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Matices sobre el M-15-M

Javier Zamora Bonilla
martes 21 de junio de 2011, 14:44h
En varios artículos he expresado mi solidaridad con el Movimiento 15 de Mayo (M-15-M), tanto por lo razonable que me parece la indignación que muestran frente al sistema sociopolítico como por el fondo de justicia que hay en muchas de sus reivindicaciones. Sea esto dicho para que se entiendan, en su justo término, las palabras que siguen.

Hay en el M-15-M un afán asambleario de llegar a consensos, admitiendo todas las voces pero buscando una unidad de acción en la que no haya discrepancias; de ahí la dificultad de tomar decisiones sobre qué hacer (no se entienda leninístamente) y de plantear un programa concreto. El empeño en encarnar la rousseauniana voluntad general tiene sus peligros. Aun estando de acuerdo en la reivindicación de que las democracias actuales dejan un escasísimo margen a la participación y en que es necesario articular formas más participativas de los ciudadanos en el devenir de los asuntos públicos, pienso que conviene tener presente lo que Aristóteles decía: la democracia extremada decae en demagogia, que es la peor de las tiranías.

Reconozco que no me gusta que las palabras se abandonen porque algunos intenten apoderarse de ellas, pero cada vez que escucho la palabra “movimiento” no puedo dejar de pensar en los dos usos que han sido habituales en el espectro político de nuestra historia reciente: la Falange quiso ser un movimiento apartidista y superador de las divisiones sociales, capaz de agrupar a todos, pero “los principios nacionales del movimiento” fueron lo menos parecido a una democracia. El mismo poso totalitario hay en el autodenominado Movimiento de Liberación Nacional Vasco, que intenta desde hace décadas imponer sus desastrosas ideas por medio de la violencia.

No quiero, ni mucho menos, comparar al M-15-M con estos dos movimientos, pero sí señalar el peligro de que un grupo, por muy amplio que sea, quiera arrogarse la voz de la ciudadanía. Ayer escuché a un autoproclamado portavoz del M-15-M decir que “el pueblo había hablado” el domingo. Ciertamente las manifestaciones que recorrieron distintas ciudades españolas y algunas europeas congregaron a una multitud enorme y fueron un éxito organizativo y reivindicativo, pero considerar que esta multitud es la voz del pueblo frente a la expresada en las urnas no me parece un camino adecuado. He escrito en varias ocasiones que los partidos políticos hacen mal si no son capaces de comprender el fondo de indignación y justicia que hay tras las movilizaciones que se siguen desde el 15-M, y entiendo que muchos ciudadanos no se sientan representados por una “clase” política que va adquiriendo cada vez más la condición de “casta”, cierto que no totalmente cerrada pero que exige para ingresar en ella, cada vez más, un ritual iniciático en el que uno acaba cediendo sus derechos ciudadanos al leviatán del partido, sobre todo los de la libertad de pensamiento y de expresión.

En toda sociedad hay ideas e intereses diversos. Las democracias contemporáneas, las llamadas democracias liberales y, más adelante, estados sociales de derecho, han conseguido en el transcurso de dos siglos articular los mecanismos para que ideas e intereses se conjuguen sin que nadie renuncie a ellos, garantizando sus derechos individuales, políticos y sociales, y ofreciendo un marco institucional que permita que los naturales disensos puedan confrontarse de forma pacífica para llegar a consensos o, cuando estos no se alcanzan, que la mayoría ejecute legalmente sus políticas por un plazo establecido. Esto no debería olvidarse por los que mueven al M-15-M, pues es un nivel histórico alcanzado y cualquier paso atrás será una pérdida en la humanización de la vida política. Las justas reivindicaciones y la santa indignación del M-15-M deberían plantearse desde este nivel: demuélase toda la vieja decoración y todo el ornamento afuncional pero déjense en pie los pilares.

Las posiciones rupturistas, y muy especialmente en la historia de España, han desembocado tradicionalmente en catástrofes.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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