JORGE BERLANGA, EN LA GRAN MOVIDA
sábado 25 de junio de 2011, 18:15h
Asistí al funeral por Jorge Berlanga entre una multitud de gentes porque el escritor tenía muchos amigos. Me abracé a su madre, María Jesús, besé a su viuda, que le dedicó un bello poema, saludé a sus familiares. Con Jorge se nos ha escapado el alma de la gran movida que zarandeó la vida española de la Transición y encumbró a personajes como Almodóvar.
Escribí una carta final a Jorge Berlanga en El Mundo. La reproduzco a continuación para conocimiento de los lectores de El Imparcial:
“Querido Jorge…
La luz adolescente te encendía todavía la escritura. Tus artículos eran un reguero de diosas inacabables. Escribías como los ángeles caídos. Te encantaba tu papel de cajetilla elegante que se burlaba de la escritura funeraria y los taimados gestos. Escuchabas con tus ojos a los muertos, como Quevedo. Tu pensamiento era genital y culto, deshabitado e imborrable, herborizado y altanero.
Lo que más te gustaba, querido Jorge, era hacer la autopsia en el periódico a los cadáveres exquisitos. Trabajamos muchos años juntos en el ABC verdadero y en La Razón y nunca sorprendí en ti un ademán vulgar. Eras el culto a la independencia. Nadie fue capaz de ponerte un bozal. Cegabas la cal y los cuchillos. Conocías la espesura del tiempo que se derrama más allá de la carne y sus fronteras. Escribías artículos sin cicatrizar desde las aguas turbias de la desmemoria, con Charles Bukowski y su padecimiento continuo, al fondo “la gente que parece flores”.
Apenas te quedaban horas para barrer las toscas hojas de la noche y el olvido. Eras la elegancia espiritual. Desde El café de los artistas venías todos los días a mi despacho a contarme los balbuceos de la movida y a hablarme del despertar de un genio iluminado, Almodóvar, que Pedro se llamaba y sobre esa piedra se edificaría a gritos el vaticano laico del cine español. Te irritaba el declive lívido del sexo y las viscosas lucernas del vértigo. Adorabas los muslos de gaviota de la Mengual sobre las aguas de la piscina frígida. La huella de los albañales y de las aceñas clandestinas no enturbiaron tu vida de triunfador. Eras el símbolo de toda una generación. Te paseabas por ella entre las trizas del amor y los coños yacentes. Se te movía Cavafis en los puntos de la pluma, trémula del temblor. Con la enfermedad cabrona enroscada al hígado, todavía hablabas de las patatas bravas del Callejón del Gato y recordaste a los “indignados” madrileños, hace dos semanas, el grito de Max Estrella desde Luces de bohemia: “Es hora de instaurar la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol”
Te has ido sin una queja, sin un aspaviento. Tu desdén siempre fue un dios. Cruzaste la oscura penumbra del más allá tras la música callada, la soledad sonora de la subida al monte Carmelo, dejando una esposa enamorada, un hijo adolescente, una queridísima madre, María Jesús, a la que tanto admiro. Te echo ya de menos, querido Jorge, así es que te iré a visitar pronto, créeme, lo antes que pueda. A las aladas almas de las rosas te requiero, como el poeta que no cesa, “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.
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de la Real Academia Española
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