversa raigambre, retomando una sugerencia de la propia Hannah Arent, advierten de la posibilidad de que el monstruo no muriera con los estados totalitarios y que lo peor del totalitarismo, como dominación, yazca escondido bajo la logística tecnocrática que impera hoy el mundo. Esta evolución del asunto parece no haber tenido, sin embargo, ningún efecto en el fangoso contexto político español, donde más que una actualización de las ideas se ha producido una tragicómica inversión de posturas. La derecha, reacia antes a reconocer la distinción arendtiana entre movimiento y dominación totalitaria, acepta ahora con alivio que el régimen franquista fuera incapaz de ir más allá de una dictadura personal, mientras que la izquierda, mucho más preocupada por la cuestión de la memoria histórica y sus demonios que por el análisis crítico del presente, se aferra a una idea retórica de totalitarismo que le impide comprender que éste no es ya un problema del pretérito, sino el más acuciante problema del porvenir.

El cuadro que he presentado es evidentemente simplificador, pero permite replantear las dudas que insinué al principio. ¿Desde donde se habla cuando se habla de totalitarismo?, ¿qué queremos decir con este concepto?, ¿lo empleamos como una categoría científica o, por el contrario, volvemos a servirnos de él como un concepto autorreferencial, que se agota en su uso retórico, meramente político? Esto es lo que tendrían que aclarar los tertulianos de las dos Españas y dejarse de cachiporrazos.
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