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reseña

Colette: El fanal azul

domingo 12 de junio de 2011, 00:41h
Colette: El fanal azul. Traducción de Adolfo García Ortega. Backlist. Barcelona, 2011. 192 páginas. 18 €
“Colette” es el seudónimo de Sidonie Gabrielle Colette (Saint-Sauveur-en-Puisaye, 1873–París, 1954), célebre novelista francesa y miembro de la Academia Goncourt. El fanal azul (1949) es la última obra que Colette escribió, hacia el final de su vida, cuando la fuerte artritis que padecía la mantenía completamente apartada del escándalo y el lujo del que gozó durante su juventud. Encontramos en la obra a una Colette postrada, pero no incomunicada; enferma, pero repleta de vitalismo; melancólica y positiva a la vez. Colette se hace acompañar en el periodo final de su vida de los recuerdos que, de manera inconexa y desordenada pero siempre lírica, surgen como fogonazos a partir de cualquier acontecimiento cotidiano. Junto a la luz de los recuerdos, encontramos la que ofrece una lámpara cubierta con papel del color del Modernismo, de la libertad. Del color que tenían los pliegos sobre los que, en otra época, en otro lugar, Colette produjo algunas de las obras que la encumbraron como novelista. A la luz azul de su fanal, Colette nos ofrece una sabia reflexión sobre el valor de lo pasado y el poder evocador de la naturaleza.

Colette fue una de las muchas novelistas cuyas primeras obras fueron firmadas por su marido. Henry Gauthier-Villars, más conocido entonces como “Willy”, fue su primer esposo y quien se atribuyó las Claudines (1900-1903), serie de novelas que recogen los recuerdos escolares de Colette. Pronto su afán hedonista la llevaría a divorciarse y probar fortuna en el music-hall. Se impregnó del ambiente de relajación moral del París de principios de siglo, en el que se afianzó como escritora con una producción marcada por el sensualismo y el canto a la belleza de la naturaleza, rasgos presentes en obras como La ingenua libertina (1909), La vagabunda (1910) o El obstáculo (1913) y que aún podemos apreciar en El fanal azul. Su talento no solo le valió el ingreso, como dijimos, en la prestigiosa Academia Goncourt en 1945, sino también el privilegio de ser la única escritora por la que se oficiaron funerales nacionales a su muerte en 1954.

La fama de la figura de Colette superó las fronteras de su Francia natal. En España, el periodista y escritor Luis Bello recogió sus propias impresiones en El Imparcial tras asistir a un espectáculo protagonizado por la siempre liberal Colette. Curiosamente, el ex esposo de la artista, Willy, remitió a Bello una carta con una razonable y simpática contestación a su artículo. Anécdota que testimonia tanto la importante repercusión de la actividad artística de Colette como el disipado clima reinante en el París de principios de siglo.

Por Lorena Valera Villalba
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